Archivo de la categoría: opinión

¿QUÉ ES ESTO?

Sobre el recital del Indio Solari en Olavarría

Por G.L.

Aunque sea tarde cabría pensar, con todo lo paradójico, al indio como un hombre de Estado. ¿Pero de uno de qué tipo y que contiene qué cosa?

Por supuesto también hay que pensar el acontecimiento de hace dos noches. Y habría que hacerlo incluso más allá del aspecto sociológico, sobre el fondo de su obra estética. A mí no me da la cabeza, no es algo que pudiera hacer ahora.

En cuanto a la organización, hay algunos consensos que efectivamente son ciertos: la descomunal cantidad de gente queda librada a sus propias fuerzas. Y me parece que ese es un poco el punto filosófico del indio: tenemos que cuidarnos entre nosotros. Cabe la posibilidad de dos muertos, de siete, de quince y también la de ninguno. En principio, afuera casi no hay policías y eso es un mérito del poder de convocatoria que excede la potencia de un orden en cuanto represivo. Pero adentro lo mismo: la organización queda insuficiente teniendo en cuenta la magnitud del show. Y la cuestión de los millones no es una cuestión relevante, a no ser que decidiéramos pensar, en términos de sustentabilidad, esa lógica de que una parte paga la seguridad de un todo que la supera ampliamente. Lógica que eso: mientras sea sustentable (incluso con la posibilidad de desenlaces fatales) no admite mayores cuestionamientos.

Después está la noticia y toda la carroña mediática.

En cuanto a lo que contiene ese Estado anárquico del indio y su relación con él mismo en cuanto líder carismático, Olavarría dejó alguna cosa. ¿Qué dice ese cuerpo inorgánico, no homogéneo, con trescientas-y-pico-mil cabezas? Esto no es fácil de decodificar, ni siquiera desde arriba del escenario. Desde abajo, en cambio, algunos puntos están más claros. Antenoche, a partir del tercer tema hubo un recital ortiva porque no se pudo más que seguir bailando arriba de un muerto, y palabras entre líneas. Más allá de las aristas espectaculares, omnipresentes y agotadoras de la noticia en la televisión, hay el dato para ese cuerpo monstruoso que sigue al indio. El pelado está cansado y no tiene más ganas de seguir poniendo a prueba, contra la masa, el poder de su lengua.

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LA DEMOCRACIA, ESCENA SADOMASOQUISTA

Por Mauro Fernández

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A diestra y siniestra, se repite que “así es la democracia”. La mayoría decidió que gobiernen ahora en la Argentina representantes del neoliberalismo, de los intereses del capital financiero y las grandes corporaciones, etc. Esto implica -en un amplio y profundo sentido- el violento descenso relativo de la calidad de vida de casi todos, y el beneficio sobrado para los pocos que ya eran dueños de casi todo. Tal elección -dicen casi todos- ha de ser sostenida por el período correspondiente y soportadas sus consecuencias, porque de eso se trata la democracia.

La inteligencia despótica sabe que lo institucional democrático puede ser instrumentado en políticas maquiavélicas, y que es posible evitar -al menos por un tiempo- las posibilidades de autodeterminación de la soberanía popular recordando al pueblo que con su voto habilitó las decisiones del gobierno. Aquí y ahora parece haber personas relativamente razonables que ya acusan el dolor por su propia decisión, y la sostienen pasivamente. Esa pasividad es avalada, incluso, por discursos de la oposición política: dicen que hay que organizarse para ganar las legislativas dentro de dos años y volver a gobernar dentro de cuatro.

“Vamos a volver”, se dice por aquí. “Hay que darle tiempo”, se dice por allá. La noción de alternancia política, que reduce mágicamente la historia a un ritual cíclico, parece estar signada por la estructura narrativa del videojuego: elijo un monito para que haga la tarea por mí y, si no me sirve, hay otros monitos disponibles esperando. Sucede que, fuera de la virtualidad, nadie puede hacer el trabajo por mí. Otro problema es que los avatares virtuales tienen muchas vidas, pero nosotros una sola. Como ya ha machacado la filosofía: “el futuro llegó hace rato, / llegó como vos no lo esperabas”.

¿La democracia se agota en el mero ejercicio del voto y, en el mejor de los casos, en la expresión de disconformidad por las promesas incumplidas? ¿La democracia consiste el elegir libremente en quién delegar completamente el poder público y, por lo tanto, la mismísima libertad? ¿La democracia es tan parecida a una escena del porno sadomasoquista? Es evidente que la democracia, así entendida, no es más que una sinécdoque de la resignación.

