Archivos Mensuales: noviembre 2012

ALREDEDOR DE Z

Por L.V.

Estamos en el parque alrededor de Z. Cada tanto entramos y salimos de su casa. Z es nuestro profesor. Por un momento pienso que somos la escuela del jardín. Yo estoy en el auto. Cuando nos movemos Z me mira como con miedo, pensando que puedo caerme (como si se tratara de una bicicleta). Pasan algunos días, mientras se suceden las clases. Tengo el recuerdo de hormigas negras cuando nos sentamos en el césped.

Un día Z llevó a su esposa (que también es profesora) para que se encargara de una parte de la cátedra. Y a su vez Mónica (así se llama) llevó a su hermana o a una mujer que se le parece mucho y yo deduje que era la hermana. A Mónica yo ya la había tenido de profesora en otra materia. Pero esto es distinto, es algo más íntimo, puesto que entramos y salimos DE SU CASA. En este primer día en que vinieron las mujeres Mónica se sentó en el pasto y cantó una canción gitana. Su hermana (o lo que fuere) la miró mientras cantaba y yo noté que se le parecía mucho, aunque un poco más bronceada.

Una vez adentro de la casa estamos ociosos. No hay nada para hacer. En un momento todos discuten algo pero yo no sé de qué están hablando, entonces me quedo callado. Además no me siento bien, no sé por qué, y decido quedarme callado. La situación de la casa me pone algo mal. El haber visto a Mónica cantando una canción gitana junto a su hermana hace que no me sienta bien cuando están ellas. No sé por qué. Porque Mónica hasta ese momento me caía muy bien. Entonces mientras discuten eso que están discutiendo lo que hago es recorrer la casa y ver cómo viven. Voy a la cocina y veo que no es del todo fea, está pintada de un color raro. Pero el living es viejo, tiene baldosas viejas y una mesa muy precaria, igual a la que tenía en mi casa cuando era chico y vivía en un pueblo. Esa parte de la casa me pone mal. Entonces busco su biblioteca y veo en una pared algo que no podría asegurar que es una biblioteca, pero que se le parece mucho. Lo que me preocupa no es si efectivamente es una biblioteca, sino que en caso de serlo sea tan chica. Entonces vuelvo a la cocina y me quedo sentado. Aparece Mónica y se me pone a hablar; parecería que reprochándome el hecho de que no hablo, de que me quedo callado. Yo la miro como diciendo “no tengo nada para decir”. Entonces ella me dice algo como: “¿primero me delirás y ahora estás tan callado?”. En ese momento aparece Z y se sienta con nosotros, pero no dice nada. Mónica dice algo como “cuando lo nuestro…”, refiriéndose a la parte de la cátedra que le corresponde. No sé bien qué quiere decir. Entonces todos se preparan para salir de nuevo (entramos y salimos de su casa constantemente) y Z va a una de las piezas y vuelve con una bolsa de girasoles. Viene y me la da a mí. Yo me pongo muy contento: Z me cae bien, y me gustan los girasoles. No es una bolsita como las que se compran, es una bolsa de nylon ordinaria, como si los hubiese comprado sueltos. Cuando salimos a la calle como algunos girasoles mientras caminamos, pero me doy cuenta de que no me gustan. Entonces le ofrezco la bolsa a uno que viene caminando al lado mío (otro alumno, alguien que no conozco) y éste se pone muy contento; entonces le regalo la bolsa entera.

Cuando nos metemos por el parque bordeamos el lago, pero hay partes que parecen agua y no lo son, y otras que parecen tierra y son agua. Esto hace que me cueste seguirles el paso al resto, ya que todos caminan como si nada. Bajo la cabeza para ver adónde piso y cuando vuelvo a mirar para arriba no hay nadie, solamente la gente común que camina por el parque. Pero de pronto al lado mío aparece Mónica y su hermana. Me pregunta por qué me quedo tan atrás. Yo le respondo que no puedo hacer otra cosa. Entonces ella me dice: “¿primero me delirás y ahora no podés hacer otra cosa más que quedarte atrás?”. Me lo dice como gastándome, pero a la vez como un reproche. Entonces le respondo: “yo nunca deliré a nadie, y además siempre me pierdo”. Ella me pregunta qué quise decir con esto último. Que siempre me pierdo, le digo, cuando salimos de su casa siempre me separo del grupo, o cuando estoy con mis amigos siempre me pierdo y me quedo solo. Entonces ahí ella me mira como con lástima. Seguimos caminando los tres juntos y llegamos a un bar del parque. No es un lugar muy lindo, pero todos ya están sentados adentro. Mientras traspasamos la puerta pienso en cómo voy a hacer para seguir interactuando y siento una molestia en la nariz.

Bahía Blanca, 2004

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LA FIEBRE SE FUE

Por L.V.

