NO PUEDO ESCRIBIR POEMAS

poemas firstNo puedo escribir poemas. No me desvela no poder escribir poemas. Incluso podría decir que no quiero escribir poemas. El colectivo tarda media hora hasta llegar allá. Desde la ventanilla puedo ver cómo se une la parte norte con la parte sur de la ciudad. Incluso paso por el centro. Y en este trayecto (las ocasionales veces que lo hago) suelo pensar en cosas. Cosas dispares. “No puedo escribir poemas”, por ejemplo. “Volví a agarrar los lentes negros”, por ejemplo. ¿Volví a agarrar los lentes negros? Sí, los agarré otra vez, después de mucho tiempo, y los guardé en el bolso. ¿Qué quiere decir? ¿Por qué hace tanto que no uso lentes negros? ¿Por qué volví a agarrarlos? Quiero usar lentes negros. Quiero sentirlos puestos, otra vez, después de tanto tiempo. Mañana a la mañana voy a bajar (adonde voy la calle se inclina hacia arriba) y voy a comprar una cerveza con el sol de frente, escondiéndome, y voy a mirar para el costado cuando el tipo que me da la cerveza por una ventana enrejada se vaya para adentro a buscar la cerveza, y voy a ver una publicidad pintada a mano en un paredón inmenso, una publicidad de una gaseosa, y va a pasar un colectivo viejo, zumbando, echando un humo negro, y voy a pensar que estoy con lentes negros, esperando una cerveza, abajo (me voy a dar cuenta de que tengo que subir) y voy a ver que el tipo se acerca a la ventanita y me pregunta ¿algo más? Sí, le voy a contestar, dame un atado de cigarrillos (voy a pensar en cuánto tengo en el bolsillo) Chesterfield. Y el tipo otra vez va a volver para adentro y me va a traer un atado de cigarrillos Chesterfield. “Tengo los lentes puestos”, voy a pensar mientras suba con la botella en la mano. Quiero tener los lentes puestos. ¿Por qué hace tanto que no usaba lentes negros? Quiero usar lentes negros cuando sea de día. Quiero usar lentes negros a la mañana. Quiero, algún día, estar despierto a la mañana. Quiero estar en el centro cuando esté despierto y esté usando lentes negros. Quiero estar sentado en la plaza viendo cómo la gente va a lugares mientras sé que el día recién empieza y que estoy usando lentes negros. Quiero fumar un cigarrillo mientras esté sentado en la plaza, y la gente pase a otros lados, en distintas direcciones. Tengo que entrar al club Olimpo en algún momento de esa mañana. Tengo que volver al club Olimpo antes de las once de la mañana. Tengo que entrar al hall de entrada con los lentes puestos. Tengo que sacarme los lentes en el tercer paso que dé una vez transpuesta la entrada. Tengo que mirar de reojo las ventanillas de atención. Tengo que parar un momento y mirar el cuadro inmenso que hay en alguna de esas paredes del hall y ver al tipo que está gritando un doble, en blanco y negro, expresivo. Tengo que caminar un poco y pasar al segundo nivel. Si no hay nadie tengo que quedarme un rato ahí (no mucho) mirando la pista de patinaje, los círculos que se van abriendo y se van confundiendo con otros círculos pintados de colores más suaves. Tengo que seguir caminando y pasar al tercer nivel y tengo que quedarme un rato (no mucho) mirando la cancha vacía de pelota paleta, larga, el paredón, la línea que separa las pelotas buenas de las malas, los puntos marcados en la pared. Tengo que seguir caminando y pasar al cuarto nivel en donde están los vestuarios y pasar rápido, doblar a la derecha, llegar al final del pasillo, y volver a doblar a la derecha, hacer cinco metros aproximadamente en otro pasillo algo oscuro, y doblar a la izquierda y agarrar el último pasillo, el más largo, el que da a la salida de atrás y caminar un poco y llegar hasta la puerta que da a la tribuna de la pileta. Tengo que entrar y llegar al último nivel, adonde hace calor, adonde hay vapor en el aire, adonde hay olor a cloro, y subir hasta el último escalón de la tribuna y sentarme un rato. Ahí tengo que ver la pileta, gente nadando, las puertas que dan a los vestuarios por adonde acabo de pasar. Tengo que sentir calor. Tengo que transpirar. Estar, al menos, dos minutos sentado. Y una vez que pasen esos dos minutos tengo que volver a los pasillos, salir por la puerta que da a los pasillos y doblar a la izquierda (no a la derecha como sería previsible) y caminar hasta la segunda salida, la que da a Rodríguez, y encontrarla cerrada, y entonces ahí sí, tengo que volver sobre mis pasos y recorrer todo el camino de vuelta pero en sentido inverso a como lo hice hace un rato y volver a salir por donde entré, y tengo que darme cuenta de que todavía es temprano, de mañana, y tengo que ponerme los lentes de sol cinco pasos antes de salir del club definitivamente, para no estar en ningún momento afuera y con los ojos al descubierto.
Tengo que viajar. Me haría bien viajar. Tendría que viajar no a una ciudad sino a un lugar tranquilo. Tengo que viajar a Buenos Aires. Dentro de unos días tengo que viajar a Buenos Aires, pero cuando vuelva, a eso me refiero, tengo que irme a otro lado, a algún lugar con playa, o con sierras, a una cabaña que puedo conseguir (puedo conseguir una cabaña por un sindicato que me da un pariente) y tengo que irme unos días, pero tengo que irme con un ácido encima. Esa es la condición. Me voy de viaje si consigo un ácido en estos días. Facundo va a conseguir un ácido en estos días. Si consigue un ácido Facundo me va a llamar. Y yo le voy a decir que puedo conseguir una casa con playa o sierras y que podemos ir unos días a tomarlo. Podemos decirle a alguien más también. A Baltasar. A Ignacio. Y ser un grupo tomando ácido en las sierras. Pero va a ser dentro de un tiempo, cuando Facundo consiga el ácido y yo me ponga a llamar por teléfono para conseguir la cabaña. De eso voy a hablar más adelante cuando haya pasado y yo haya vuelto y ya tenga la cabal idea de lo que pasó realmente. Pero ahora no tengo ningún ácido ni ninguna cabaña y me estoy por ir a Buenos Aires, y de eso quizá también hable pero cuando ya haya pasado y yo haya vuelto y pueda contar todo desde otra óptica, todo un poco más alejado y con la capacidad de contar las cosas sin tener que después arrepentirme. Estoy mirando en mi libreta (no en sentido figurado). Este último párrafo es diagramático, programático: veo lo que voy a hacer en un futuro no muy lejano (viajo a Buenos Aires en tres días y cuando vuelva puedo planear el otro viaje).
Suelo pensar en estructuras que se van repitiendo. Suelo pensar en estructuras como puestas en abismo que se repiten. Suelo pensar con estructuras básicas. A veces, incluso, pienso en sujeto verbo objeto. Suelo pensar cosas. A veces creo ver algo más en todo lo que se repite, como en las estructuras que se repiten entre sí, y como lo que hay adentro de cada una, que se repite en formas básicas. A veces creo que todo es una excusa. Todo lo que digo acerca de algo es una excusa para que aparezcan las estructuras. Si miro por afuera de la ventanilla veo gente. Y veo, también, que hace frío. Y pienso en que tengo un par de lentes oscuros en mi bolso. Yo pienso algo. Yo pienso que tengo lentes negros en mi bolso. Puedo pensar con subordinadas también pero cuando lo hago siento que se me están perdiendo cosas, como en un pliegue. Si digo: yo pienso cosas, todo es más claro. El colectivo dobla a la derecha cuando llega a Sócrates. Yo estoy subiendo otra vez, como cuando subo en esas ocasionales veces. El colectivo dobla a la izquierda cuando llega a Necochea. Puedo decir lo que quiera porque adentro de mi cabeza nadie puede escuchar nada. El colectivo ahora va a subir hasta una especie de villa. Pero antes pasa por el neuropsiquiátrico de Necochea. Cuando pienso uso neuronas. El neuropsiquiátrico es rojo y blanco. Alguien mira televisión adentro. Cuando pienso, a veces, pienso, también pienso con adverbios. Hay gente que está durmiendo en el neuropsiquiátrico de Necochea, justo hoy que está nublado, y que yo llevo un par de lentes negros en el bolso.