No se trata, por supuesto, de meras subjetividades anómicas. Hay condiciones culturales complejas que sostienen la funcionalidad de estas “democracias retrógradas”, cuya aceptación más o menos consensuada ha llevado años. Veamos algunas:

1) Herido gravemente el estado de bienestar, parece apropiado que la política ya no busque la igualdad sino la “igualdad de oportunidades”; se acepta, en lugar de la extensión de derechos igualadores, el derecho a competir. No es casual que los neoliberales estos que tenemos jamás olviden, a propósito de cualquier cosa, dedicar una frase al elogio de la meritocracia.

2) La interminable e instalada excusa de la seguridad para considerar y tratar a cada ciudadano como sospechoso en un estado con leyes en suspenso, el estado de excepción naturalizado por doquier. Tampoco es casual que nuestros disléxicos mandatarios y su eco mediático asusten cada cinco minutos con un imposible “narcoestado” que a todos nos atraviesa y al que hay que controlar a toda costa. En este contexto de “inseguridad” y crisis ficticia, no se trata de prevenir ni conformar reclamos sociales; reprimir los reclamos coincide con la suspensión de la vieja legalidad y corresponde al estado de excepción (Y, por supuesto, evita la posibilidad de la distribución de la riqueza).

3) El consumo voraz del presente en tiempo presente, propio de estas políticas de pretensión ahistórica, tiene su correlato cultural subjetivo: por algo nuestros niños ricos con tristeza promocionan espiritualismos de mercado, antirreligiosos, cortoplacistas y banales como “El arte de vivir”.

Se asocia lo democrático con un ejercicio de las libertades personales y públicas. Pero siempre pueden cuestionarse y profundizarse las condiciones de la libertad, la libertad siempre es condicional. La democracia ha demostrado que es más que lo que era, por lo tanto es esperable que vaya a ser más que lo que es.

Desde hace tiempo se entienden por democracia muchas otras cosas que exceden lo formal de su definición. Se trata de todas aquellas instancias que implican la extensión del poder soberano y sus consecuencias para la libertad de todos y la de cada uno: ampliación de derechos (incluyendo derechos colectivos laborales y económicos), actualización de procesos jurídicos, consideraciones específicas para minorías, mecanismos de participación, el derecho a la educación y la consecuente conciencia de las propias posibilidades de poder.

Aunque es sabido que el capitalismo bien funciona sin democracia, el matrimonio entre capitalismo y democracia formal ha resultado, hasta ahora, exitoso. Tal vez sus relaciones hayan sido sadomasoquistas pero, a su manera, funcionales. Parece sin embargo que las condiciones de la economía hegemónica actual requieren de un sometimiento cada vez mayor de la Sra. Democracia a su esposo el Sr. Capitalismo Financiero. Dicho de otra manera: la profundización democrática parece hoy enemiga del capitalismo. Estiremos la metáfora matrimonial: resulta tentador alentar a la Señora para que se divorcie de una vez de ese hijo de puta.

Se puede entender la democracia como un proceso inacabado que pretende solucionar las inevitables tensiones entre lo individual y lo colectivo, en un equilibrio siempre precario. Pero si, como sucede aquí y allá, la democracia formal no pude canalizar satisfactoriamente los reclamos sociales, habrá que pedir más de la democracia. Un representante demócrata es solamente aquel dispuesto a perder cada vez más poder para que aumente el de sus representados. La democracia es un ejercicio de soberanía, y es soberano aquél que ejerce el poder.

 

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CRÓNICA DESDE LA ZOMBERA

Por Rosa O`Henry

Gilda resucitó sólo para vomitar un poco y se enterró rapidito, los fanáticos se conformaron con la chica sobre ruedas. El hombre hizo lo que sabe: bailó. La coreografía muy sucinta y sin despilfarro de talento, acorde a los tiempos que corren o empiezan a correr. La jovencita lo miraba, dicen algunos, con estupor. También hay quienes dicen con admiración, con sorpresa, con incomodidad, orgullo, asco, intriga, sin deseo, etcétera, como siempre hay para todos los gustos. Eso sí, orgullosa en su tarea de sostener la banda (la doblaba como una bufanda) mientras su zombi se movía al ritmo de la aspereza vocal de su otra dama minusválida.
Algunos esperaban millones de zombis copando la plaza pública, no eran tantos pero también cantaban y bailaban con entusiasmo, con amor, con esperanza, todos juntos, sí se puede, sí se puede, sí se puede, sal si puedes…
Te juro que continuará.