poemas favelaEl colectivo dobla por una de estas calles, que ya no sé cómo se llaman. Y sube, porque el terreno va subiendo. Y se ven casas precarias ordenadas hacia arriba, como en una favela. Siempre vi eso. Pero nunca me detuve seriamente a pensar en la estética de estas casas. Y mucho menos en lo que pueden estar significando. Siempre me excitó perder. Cuando era chico me excitaba perder. Ahora también me excita perder. Es algo raro, pero cada vez que veo la construcción de estas casas me acuerdo de que me excita perder. Y que podría llegar a sentir mucho placer adentro de estas casas precarias. El colectivo llega a unas canchas de fútbol y el espacio se abre y pueden verse las casas subiendo en construcciones precarias. Es algo raro, porque nunca me detuve a pensar en la estética de estas casas. Y en este viaje, esta vez, primero fue Diego que me dijo mirando por la ventana de la casa de Brian: “este barrio es cualquiera, las casas suben como en la villa”. Y después, más tarde (creo que ya era de día) lo dijo el May: “las casas estas son cualquiera”. Hay viento. Desde la ventana de la casa de Brian hay viento y se ven las casas. La gente de ahí arriba tiene revólveres. Esto me lo dijo Brian antes de que yo me fuera de ahí otra vez, cuando estaba mirando por la ventana, y sentía cómo era ser un idiota o un mogólico. Dormí en la casa de Brian. Diego también durmió en la casa de Brian. Me desperté a media noche mientras dormía en casa de Brian. Me despertaron las puntadas en el pecho. Cada tanto me despiertan unas puntadas en el pecho. Cuando me vienen las puntadas tengo que levantarme y quedarme sentado un rato. Mientras estaba sentado pude mirar otra vez las construcciones de la casa de Brian por la ventana. Y me acordé de que cuando era chico me excitaba perder. Cuando pude dormir unas horas me volvieron las puntadas. Después pude dormir unas horas y volvieron las puntadas en el pecho y en la garganta. Antes de irme de la casa de Brian esperé el colectivo de nuevo desde la ventana esperando que bajara. Y tenía una campera abrigada. Y tenía un pantalón negro y viejo. Y tenía unas zapatillas grandes y viejas pero abrigadas. Y tenía una mochila que tenía cosas adentro. Y tenía guantes puestos. Y tenía un vaso metido en una bolsa que me había regalado Brian. Y cuando Brian vio que lo había metido en una bolsa se rió. Y yo le dije que lo hacía para darle miedo a la gente. Y Brian me contestó que la gente de ahí arriba tenía revólveres. Y yo me quedé mirando por la ventana un rato, con todo encima, sin haber dormido nada por las puntadas, y empecé a creer que era una especie de idiota que se pone a ver las cosas por la ventana, o un mogólico, o un loco (pero un loco medio tonto). Empecé a darme cuenta de que las formas de percibir en mí se estaban volviendo bastante difíciles. Porque me dolía el pecho y la cabeza, por no haber dormido nada, y porque tenía que volver a cruzar la ciudad, y me estaba sintiendo como alguien que tiene problemas mentales, una especie de retraso o algo así. Y cuando llegó el colectivo sentí miedo. Porque pensé en la posibilidad real de volverme loco. Como si estuviera demasiado sensible como para escuchar y ver y viajar y hacer las cosas que hace todo el mundo. Y había alguien, me acuerdo, que hablaba por un celular un asiento al lado mío, y gritaba y se reía a la mañana y en cada risa que esta mujer emitía yo pensaba que me iba a volver una especie de idiota. Y un nene se sentó al revés en el asiento de adelante y empezó a mirarme. Y yo le hice un gesto como para que dejara de hacerlo porque pensé que no iba a poder soportarlo mucho tiempo. Y el colectivo se llenó de gente. Y la gente no me miraba. Y la gente no me pedía el asiento porque yo ya era como una especie de idiota o algo así. Y sentí miedo. Y me sentí sucio. Y me sentí despeinado. Y me sentí encorvado. Y me sentí con ojeras. Y me sentí feo. Y me sentí cansado. Y me sentí frío. Y me sentí pobre. Y me sentí sucio. Y me sentí pálido. Y me sentí idiota. Y sentí que la gente no quería verme. Y me sentí en la escala más baja de la vida social. Y fue algo feo.
Cuando llegué a mi casa dormí mucho. Y soñé que iba en la 502 por la avenida Arias, por la avenida que va al puerto, aunque no sé si la 502 va por ese empedrado que va al puerto. Y yo estaba contento porque esta ciudad no era esta ciudad o por lo menos estaba muy distinta. Y cuando me bajaba del colectivo yo me daba cuenta de que la calle por la que había estado yendo era Arias y no Cerri como había creído en un principio. Y entonces pensaba en la necesidad de una nomenclatura precisa. Y veía el empedrado. Y veía cómo el colectivo seguía para el puerto. Y esta ciudad estaba muy cambiada, como siempre que sueño con esta ciudad. Y eso me ponía bien. Y decidía caminar para donde se veían los edificios por el solo hecho de no seguir alejándome más de las cosas. Y pensaba: finalmente hice esto, me subí en un colectivo y fui por ahí y me baje por ahí. Nadie me lo va a creer, pensaba, cuando les cuente que me subí a un colectivo cualquiera y que fui sin pensar en dónde estaba yendo. Y los edificios del centro se veían distintos porque toda la ciudad se veía distinta, como se veía distinta la avenida Arias. Y yo pensaba: se necesita una nomenclatura precisa. Y también pensaba: esta ciudad está cambiando, aunque no lo parezca, aunque no nos demos cuenta, esta ciudad ya no es lo que era hace un tiempo. Esta es la avenida Arias. Para allá se va al puerto. Los edificios del centro se pueden ver porque la ciudad está en un pozo. Y empezaba a caminar muy despacio para donde se veían los edificios y había gente en una garita esperando el colectivo. Y era de día. Y había sol. Y había sol. Y eso me ponía contento.

poemas mapa
No tengo que usar tanto la cabeza. Cuando uso la cabeza siento fiebre. Cambiar una imagen móvil por otra esta vez fue algo positivo. No quiero ser un idiota (en el sentido médico del término). Pero sé que puedo convertirme en algo así. Cuando uso la cabeza me doy cuenta de que me puedo convertir en algo así, y me da un poco de miedo. Tengo que acordarme de la corbata negra. No ver gente no me ayuda en esto, en el intento de mantenerme lúcido. No ver mujeres puede que sea una de las causas de mi excesivo intelecto, y este exceso puede que sea, a su vez, una causa de la eminente posibilidad de volverme un idiota o algo así.  Puedo en cualquier momento volver a una imagen distinta de las cosas moviéndose. Tengo que acordarme de la corbata negra. Tengo que tomar un colectivo de nuevo. Tengo que viajar, pero por adentro de la ciudad tratando cada vez de que sea como en los sueños en donde siempre hay un poco más para ver, estructuras arquitectónicas un poco más viejas y grandes, y oscuras, y adyacentes, y continuándose siempre un poco más de lo que se continúan en realidad, por diez cuadras, por veinte cuadras, desde la plaza para todos los puntos de la ciudad, por treinta cuadras, por cuarenta cuadras, antes de que empiecen los suburbios, antes de que empiecen las villas, antes de que empiecen los campos, antes de que empiecen las rutas. Tengo que acordarme de la corbata negra. Antes de salir tengo que acordarme de la corbata negra. ¿Puede ser que no pase nada? ¿Puede ser que estén pasando cosas? ¿Adonde están pasando las cosas? ¿Qué cosas están pasando? Los titulares de los diarios me interesan, el tamaño, el color negro, la forma de decir que en algún lugar están pasando cosas importantes. La recuperación de Fidel Castro es una incógnita. Paracaidistas israelíes dan un duro golpe comando contra Hezbolla. Acusan al tirador de Belgrano de matar “por placer”. Alquileres: propuestas para frenar el aumento. Tengo que acordarme de la corbata negra.
Cuando viajo en colectivo pienso cosas. Qué tengo que hacer para ir de lo general a lo particular. Qué tipo de conocimiento se desprende de la repetición de cláusulas. Por qué tengo la sensación de que no estoy pensando en estructuras básicas. La 513 me deja en la primera cuadra de la avenida Colón. Puedo caminar por la avenida cuando me bajo del colectivo. Y me siento bien. El movimiento de la gente me reconforta. Empieza a ser de noche y el movimiento hace que esta parte de la ciudad parezca una de las ciudades modernas. Me siento alguien. Puedo mirar a la gente a los ojos para ver qué están escondiendo. Todos tienen algo. Todas estas personas que caminan de un lado para el otro tienen complejos, por lo general con sus cuerpos. Toda esta gente tiene complejos con las distintas partes de sus cuerpos. Y yo soy alguien importante caminando a algún lugar importante para hacer alguna cosa importante. Me gustaría enfrentar a alguno. Y decirle en una oración muy corta cuál es su gran complejo. Me gusta cómo está iluminada la primera parte de la avenida Colón. En las escaleras de Colón 80, mientras pasaba, Gonzo se me acercó y me dijo qué hacía. Me tocó el hombro, justo cuando me estaba sintiendo alguien importante. Bajó la mirada hasta la hebilla de mi cinturón y la fue subiendo despacio, mientras movía la cabeza en forma negativa, hasta el cuello de mi camisa. Y mientras hacía este recorrido con la mirada frunció un poco las cejas como tratando de descifrar un dilema complicado. Y sacó su mano de mi hombro. Y yo le miré los ojos. Todo el tiempo, nunca dejé de mirarle los ojos. Incluso, estoy seguro, él volvió a bajar la mirada hasta el piso y la volvió a subir despacio hasta el cuello de mi camisa y no me dijo nada. Empezó a entablar una comunicación azarosa sin decirme, todavía, ni una sola palabra. Y yo lo miré a los ojos todo el tiempo. Y lo miré todo el tiempo porque me gustaba verlo. Me gustaba verlo a Gonzo básicamente por dos razones: la primera porque tiene rasgos femeninos y eso me gusta en cualquier tipo de persona. Y la segunda tiene que ver con la iluminación del lugar, con la luz sepia que hay en las escaleras de Colón 80, esa luz académica que me gusta. Y estas dos cosas en el marco de esta parte de la ciudad, y de esta hora del día (está anocheciendo) hace que yo no deje de mirarlo ni un momento. Podría verlo a Gonzo, incluso, un poco más de cerca. Ver cuál es su complejo. Pero cabe la posibilidad (de esto estoy seguro) de que mirando a través de todo lo que esconde no encuentre absolutamente nada más que un lugar común y vacío. Qué haces así, me preguntó mientras volvía a bajar la vista. Nada, le contesté yo, paseo. Está bien, me dijo él, me parece bien. Hay que salir a romper las bolas, me dijo. Sí, le conteste, qué se yo, a romper las bolas o no; hay que salir, de eso no cabe duda. Sí, sí, me dijo él, a eso me refiero, a que hay que salir. Y pasó gente. Y pasaron autos. Y pude ver atrás de Gonzo la estación de servicio dándole luz a una esquina. Y pude ver a través de Gonzo, a través de todo ese vacío transparente, las luces del kiosco que hay en la otra esquina, en frente de la estación de servicios. Y pude ver a un costado de Gonzo (sin dejar de mirarlo a él) el edificio viejo del colegio que hay en la otra esquina. Y pude ver a través de ese vacío transparente que lo traspasa y a través de las luces del kiosco de la esquina el inmenso edificio de lo que alguna vez fue (y ahora sigue siendo de una manera algo más indirecta) el Paseo de Compras. Y Gonzo volvió a bajar la vista y a subirla hasta el cuello de mi camisa blanca, una vez más, y ahí sí me dijo: ¿una corbata? Y entonces me acerqué hasta su cara para saludarlo, y le dije: siempre quise ser un funcionario del Estado. Y seguí caminando para las luces del kiosco que está en una de esas cuatro esquinas que estuve mirando a través de Gonzo. Y doblé a la izquierda. Y llegó un colectivo y extendí mi mano. Y un grupo de personas se subió antes que yo. Y esperé hasta lo último. Y me subí al colectivo. Y pasé el molinete. Y miré a toda la gente que estaba sentada. Y me quedé parado unos segundos en el lugar que sigue inmediatamente después a pasar el molinete. Y pude ver a toda la gente de frente viajando en colectivo. Y vi que era toda gente aburrida y triste. Y que también eran gente mediocre. Y que algunas personas llevaban bolsas entre las piernas. Y que por un momento todos me miraron a mí, que estaba parado en frente de todos. Y entonces eso me causó una especie de gracia y de oculto placer. Porque todos eran gente mediocre. Y yo estaba parado ahí, sintiendo el nudo en el cuello de mi camisa blanca. Y moví el cuello para un lado y para el otro y fui hasta el fondo donde había un asiento vacío.