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DE LA IMBECILIDAD

Por M.Q. (para Estado actualizado)

massaCuando hace unos años sentí cierta empatía con el club Tigre en su paso por la copa sudamericana al jugar esa fatídica final contra Sao Pablo, pensé. Ojalá ese intendente kirchnerista que tanto apoyó a este club tenga el peso suficiente para hacer justicia aunque sea por el tremendo papelón que tuvieron que sufrir estos pibes y el bueno de Pipo Gorosito.
Lo había visto en alguna transmisión de fox seguramente, hablando con Niembro seguramente, en algún vestuario ganador por esa misma época y me llamó la atención la forma de hablar. Ningún problema grave, digo, no era Wado de Pedro o Néstor, pero sÍ había algo raro.
¿Quién vino como siempre a hacer justicia? Ella, la yegua. Una dama. Porque para ciertas manifestaciones tiene una sutileza inigualable.
Recuerdo una vez un discurso al pie del monumento a la bandera en Rosario donde hablaba de cómo había crecido la ciudad. No dejó pasar la oportunidad, de pronunciar “come gatos”, si bien dijo literalmente algo así como que se dice que en esta ciudad se come unos animalitos… Con mayor sentido del humor que un gordo Casero si se quiere. Nadie recogió el guante, éxito de ella.
Ahora recuerdo que con igual agudeza, no exactamente dónde pero es cuestión de googlearlo nomás, alguna vez comentó, como hace ella, como de entre casa, que cuando Boudou propuso estatizar las AFJP lo llamaron a Néstor (este sí con problemas en la dicción como también Wado de Pedro) con Massa y el que hablaba al teléfono era “Sergio”. Tenía como una risita, que es una risita que le sale cuando está nervioso, dijo ella, estaba nervioso y se reía mientras hablaba con Néstor de lo que había propuesto Boudou… Como un nene pensé yo, y no… como un imbécil. Ahí reconocí esa rareza al hablar de Sergio Massa, ese estertor de imbecilidad que se le escapa dejando torpemente al desnudo su burguesía, como cuando Fantino le preguntó insistentemente por su compañero de fórmula presidencial. Se le escapa irremediablemente, la risa, el aire, como un amague de capricho por estar jugando con reglas que no son las propias, como pidiendo explicaciones por estar sometido a esa situación … “ah pero vos sos un amigo”, el ridículo. Antes había asegurado tener su vice desde hacía rato. Después la presentación de su candidatura impresentable, presentación y candidatura.
No dejo de pensar en el trabajo pedagógico de Cristina, en la capacidad de observación y de síntesis casi poética … “una risita”. Si se presta atención, cada vez que habla se le escapa. La yegua lo hizo de nuevo.

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HASTA LA VICTORIA

Por G.E. (especial para LIYO)

scioli-tinelli-590x410Daniel mostrando los dientes brillantes, en contraste con el color de su piel, en una cena compartida con Nacha Guevara, que hace años no toma alcohol. ¿Se servirá con el único brazo que tiene capacidad motriz, malbec en la copa? Una imagen de la farándula, como circula en Facebook, inmortalizado en la tapa de la revista GENTE de 1989, anunciando su casamiento. Así, lo que representa en el imaginario. No es natural. Por supuesto, es el resultado de su propio discurso, como la campaña de verano con David Hasselhoff y los culos, pero también es el resultado de años de ver a la presidenta, nuestra conductora, construir un sentimiento de desconfianza en torno a su figura, de dirigirle amenazas o hacerle “llamados de atención”, en plena cadena nacional. No podemos sentir orgullo de que sea nuestro candidato y el próximo presidente, pero la política no es siempre una cuestión de sentimientos.
Hace doce años, Scioli se comprometió a formar parte y participar como funcionario del Proyecto Nacional de Néstor Kirchner y se mantuvo firme, a pesar incluso de las cagadas a pedo. La lealtad es una decisión política, moral y personal.
El progresismo, donde hay lealtad y trayectoria política, ve ambición de poder y dictadura. Con la misma vara midieron a Bergoglio y lo pronosticaron como un neoinquisidor. No es que Scioli sea el Papa. Se entiende. Algo está claro, no conviene etiquetar a los candidatos por su trayectoria política, porque esa trayectoria es histórica. Kirchner el gobernador durante la presidencia de Menem y el revolucionario poscrucifixión 2001; Bergoglio el obispo durante la dictadura de Videla y Papa Francisco, tapa de la Rolling Stone 2014 y Scioli un boat boy con aspiraciones políticas durante los 90, que fue secretario de deportes y turismo durante el año de la estabilidad duhaldista y que formó parte de los tres mandatos kirchneristas, llegando a ser vicepresidente y gobernador de Buenos Aires se abraza con Raul Castro en plena emergencia de “la nueva Cuba.”

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CASO NISMAN: POSIBILIDADES DE APRENDIZAJE

Por Mauro Fernández (en su muro de facebook)

este asunto de mierda de nisman va dejando posibilidades de aprendizaje que no estaban a la mano. habrá gente que pueda sospechar ahora que no hay ni puede haber tal cosa como “justicia independiente”, por ejemplo. o que “el poder” es algo mucho más complejo que tal o cual poder ejecutivo, o que cada institución anida sus propias y enroscadas serpientes. o que sus deseos públicos de verdad no suelen coincidir con verdades probables… si acaso el campo intelectual es un síntoma de una dinámica social más extensa, entonces por algo hoy volvemos sobre cosas que Verbitsky viene diciendo hace rato, o aparecen en Revista Anfibia los artículos que aparecen, o hay tantas entradas en el blog de Juan Salinas, o se vuelven a leer los archivos de Wikileaks.