Dentro de las posibilidades que tengo hoy (me miro detenidamente en el espejo, acabo de despertarme, es de día, el baño es blanco y está iluminado por la luz del día) la más cabal, la que más lógica parece tener y a la vez más fuerza, es la de reventarme la cabeza mirando televisión. Mirar televisión hasta que la cabeza no pueda soportar más un sonido, una imagen en movimiento, un corte publicitario. Mirar televisión todo el día. No moverme de mi casa. No salir a dar vueltas como un loco. No es lo mismo ser un loco que ser un idiota. No me da miedo convertirme en loco pero me asusta muchísimo la idea de volverme un estúpido, o algo así, convertirme en lo más bajo de la escala de la vida social. Reventarme la cabeza mirando televisión o con pastillas corresponde más al intento de vivir una vida tranquila que a cualquier otra cosa. Y eso, para mí, es algo muy sano. Pero cada intento (léase cada viaje en colectivo, cada impulso de movimiento incluso adentro de mi casa) tiene diferencias a veces nimias y a veces rotundas que si me las pusiera a analizar seguramente entendería todo de una manera más clara y real. No es lo mismo reventarse la cabeza con horas excesivas de televisión que salir a buscar el lado oscuro de la gente. Puedo verme la cara en el espejo. Puedo ver la barba en la cara en el espejo. Puedo ver el color en la barba en la cara en el espejo. Puedo ver la luz en el color en la barba en la cara en el espejo. Puedo ver el brillo en la luz en el color en la barba en la cara en el espejo. No me pienso afeitar. No me pienso bañar. No me pienso cambiar. Me gusta la idea de abandonarme por un tiempo, de sentirme sucio. De quedarme tirado reventándome la cabeza con horas excesivas de televisión cuando afuera el día es hermoso, y hay sol, y no hace frío. No me voy a cambiar. No me voy a cambiar las topper de lona desatadas que tengo puestas para venir al baño. No me voy a bañar. No me voy a quedar reventándome la cabeza con horas excesivas de televisión. Voy a salir de nuevo. Tengo que salir de nuevo. Tengo que salir así como estoy vestido de nuevo. Tengo que aprovechar el día. Tengo que salir urgentemente de mi casa.
La 502 me deja en Florencio Sánchez. En Florencio Sánchez sé que puedo encontrar al coreano. En Florencio Sánchez encuentro al coreano. El coreano es un chico. El coreano es mucho más chico que yo. En Florencio Sánchez a la hora de la siesta esta ciudad parece un pueblo vacío, pero con algunas calles más sucias que las que hay en un pueblo. En Florencio Sánchez a las tres de la tarde encontré lo que estaba buscando. A las tres de la tarde en la calle Florencio Sánchez yo estaba buscando al coreano. Y en Florencio Sánchez antes de llegar a Salta el coreano estaba andando en bicicleta. Y entonces a esa hora y en ese lugar pude saludar al coreano. Estoy drogado me dijo el coreano. Sos un pelotudo le contesté yo. Ya fue me dijo el coreano. Sos un idiota le dije yo y después lo ataqué con un extenso discurso moral. ¿Estás yendo a la escuela? le pregunté después de terminar con todo ese largo discurso moral. No, me contestó el coreano. ¿Por qué? le pregunté yo. Porque me aburro me contestó el coreano. Sos un tarado le dije yo. Tenés que ir a la escuela y no drogarte más. Sí, ya sé, me contestó el coreano, siempre es lo mismo. ¿Ahora qué haces? le pregunte al coreano. Voy a jalar pegamento, me dijo él. Sos un boludo le contesté yo. Jalar pegamento es de villero le dije. Si te querés drogar drogáte bien boludo le dije. Ya fue me contestó él. Jalar es de villero le dije yo. Y él me dijo que se iba a las vías. Y yo le dije que no se fuera, que me llevara en el caño de la bicicleta. Y él me dijo que se iba a jalar pegamento. Y yo le dije que quería ir con él, que lo acompañaba a jalar pegamento. Y entonces abrió la pierna derecha y yo me subí en el caño de la bicicleta. ¿A dónde vamos? le pregunté. Vamos a la ferretería me dijo él, vamos a comprar el pegamento. Yo entro, le dije. Bueno me dijo él. Una lata de Fortex le dije al de la ferretería. Tres con veinte me dijo él. Tome le dije yo. Gracias me dijo él. De nada le dije yo. Vamos a las vías me dijo el coreano. Vamos le dije yo. El coreano se sentó abajo de un árbol. El coreano sacó una bolsa de nylon y abrió la lata