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SANA SANA LA CONCHA DE TU HERMANA

Por Mauro A. Fernández (en su muro de Facebook)

PASTILLASEn mi face y en el de ustedes, en la tele, en revistas (sobre todo femeninas), en libros (más que nada del tipo newage) se proponen cosas “sanadoras”. Todo puede (y debe) ser “sanador”: frases, gestos, músicas, libros, películas, lugares, olores, cualquier tipo de movimiento del cuerpo, modos de relacionarse, comidas, piedras y lo que sea. No se trata de mensajes dirigidos a quienes padecen determinadas patologías, son para todos nosotros. Y no es, en la mayoría de los casos, un ejercicio metafórico. Se implica que estamos todos enfermos. ¿Qué será la enfermedad ahora, para este uso? ¿Por qué todos estos mensajes dicen que debemos curarnos de algo? Se trata de una idiotez. Pero como es una idiotez muy extendida y bastante naturalizada, he de pensar en ello, aunque… ¿no será medio enfermo encontrar mensajes que me parecen a priori imbéciles y tratar de entenderlos? ¿Será que no sigo esos consejos sanadores que me siguen a mí? Desde hace miles de años, la gente se desea “salud”, pero esto es otra cosa: hoy te consideran enfermo y te clavan recetas para curarte. Si la enfermedad es impuesta y falsa, también la cura. La retórica publicitaria de la culpa corporal me da remedios sin conocerme. Ejemplos: el face está lleno de canciones que la gente recomienda porque “hacen bien” a la moral o al ánimo, incluso físicamente; hay recuadritos que dicen: dale, repetí repetí repetí esta frase sanadora; hay una reseña de un libro sobre una mujer que “sanó su vida” dedicándose a recuperar a sus hijos secuestrados por un ex marido cheto musulmán; es muy sanador vacacionar en: Merlo, Sierra de la Ventana, un desierto, cualquier lado; es sanadora la literatura, tanto leída como en sus intentos de ejercicio; hay pases mágicos que podés aprender y son sanadores para vos, el prójimo y el ambiente; hay fotos de chicos desnutridos y abandonados que si las mirás bien descubrís que el chico hace un gesto autosanador que además te va a sanar a vos si entendés ese profundo gesto; la política es una enfermedad, los que se dedican a la política son enfermos, éste es un país enfermo, hay que sanear el país dicen los radicales; obviamente, todo tipo de gimnasia es sanadora; el teatro es terapéutico; te tiro energía positiva, nadie sabe qué es pero todos tenemos y podemos enviarla y es curativa porque es positiva; comer verduras o practicar jardinería curan la vida completa, hasta redimen de los pecados; las casas deben ser curadas, hay feng shui y viene con fuentecita. Buena parte del activismo ecológico se sostiene en una distorsión idealizada del criterio de salud: se considera a la Tierra como organismo enfermo, cuyo equilibrio primordial perfectamente saludable y total ha sido para siempre enfermado por la actividad humana. Ni hablar de cuán enfermos nos consideran todos esos semimétodos para vivir, pensar, sonreir, comer, cagar y respirar. ¿Por qué no escuchar una canción o leer un libro o comer algo o hacer yoga porque es placentero, porque nos da conocimiento, vitalidad, alegría? ¿Por qué no son esos los argumentos de venta, en todo caso, y sí lo es tu supuesta y constante enfermedad previa que debe ser reparada por la mercancía?¿Por qué considerar la ética y la política en términos sanitarios y no sociológicos, filosóficos, económicos, políticos? ¿Es que todos ahora compramos estas mentiras porque nos sentimos muy enfermos o un poco enfermos o potencialmente enfermos o metafóricamente enfermos? Ojalá nos agarrara un verdadero y contundente cáncer, eso nos curaría del concepto “holístico” de enfermedad. ¿Será esta estupidez de la cultura burguesa un virus? Lo que se explota en primera instancia, como siempre, es el miedo a la muerte y sus posibles respuestas irracionales. Como vamos a morir, tal vez estemos “enfermos de algo”: aceptar la muerte sin alguna excusa sigue siendo difícil. Antes, las dueñas de la propiedad intelectual de esta propaganda que extorsiona con la muerte eran las grandes religiones. No es que dios haya muerto, pero el pensamiento mágico -antes concentrado- se ha disuelto en la cultura moderna. Sus partículas, antes congregadas, flotan dispersas en cada tontería newage. Una de las consecuencias de esta disolución es que el pecado, antes religiosamente radicado en el alma, pertenece hoy al cuerpo: no es pecado ser malo, es pecado ser feo según ciertos cánones; no es pecado la gula, sí lo es la “disfuncionalidad” de la gordura; no es pecado disfrutar del placer hedónico de las drogas, es pecado enfermarse por ello. De la advertencia moral que amenazaba con el infierno, se ha pasado a la advertencia “médica” que amenaza con las torturas del cuerpo que la enfermedad pueda traer. La naturalización de este discurso parece confirmar y aceptar la intervención de mecanismos de poder sobre el cuerpo, esos que se han estudiado en torno al concepto de biopolítica. Wiki sobre biopolítica: “los agentes con poder se esfuerzan en extraer todos los beneficios posibles: la imagen de un poder-guardabosque que espera al momento adecuado para hacerse con la mejor madera, es sustituida hoy por la de un poder-jardinero que todos los días vigila las plantas y abona, poda, injerta, elimina las malas hierbas, riega y cosecha cada fruto en el espacio y tiempo adecuados”. Junto al disciplinamiento impuesto a los cuerpos (circular o establecerse de maneras determinadas en espacios cada vez más regulados, someterse a controles institucionalizados de salud, ser objeto de infinidad de pequeñas coerciones “saludables”) y como parte de él, hay un discurso de la salud obligatoria que –si los detalles que se observan aquí en los primeros párrafos son representativos- atraviesa el campo cultural. Un aspecto ideológicamente interesante de esta forma de discurso sanador que te hace sentir enfermo para controlarte mejor es que no se presenta exactamente como “mandato”, como sí lo hacía la admonición religiosa en relación al pecado del alma. Se presenta como una alternativa razonable: podés fumar (si no es en lugares públicos) pero con culpa, porque te podés morir. Hay una aparente elección. Zizek compara este mecanismo con el del padre que le dice al hijito “podés elegir si visitás a la abuelita o no, es tu libertad, pero sabés que la abuelita te extraña mucho”. Esta formalización de la elección acotada es claramente asimilable a algunos de los mecanismos actuales de consumo: parece que en el shopping podés elegir, parece que las nuevas iglesias pentecostales te dan la opción de adquirir, ya mismo, al espíritu santo y sus utilidades ¡de sanación!

 

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AMOR A LA RAYA DE CAL

BUKOWSKIEmpiezan los años noventa. Estoy con mi familia en un pueblito de la provincia llamado Orense. Tengo seis años. En realidad, estamos viviendo en otro pueblito cercano llamado San Francisco de Bellocq. A pocos kilómetros. Y ahora estamos en Orense porque ahí vive una familia amiga y Argentina juega la final de Italia 90 contra Alemania. Es uno de esos momentos en los que sabemos dónde estábamos mientras estaba pasando. Los detalles quedan grabados. Me acuerdo del amigo de mi papá con los pies en una banqueta. Roberto. Así se llama el amigo de mi papá. Y también está su señora, sus hijas, mi mamá y mi hermana. Todos viendo la final del mundo en ese lugar perdido. Y de pronto lo que todos ya sabemos: el himno; Maradona; un penal que no fue; Brehmen clavando la pelota abajo; Goycochea que no llega, aunque adivina la punta; y Alemania campeón. Entonces con seis años en un pueblo alejado veo llorar a Maradona. Un señor grande que llora por algo que acaba de pasar. Y lo que acaba de pasar es eso: Argentina perdiendo lo más preciado, chupando la fruta sin poder morderla.

Entonces me acuerdo de haber salido a la calle y que el día estaba nublado. Pocas cosas puedo asegurar en mi vida. Una de ellas es que el día en que Argentina perdió la final de Italia 90 en Orense estaba nublado. Me acuerdo de haber visto a un nene que movía en la calle una banderita celeste y blanca. Y que con seis años no terminé de entender ese gesto. Entonces volví a entrar a la casa y le pregunté a mi papá: “¿por qué ese chico está festejando?”. Y mi papá me contestó: “Porque salir segundo también es algo bueno”. Pero me lo dijo con una cara de tristeza que nunca había visto en mis cortos seis años de vida. Entonces fue cuestión de salir de ahí y volver a Bellocq. La ruta, los campos nublados, y la infinita tristeza de una tierra abatida entrando por los ojos.

Esta anécdota responde a una historia personal, pero también al mismo tiempo a un tipo de historia que nos trasciende. Nos ubica en una línea de tiempo donde pasan las cosas, las verdaderamente importantes. Y es un detonante para pensar otras, que se centran en la capacidad de un juego: la  que tiene el fútbol para alterar los estados de ánimo. Es algo que nos dice que ahí atrás hay alguna otra cosa, algo que no llegamos a entender.