que yo había comprado recién. El coreano con un palo metió pegamento en la bolsa. El coreano me miró y se rió mientras ponía el pegamento en la bolsa. El coreano tiene los dedos con mugre. El coreano tiene manchas en el pantalón. El coreano tiene el pelo sucio y enredado. El coreano usa topper de lona. El coreano agarra la bolsa desde arriba con una mano. El coreano mete la boca en el espacio que queda en su mano. El coreano sopla e infla la bolsa. El coreano aspira y la bolsa se vacía adentro de él. El coreano gesticula algo como si fuera un idiota. El coreano se queda un poco así como un idiota y vuelve a hablar con palabras normales. El coreano me mira y se ríe de nuevo. AHORA YO le digo. Y entonces yo. Yo agarro la bolsa que tiene el coreano. Yo me fijo y veo lo que tiene la bolsa. Yo puedo ver una pasta verde adentro de la bolsa que me da el coreano. Yo cierro la bolsa como lo hizo el coreano. Yo soplo como sopló el coreano. Yo aspiro como aspiró el coreano. Yo me veo a mí mismo haciendo algo que dura cuatro segundos. Yo veo esa misma acción repitiéndose una y otra vez. Yo escucho que esa Secuencia tiene sonido. Yo escucho que ese sonido se divide en tres partes. Yo escucho que ese sonido se repite en cada Secuencia como “quedó algo cerrado”. Yo veo que la imagen se repite una y otra vez. Yo siento que lo que estoy haciendo se repite una y otra vez. Yo siento que todo lo que estoy haciendo se repite una y otra vez. Yo siento que el coreano me mira. Yo siento que puedo hablar con el coreano que está al lado mío mirándome. Yo siento que el coreano se está riendo. El coreano vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar. Yo vuelvo a agarrar la bolsa y vuelvo a jalar. El coreano vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar. Yo vuelvo a agarrar la bolsa y vuelvo a jalar. El coreano vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar. Yo agarro la bolsa, la abro, y veo que la pasta que estaba verde ahora es transparente. Y es como si hubiese estado viendo televisión por tres días seguidos.
En las vías no pasa nadie. Creo que el coreano habló. Creo que dijo: “cuando las vías son tu paseo habitual”. Pero no tiene mucho sentido. Además el coreano no diría algo así. Además está ahí con la boca adentro de la bolsa, en otro lado. Entonces me levanto y bajo hasta las vías (estábamos abajo de un árbol, donde el terreno sube un poco y hay una pared con un alambre que casi toca la calle bien pavimentada que va a Sarmiento y que separa las vías del barrio en donde se acumula la mayor cantidad del capital de esta ciudad) y me pongo al sol y espero a que el coreano vuelva para no irme así no más sin decirle algo como despedida, para que entienda que me estoy yendo. Entonces el coreano me mira desde abajo del árbol. Y yo pongo los ojos chinos por el sol y le digo me voy a la mierda. Y el coreano se levanta y me dice esperá que te llevo. Y yo le digo no, no te hagás drama, seguí jalando. Y el coreano me dice que soy un puto. Y yo me voy caminando despacio por las vías, sintiendo las piedras en mi suela porque tengo puestas unas topper de lona. Y camino abajo del sol. Y no sé bien por dónde salgo y camino entre las casas vacías, por las calles vacías de la siesta. Y voy pensando en el gusto en la garganta, todo el tiempo el gusto en la garganta, como infectado, y los ojos también como afiebrados, y más que nada después de haber estado ahí en las vías es el gusto en la garganta todo el tiempo. Y llego hasta una parada de colectivos y paro la 517 y el colectivo viaja y yo no pienso en cosas como suelo pensar y pienso solamente en una cosa y es en el gusto que tengo en la garganta y el calor en los ojos. Y cuando llego a mi casa es de día y es temprano y voy a mi pieza y cierro la ventana y cierro la puerta y todo es calmo y es de día y me acuesto y duermo y me despierto con calor pero temblando y siento el olor del pegamento en la ropa transpirada. Y duermo un poco y me despierto y me saco la ropa y me siento sucio y me veo al espejo y me veo con barba y me siento sucio y me miro las manos y tienen pegamento y me siento sucio y me saco toda la ropa y me veo la panza y me veo el pecho y me veo los ojos rojos y me veo el pelo despeinado y me siento sucio. Y me baño.

poemas last

Todos los juegos terminan de forma fatal. Todos los juegos de cartas terminan de forma fatal. Cualquier tipo de juego termina de forma fatal.

                                                                   ***

(Auditoría): Explosión del objeto literario

La obra literaria como si fuese un contrato financiero: norma literaria y valor. Estas normas requieren que el auditor planifique y desarrolle la Auditoría para formarse una opinión acerca de la razonabilidad de la información significativa que contengan los estados literarios considerados en su conjunto, preparados de acuerdo con las normas literarias.
Alcance de la Auditoría: una auditoría incluye examinar, sobre bases selectivas los elementos de juicio que respaldan la información expuesta en los estados literarios y no tiene por objeto ni necesariamente permite detectar delitos o irregularidades intencionales. Una auditoría constituye evaluar las normas literarias utilizadas y como parte de ellas la razonabilidad de las estimaciones de significación hechas por la Administración.
He verificado mediante pruebas selectivas que el Estado de Resultados expresa el contenido de la información que surge de la documentación respaldatoria de las operaciones realizadas y que han sido puestas a mi disposición.
En mi opinión: los Estados Literarios concuerdan con los registros literarios, los que han sido llevados de acuerdo con la técnica literaria.

Bahía Blanca, 2 de agosto de 2006

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ACCIDENTE AÉREO

Leímos que el accidente aéreo se produjo
a causa de una falla en el radar, cuando la niebla
devoraba esa noche el aeropuerto.
Aquí están los rostros en las fotografías
reproducidas en frío de los desolados documentos personales.
Destinos resueltos en una conmoción instantánea
al final de una parábola
cuyo curso no entró en los cálculos,
paralizados por un error
no previsto en la materia irresponsable
no del todo dispuesta
a coincidir con nuestras informaciones,
o por falta de amor en una incierta sección del mecanismo.

(Joaquín Giannuzzi)

ACCIDENTE AÉREO

(Del muro de ‘Bahía Ruge’)

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Massot: “Yo no era un bebé de pecho, yo también tuve participación”

Originalmente publicado en Juicio V Cuerpo Ejército Bahía Blanca:

V. Massot Presentacion de El cieo x asalto. 25.4.13 001-4

(Nota con audio) Lo afirmó el director y propietario de La Nueva Provincia, Vicente Massot, durante la presentación de su libro “El cielo por asalto, ERP Montoneros y las razones de la lucha armada” en el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales de la ciudad de Buenos Aires el 25 de abril de 2013.

 Ante un auditorio colmado de amigos y compañeros de su causa, Massot se confesó en público: “Yo no era un bebé de pecho, yo también tuve participación en esos hechos”, haciendo referencia a lo que el empresario llama “la guerra civil de los años 70″ y la justicia y los organismos de derechos humanos “terrorismo de Estado”.

 La frase cobra enorme trascendencia a horas de la resolución del pedido de los fiscales Miguel Palazzani y José Nebbia para que el juez Álvaro Coleffi lo indague y detenga en el marco de la investigación de la responsabilidad…

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HAY OTRAS FUERZAS

sangre25 de marzo. A las 6.45 am estaba entrando en el hospital militar con un frasco de orina en la mano, donde me sacaron sangre. Todavía de noche, pasé la primer barrera, dejé el auto en el estacionamiento y vi, en frente, los colores titilantes del neón de un hotel alojamiento. Pensé: hay otras fuerzas.

Adentro, después de esperar unos minutos abajo del fluorescente artificial, el doctor me hizo pasar junto con otra señora que también esperaba. Canoso, de delantal blanco, preparó las jeringas y empezó por la señora. Como aquella otra vez, no evité mirar las agujas. Al principio, miré a la señora -la dificultad del doctor para encontrar su vena- y ella, a su vez, miró para otro lado. Después, mi brazo flaco, inflado por la manguera marrón, la vena violeta, la jeringa entrando y la sangre bordó que se desparramó un poco por los bordes. Casi no hablamos. De música, todo el tiempo, estuvo la radio en AM 840 dando las noticias del día. Cuando el doctor se fue a poner las sangres respectivas en dos tubos de ensayo vi reflejarse la llama de un mechero en la manija cromada de una heladera vieja. Cuando vino a ponernos el algodón y la cinta blanca en las heridas mínimas, la voz oficial de la radio empezó a dar una lista, creo que del equipo editorial del diario: Vicente Massot, otro Massot, etcétera.