Me acuerdo, por ejemplo, de haber visto un Boca-River. En un bar. Un domingo. Clausura o apertura del 99. Me acuerdo de estar yendo al bar con la ansiedad del que va a lo de algún transa a pegar una droga. Llegar, sentarse y esperar a ver los colores: azul, amarillo, rojo, blanco. La pelota empieza a rodar, el partido se juega y penal para River. Abondanzieri expulsado. Entra el pibe Muñoz y Bianchi le grita algo en la cara, con la mirada muy seria, antes de entrar. River mete el gol, pero boca lo gana 2-1 con una mediavuelta de Palermo de afuera del área. Bonano no llega y la pelota se le mete. Y hasta Muñoz tapa un par de mano a mano. Boca gana el partido. La gente sale a la calle a cantar su alegría. Todos saltando, cantando lo mismo, diciendo somos todos una sola gran cosa. Y todo por la arbitrariedad de un resultado. Si Boca perdía, ese día yo me tomaba el colectivo tratando de evitar el centro, para no verlos festejar. Llegaría a mi casa, comería algo temprano y también temprano me acostaría a dormir. Y durante la semana no vería televisión, porque los goles aparecen en cualquier momento y en cualquier canal. Pero Boca había ganado 2-1 y todo estaba bajo control.

En el 98, Argentina dejó afuera a Inglaterra del mundial. A Inglaterra. Empieza el partido y penal para Argentina. Gol de Batistuta. Al rato en cinco minutos dos goles seguidos (me acuerdo uno de Owen), y la sensación de bajar rápido, extremo, y de un solo saque. Pero antes de terminar el primer tiempo aparece Zanetti en una jugada preparada y todo vuelve a estar como al principio. Después se termina el partido, los suplementarios, y entonces vienen los penales. Ese partido lo vi en el centro, en lo que alguna vez fue Chamán. Había algunas sillas y una pantalla gigante. Fui con dos amigos más. Cuando llegaron los penales estábamos duros, con el corazón demasiado rápido. Y esto tampoco me lo olvido: cuando Roa atajó el último penal me abracé con un tipo de seguridad que lloraba de alegría. Nos subimos con un par más al escenario -que no había que tocar- a saltar con el tipo que nos tenía que controlar. Y cuando salimos a la calle a festejar ese triunfo fue cuando sentí de nuevo ese nosotros inclusivo: “Volveremos volveremos, volveremos otra vez…”. Todos cantando lo mismo. “Mirá mirá mirá, sacále una foto…”. El próximo partido de ese mundial lo vi también ahí en Chiclana con los mismos amigos, por una cuestión cabulera. Jugamos contra Holanda. Cuartos de final. Empieza ganando Holanda. Después empata el piojo López. Se está acabando el partido y Holanda tiene un jugador menos. Pienso que lo ganamos en suplementario. Pero entonces Ortega le da un cabezazo a Van der Sad y roja directa. Inmediatamente pelota larga al área argentina. La para Berkamp y el ratón Ayala pasa de largo. Berkamp se acomoda y la clava al ángulo. Sobre la hora. Roa no tiene nada para hacer. Argentina, entonces, afuera del mundial. Salimos en silencio, por ese mismo lugar que días atrás casi destrozamos de alegría. Ahora nadie habla, solamente salir a la calle esperando que el techo se derrumbe de una buena y puta vez. Es temprano. Casi mediodía. Mis amigos no dicen nada. Lo miro a uno y le brillan los ojos, terriblemente. Pero se aguanta. No quiere llorar adelante nuestro. Caminamos dos cuadras en silencio para tomar el colectivo. Se ven las caras de la gente. Es un velorio masivo, por las calles. “¿Y ahora?” pregunta uno de mis amigos. Pasa un colectivo y hace ruido, aturde. Alguien lo tenía que preguntar. “No sé”, le respondo, “no tengo ni idea”. Somos jóvenes. Y así se aprenden estas cosas.

Yo por lo pronto trato de no intelectualizar demasiado. No sé a ciencia cierta qué es lo que produce todos estos estados (se podría decir) de percepción no ordinaria. Es como un extraño y arbitrario chamán. Que se come tu dolor en noventa minutos de juego (se lo come, literalmente, lo mastica, se lo traga, y te renueva), o te vomita encima el de millones de personas que ni si quiera conocés. Todo depende de un resultado. Pero lógicamente también hay otras cosas. Hay también en el fútbol cosas que no están directamente relacionadas con el resultado, que producen diferentes tipos de distorsiones visuales y sensoriales. Un caño, una puteada, una patada fuerte, un taco, una pelota reventando el travesaño. Qué sé yo. Aunque también debo admitir que hay gente que en todo esto no ha sabido (o no ha querido) encontrar nada significativo. Hay gente a la que no le gusta el fútbol. Y existen, son reales. De carne y hueso como uno.