Cuando salí del hospital, recién estaba amaneciendo. Pude ver el cesped cortado, la prolijidad militar. Entendí que adentro de los dos autos que estaban entrando había superiores porque los oficiales de la entrada hicieron el ‘saludo de vicera’. Cuando llegué a la puerta de acceso, dos chicas venían caminando con sus frascos de orina. Pensé: hay otras fuerzas.

Volví a mi casa y me acosté a dormir. Me levanté, almorcé y fui a la escuela donde doy clases a dar lo que me habían asignado: “Clase de reflexión ‘Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia’”. La clase estuvo bien. Los chicos se interesaron por la espectacularidad biográfica de Walsh, pero también por otras cosas: el FMI. Dos días antes recorté fragmentos de su carta abierta a las juntas y anoté unos puntos que me parecieron importantes:

  1. Pensar la dictadura en términos cívico-militares.
  2. Configurar el perfil de la junta militar en tanto: terroristas, corruptos e ineptos.
  3. Poner el acento en la política económica: datos fríos e imágenes literarias. Deuda externa, inflación, desempleo.
  4. Poner de relieve una política impuesta por el FMI. Política cipaya, extranjerizante, que va en contra del discurso nacionalista de la Junta.
  5. Subrayar los sectores civiles que se favorecieron con la política económica de la dictadura: la oligarquía ganadera, la oligarquía especuladora, y las empresas monopólicas multinacionales.

 

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ROBO EN COUNTRY

countryMi padrino, alcohólico en recuperación, después de 3 domingos vino a almorzar con unas copas encima, como diciendo “la muerte es más grande”. Dos domingos después, vino a almorzar con cero grados de alcohol en sangre. Otra cosa, otro timing, otro ritmo de lengua. Lo que siempre me perturbó es su pulcreza. Nunca la barba crecida, siempre camisa, reloj, peinado parejo.

A los 32 se fue a vivir a Tucumán. Manejó un taxi y se separó de su mujer. Ahora vive en una pensión de acá en el centro. Hace unos días cargaba gas y lo vi salir caminando de la YPF que está a dos cuadras. Día de viento tremendo, nubes negras.  Agarró por la avenida flameando su camisa como una bandera. Es muy flaco. Lo vi peleando contra el mar viento en contra. Me pareció inmenso.

Hoy robaron en varias casas de un country en Tucumán. Cuando mi padrino todavía vivía ahí, tuvo que llevar a una señora hasta una de las casas de ese country y en la puerta le pidieron el carnet de conductor, para que lo dejara mientras permanecía en el perímetro del country. No le pareció razonable. Miró a la mujer que llevaba y pensó que era empleada doméstica. Se lo preguntó y ella le ratificó la sospecha. Le preguntó a cuántas cuadras quedaba la casa donde venía a trabajar. Ella le respondió que a diez cuadras. Entonces mi padrino le dejó el carnet al guardia y la llevó hasta la puerta. Le dijo que le dijera a la dueña de la casa que no lo llamara para hacer viajes porque la iba a dejar en la puerta del country. A la salida, cuando el guardia le dio el carnet de nuevo, mi padrino le preguntó si sabía lo que había pasado en 1789. El tipo le dijo que no y él le respondió “la revolución francesa, donde mataron un gobernador, un marqués, le clavaron la cabeza en una pica y la exhibieron a los ciudadanos”. Después, le preguntó qué iba a hacer cuando hubiera una revolución. Hoy me dijo que buscara la noticia de los robos en internet:

http://www.elperiodico.com.ar/2013/01/24/robo-en-country-las-yungas-en-las-casas-de-los-guardias-hallaron-dinero-joyas-y-una-caja-fuerte/

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EL SWING CHAQUEÑO

chaqueñoPor Mauro Fernández (en su muro de Facebook)

De un pibe que se quedó huérfano y se crió en la calle se dice que puede tocar y acompañarse solo al mismo tiempo. Al hijo de una india toba que se murió de hambre y un hachero que se suicidó de pobreza van a golpearlo los nazis en París, van a decirle negro y van a romperle su guitarra de lata porque tal vez pueda fundirse para hacer balas. A veces mezcla todo, improvisa sobre la armonía, hace citas raras: en el medio de un flamenco dice “esto me hace acordar a mi tierra… el Chaco”; en la versión de besame mucho tira besos rítmicos ruidosos y vende muchos discos. El amante de Josephine, la mujer más deseada de Francia, toca con los dientes o detrás de la espalda 30 años antes que Hendrix, es actor en una película de Narciso Ibañez Menta, sube al escenario disfrazado de bailarina de varieté 40 años antes que Alice Cooper. El huérfano no sabe que Ellington espera hace 40 años para venir a Buenos Aires a darle besos a la francesa. Tiene una púa de acero que rompe las cuerdas, y llora como un nene cuando lo aplauden mucho. El pibe criado en la calle, el amigo de Discépolo, puede sobrevivir boxeando por plata con marineros, puede tocar a Bach y a Los Beatles sin haber leído nunca una partitura, puede hacer que la guitarra hable: sus músicos saben que esa frase melódica que suele repetir cuando improvisa quiere decir “laputaqueteparió”.