Me acuerdo de estar un verano en Monte Hermoso. Estoy con Martín y en un momento de nuestra estadía también están sus padres, pero en otra casa. Una tarde vamos con Martín hasta la casa en donde estaban parando y entramos un rato. Adentro están los padres de Martín y un matrimonio más. Las dos mujeres en la cocina, el padre de Martín en la pieza, y un señor que no conozco está mirando en televisión un programa sobre autos. En un momento dado, Martín se va al baño y yo me siento a mirar televisión. Es algo entretenido, no me acuerdo bien, sobre un prototipo de auto deportivo. El señor, mientras tanto, me dice alguna cosa, como para hablar de algo; a lo que le respondo alguna otra cosa, como para seguir el diálogo. Todo, al parecer, marcha perfectamente bien. Pero viene la publicidad y entonces me acuerdo de que Boca había jugado la noche anterior contra San Lorenzo por una copa de verano. Las publicidades transcurren, el señor no cambia de canal, y entonces agarro el control remoto y digo “a ver si están los goles”. Lo hago como diciendo “ahora vuelvo a poner acá donde estabas mirando”. Pero este señor me responde “¿qué? ¿ese deporte donde veintidós tipos corren en pantalones cortos atrás de una hernia de cuero?”. Y ahí, entonces, me doy cuenta: este tipo es de esa raza. Raza rara y de insalvables diferencias que aborrece del fútbol. Lo detesta, se lo veo en los ojos. Y pocas veces sintió tanto placer como ahora que me está diciendo esto. Entonces no le respondo más nada. Busco algún canal de deportes y le devuelvo el control.

Podría discutir, esbozar argumentos, pero sería inútil. El tipo ya tiene como cincuenta años y detesta el fútbol. Y además no soy un religioso que quiere que todos piensen como yo. Que se lo pierda. Pero ahora pienso en la frase que me dijo. Pienso. Es una deformación, un poco más ingeniosa (no demasiado), de la más conocida “veintidós boludos corriendo atrás de una pelota”. Y esta frase, pienso, es de las primeras que se dicen a la hora de desprestigiar al fútbol. Y es raro, porque argumentativamente es de lo más débil que he escuchado. Es un recurso literario, aunque a primera vista no lo parezca, del que gustaban mucho lo formalistas rusos. Pero como argumento es muy débil. El recurso se llama Ostraniene y consiste en desautomatizar la visión. Es decir, contar las cosas, cotidianas, de todos los días, como si fueran vistas por primera vez. Este recurso llevado al extremo puede ser genial. Pero si alguien me dice que el fútbol es eso que dicen, como respuesta uno podría seguir todo el día aplicándolo a distintas cosas, y se volvería caduco en un juego argumentativo. Por ejemplo: nadie aceptaría esta explicación del ajedrez: “dos tipos concentrados en un cuadrado repleto de cuadraditos que mueven arbitrariamente unas maderitas talladas”. Sería inaceptable. Y así con otras cosas hasta que el tipo que tenemos enfrente tenga que pensar algo un poco más respetable. Por lo general este tipo de gente piensa que el fútbol es para los idiotas, pero es la visión que ofrecen del fútbol lo que es realmente idiota.

Bukowski dijo alguna vez: “La verdad es que somos monstruosidades. Si pudiéramos vernos, darnos cuenta de lo ridículos que somos, con nuestros intestinos retorcidos por los que se desliza lentamente la mierda, mientras nos miramos a los ojos y decimos ‘Te amo’”. Esta visión de Bukowski es de una sagacidad extrema y una genialidad abrumadora. Y podría ser una de las respuestas que se le podrían formular a la frase “veintidós boludos corriendo atrás de una pelota”. “Está bien” -podríamos decir- “entonces la vida es esto”. Y hasta, a decir verdad, puede que lo sea. Pero nadie la aceptaría. Nadie aceptaría esta visión de Bukowski aunque fuera por el hecho de no llevarse un caño a la boca y conocer qué gusto tienen las balas. Por estas cosas no la aceptarían. Aunque es una gran respuesta, estemos tranquilos: nadie la aceptaría.

Pienso en lo atroz que suena la frase de Bukowski. Y hasta pienso también en que quizá sea yo el que esté enfermo, porque me gusta demasiado el fútbol. Pero no me desvela. “Todo tiene un tinte cómico” dijo Bukowski después de haber dicho lo anterior. Y además todo es absurdo. La vida, me dice Bukowski, tiene algo atroz. Por eso no me desvela mi atracción hacia el fútbol. Es más: se lo agradezco. Le doy gracias al fútbol porque me libera (domingo a domingo como un extraño opio) de esta comedia que es la vida; de semejante atrocidad.

Bahía Blanca, 2004

L.V.

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EJERCICIO PRÁCTICO Nº 1: VER A MESSI DESDE EL OTRO LADO

messi es un perro

No podemos dimensionar a Messi porque, siempre, lo estamos viendo desde este lado de las cosas. Después del partido de ayer, el DT iraní dijo que Messi había cavado y cavado hasta terminar llegando al gol. Nosotros, desde nuestra rabiosa centralidad en el asunto, no pudimos ver eso. No sentimos que Messi estuviera cavando nada, sencillamente vimos que sacó un zapatazo de otro partido y fin del cuento. Pero el DT iraní usó esa metáfora, la de un bicho que cava y cava con paciencia hasta encontrar la presa. Y a partir de ahí, en la sobremesa extensa del sábado, nos dimos cuenta que a Messi hay que pensarlo con los ojos del extranjero, es decir, a partir de aquel procedimiento que los formalistas rusos plantearon en el centro de la factura literaria. Y entonces, me retrotraje a la única vez que lo vi a Messi desde el banco contrario, aquel día en que una masa crítica de argentinos lo sufrimos y sentimos que, incluso en su ausencia de gravitación, había un latente estar ahí que era desgastante. Me refiero a la final que jugó el Estudiantes de Verón contra el Barcelona de Guardiola en el Mundial de Clubes del 2009. Más allá de aquel día donde fue rival de un equipo argentino, siempre lo vimos a Messi como la carta robada de Poe, casi invisible por estar tan enfrente de nuestros ojos. Cuando en aquel partido de Estudiantes, llegado el minuto 109 Messi apareció en el área chica poniendo el pecho -y las cámaras se quedaron con su boca abierta gritando el gol en una carrera frenética- dije lo que seguro debe haber dicho el DT iraní cuando lo vio gritar el que hizo sobre la hora en Brazil 2014: “qué hijos de puta, lo tienen a Messi”.

Minuto 4.50: gol de Messi a Estudiantes en la final del Mundial de Clubes 2009

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APUNTES INCOMPLETOS SOBRE CULTURA K

 

Por Mauro A. Fernández

KCuando digo cultura digo ni una cosa ni la otra. Obviamente no la “alta cultura”, y tampoco (o no del todo) la idea de que la cultura es todo lo que los hombres hacemos.

Diría: observo maneras de representación pública en tiempos k que son propias de la época y que son – en parte- sostenidas por estos estados con estos gobiernos en estos años. Y que resultan constantes, y eficientes desde cierto punto de vista. Maneras que tienen una estética y por lo tanto una ideología específica. Y cuento –entre ellas- las que me parecen socialmente más potentes y productivas, no hablo de Víctor Heredia ni de Fuerza Bruta. Enumero rápido y sin detalles ni profundidad.

Es cultura K la expresión pública de Delía, desde siempre. La puesta en escena mediática de la tensión entre clases, llevada un poco más lejitos que lo que propone la voz oficial. Amor y odio contra la siempre burguesa pajereada del periodismo.

Es cultura K Moreno entrando con cámaras de tele a la asamblea de accionistas de Clarín y la forma de comedia de esa intervención, por lejos. Tanto que casi todos lo canales la pasaron con poca edición. Como dijo un amigo, ahí estaba “La gran bestia pop”.

Es cultura K que haya jóvenes y no tanto con ansias de intervención política, más allá de su ubicuidad en el aparato burocrático y del descuido burgués de los sindicatos, asunto bastante cristinista.

Es cultura K lo que los de derecha llaman “grieta”, porque es producto de los lugares un poco más claramente definidos con los que este gobierno-estado ha nombrado (con efectividad en la manera de nombrar) a diferentes grupos sociales: corporaciones, excluídos, etc.

Es cultura K la puesta en escena pública de la discusión sobre los problemas de género y sus derivados. La posibilidad de que esos problemas se discutan con parámetros no liberales está pendiente. Que haya una agrupación llamada “Putos Peronistas de La Matanza” es genial, aunque fuera solo una idea.

Es cultura K que los actores –Suar o no Suar— vuelvan lenta pero explícitamente a lo suyo, a lo que es común al escenario y a la ideología: la religación, lo público, la política.

Es cultura K que se discuta en sí mismo el ejercicio mediático, el estilo, lo que sea. Cuando éramos liberales, la prensa era la institución más creíble en las encuestas.

Es buen producto de la cultura K la muerte del radicalismo y del socialismo amariyo – de larga agonía- como falsa buena conciencia de las clases medias. Hoy todos esos hacen discursos menemistas, hablen de lo que hablen.

Es cultura K que tantos artistas e intelectuales (poetas, muchos) anden concientes de su lugar político e intenten ser consecuentes con él.

Es (algo así como) la búsqueda de pertenencia. Están todos esos pibes haciendo su murga en su barrio. Dudosa palabra ‘pertenencia’, ya lo sé. Pero fíjensé: es su murga y su barrio, y ahí se juntan a ver cómo es su lugar público…

Es cultura K que -luego de decenas y decenas de años- los discursos de los funcionarios hablen de la cosa pública, y no se dediquen perversamente a discurrir sobre los fantasmas demagógicos del deseo (aquellos con los que sueñan los publicistas asesores).

Es la gente en la calle (por más vieja que sea la calle), como este último 25 de mayo.

Hay más, o menos. Ustedes dirán.

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