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SIEMPRE QUISE SER UN FUNCIONARIO DEL ESTADO

burócrata“Desde la monarquía de julio comenzaron a prevalecer en los trajes masculinos el negro y el gris. Esta novedad ocupó a Baudelaire en el Salón de 1845. Y en la frase final de su escrito primerizo expone: ‘El pintor, el verdadero pintor será el que sepa arrancar a la vida actual su lado épico y hacernos ver y comprender, con el color o con el dibujo, lo grandes y poéticos que somos en nuestras corbatas y nuestros botines acharolados. ¡Ojalá puedan los verdaderos pioneros darnos el año próximo la alegría singular de celebrar la llegada de lo nuevo!’. Y un año después: ‘Y en cuanto al traje, la cáscara del héroe moderno… ¿no tiene su belleza y encanto congénitos…? ¿No es el traje necesario a nuestra época que sufre y que lleva sobre sus hombros negros y flacos el símbolo de un perpetuo duelo? Advirtamos que el traje negro y la levita tienen no solamente su belleza política, que es la expresión de la igualdad universal, sino que tienen además su belleza poética, que es la expresión del alma pública; un inmenso desfile de sepultureros, sepultureros políticos, sepultureros enamorados, sepultureros burgueses. Todos celebramos un entierro. La librea uniforme de la desolación atestigua la igualdad; y en cuanto a los excéntricos, que denunciaban antes fácilmente a la vista los colores chillones, se contentan hoy con matices de diseño, en el corte más que en el color. ¿No tienen su gracia misteriosa esos pliegues gesticulantes que juegan como serpientes alrededor de una carne mortificada?’” [Walter Benjamin]

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HAY UN LIBRO QUE SUBTITULA “LA CONSTRUCCIÓN DEL ORDEN NEOLIBERAL”

Por Rosa O´Henry

Cuando Cafiero perdió aquella interna con Menem, sus militantes (que eran muchos más que los del Turco) le preguntaron: “¿este tipo, con quién va a Gobernar?”, a lo que Cafiero les respondió: “Con todos ustedes, muchachos”.

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LA BOLUDITA DE GREENPEACE

Nicolás De La Plaza -abogado neomenemista y master en Derecho del Petróleo en The University of Oklahoma- escribió una nota para Infobae, sobre el affaire “Greenpeace en Rusia”, que al principio no fue publicada, o borrada del sitio. Según él, censurada. La cuestión, como en este y este otro post, devino en ágora ideológico, dejando comentarios de todo tipo en las redes sociales. Por ejemplo: “la piba es una alienada pero este artículo es lobby petrolero camuflado de ‘crítica cultural’”. La nota:

camila greenpeace

Por Nicolás De La Plaza (en principio para Infobae)

La imagen de Camila agarrando los barrotes, con el peinado de una chica de 20 años. Con mirada entre guerrillera y entusiasta de mirar tele con la mamá. Camila, en sus twits, decía que estaba aburrida, que no le entendía el sentido a la vida, que buscaba hacer algo por algo, pero no sabía qué ni por qué. Si le agregás una pizca más de angustia cerraba su profile en el de una suicida.

Esos que el vivir les quema el alma.

Greenpeace es una organizacion mafiosa, facista, ya antigua, desfasada, cavernícola, neomedieval, pero por sobre todas las cosas es capta-boludos. Boludos como Camila, que le deprimía dormir la siesta.
El lenguaje de Greenpeace es difuso, vive de golpecitos insignificantes. Estilo el boludo de Pergolini vestido de oso yogui. En Europa salen a andar en bici en culo para incentivar quién sabe qué protesta por las pieles. En Europa está lleno de Camilas. En los 80 se escuchaba punk y se inyectaban heroína, en los 90 lo mismo, en el 2000 pasó algo, la generación “película The Beach” con Di Caprio cazando tiburones en una comunidad neonazi. 23 boludos autopresos en una isla esperando el viajecito mensual al continente para que le traigan baterías para el GameBoy. Subsumidos en la exageración simbólica fetichista de los efectos del porro, toda la vida rodeando eso, un pucho que te marea.
La generación del 2000 aburrida y sin drogas duras estaba condenada a desaparecer bajo el vil sistema que dejamos atrás en los 50, el tipo que labura, la madre que hoy labura, los chicos al colegio. Un flagelo.
Pero llegó el fracking, un sistema de extracción de petróleo a 3000 metros de profundidad promedio que imprime nanofracturas en reservorios de petróleo y gas para extraerlo. Igual que el de toda la vida de los últimos 120 años, pero con un toque extra. Un toque extra que permitiría a los boludos de The Beach seguir jugando con sus GameBoys en los recreos de jugar a ser granjeros. Antes que los masacren los buenos.
The Beach, dirigidos por una nazi casada con otro nazi, comiendo lechuga y tomando agua de lluvia, parece ser el modelo de civilización nueva que nos ofrecen los eco-fascistas de Greenpeace, una organización escindida de otras “fundaciones” anteriores que se dedicaban a expulsar de sus tierras a miles de pobladores africanos para hacer “reservas naturales” en donde puedan pastar elefantes, mientras condenaban a millones de seres humanos a vivir confinados en zonas no fértiles, alimentados por misioneros y luego la ONU.
Los mismos que hoy no quieren que haya petróleo, porque invirtieron todo su dinero en acciones de empresas de generación de energías alternativas al petróleo que son obsoletas.
Camila es una boludita de 20 años como muchas otras que les “deprime” ir a laburar. Del otro cuarentón hoy liberado hablaré en otra edición, porque merece un artículo aparte.
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APÉNDICE A “LA BOLUDITA DE GREENPEACE”
La nota finalmente fue subida de nuevo en Infobae, con el título cepillado. Antes, De La Plaza pedía la replicación del post en blogs alternativos:
Ziberial
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