La fiebre se fue. Solamente quedó un vaso de agua vacío en mi mesa de luz. Fui al médico. Me hice algunos análisis. La señora que me sacó sangre fue la primera que no me dijo “mirá para allá” mientras me ponía la aguja. Todas las demás siempre me lo dijeron. Entonces vi cómo me sacaban la sangre. Por un momento pensé que eso podía molestarle. Siempre pienso que no quieren que miremos. La jeringa se llena de a poco de sangre bordó. Mientras miro cómo el borde empieza a subir imagino que la enfermera está sonriendo. No sé por qué. Creo que está satisfecha con que mire. El momento de la jeringa es muy estético. La enfermera me cae bien, pienso que quiso compartir ese momento conmigo.

– ¿Qué te pasa? – me preguntó cuando entré. Se refería a por qué me iba a sacar sangre.

– Nada – le dije mientras le daba el frasco de orina- estoy un poco mareado.

– ¿Qué estudiás?

– Letras.

Cuando terminó de sacarme la sangre me dijo “¿todo bien?” mientras me daba un algodón. Sí, le contesté, perfecto. Después me saqué una radiografía de tórax. “Te vas a tener que sacar la cadenita” me dijo otra señora. Solo no pude entonces me la sacó ella. “¿El arito también?” le pregunté. No, me dijo, eso no hay problema. Entonces también esta señora me cayó bien. Si me decía que me lo tenía que sacar me hubiera molestado. A partir de las 17 tenés los resultados. Gracias, le dije. De nada.

Fui a buscar los resultados y después al doctor a mostrárselos. Cuando me bajé del auto tuve un pensamiento que no tenía nada que ver con la situación de los análisis. Cuatro palabras que no entendí muy bien a qué venían. “Hay que contar todo”. ¿Contar qué? me pregunté después. La consigna es clara: todo, absolutamente. Entonces entré a lo del doctor. Cómo estás. Bien. Me siento y empieza a ver los análisis. Mientras él los mira yo miro una foto en su escritorio. Una foto de algo monstruoso. No tenés nada, me dice. Está todo bien. Puede ser el estrés. O algo anímico. Entonces se pone a hablar del accidente de un amigo mío. Habla un rato. ¿Era tu mejor amigo? me pregunta. No sé bien qué responderle. Tengo varios amigos. Todos son buenos amigos. Sí, le contesto, lo conocía de muy chico. No podría explicarle todo esto al doctor. No viene al caso. Nada de lo que estamos hablando viene al caso. ¿Qué es ésto? le pregunto señalando la foto de la cosa verde. Me doy cuenta de que cambié de tema abruptamente. Es la bacteria de la sarna, me dice. Es muy estético, le contesto. Le han sacado una foto con un lente importante, me dice. Es una bacteria que se te mete en la piel y hace que te pique. Uno no piensa en la sarna hasta que la tiene supongo. Debe ser algo terrible. Una picazón que al rascarte te da un placer inmenso para darte un terrible dolor inmediatamente después de haberte rascado. Supongo que es una tortura. Cuando salí del consultorio el doctor me dio una palmada en la espalda, como diciendo “ya sé”. Me sentí muy chico, el doctor es alto y me sentí un nene. Cuando salí me dio lástima él y yo mismo me di un poco de lástima también. La gente buena, todo, me dio ganas de llorar. No sé por qué. Ese doctor que no tendría por qué decirme nada me pregunta por mi amigo. Es un tipo bueno, se nota. La gente buena me da lástima. Y yo a veces también.

Cuando llegué a mi casa me sentí mejor porque sabía que no tenía nada. “Cuando tengas que jugar al fútbol jugá”, me dijo el doctor. La última sensación al salir del consultorio duró hasta la noche. Y también: hay que contar todo. Miré un rato televisión. Cené. Me quedé hasta tarde mirando televisión. La noche anterior me había dormido muy tarde, no sé por qué. Me tomé una pastilla para dormir. Seguí mirando televisión. Estoy en un boliche. Todo es sucio. Hay charcos en el piso. Todo es oscuro. Somos tres caminando entre la gente. Un lugar muy grande, un patio. Arriba a diez metros hay unas estructuras donde la gente baila, vigas donde la gente camina haciendo equilibrio. Y más arriba está el cielo oscuro pero visible. De pronto entre cuatro agarran a uno que estaba ahí parado. Todos arriba. No se ve bien sobre qué están parados. Lo desnudan y entre los cuatro lo tiran para abajo. No puedo creer lo que veo. Cierro los ojos antes de que llegue al piso. Tengo miedo de abrirlos y ver que, en efecto, hay una persona reventada contra el suelo. Cuando los abro veo el vaso de agua vacío.

Bahía Blanca, 2005

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A PUERTAS CERRADAS

DOCUMENTO

Después de haber escuchado opiniones y leído algunos de los carteles en el informe sobre el 8N que hizo Narrenschiff Productora, acá un documento de cuando en Bahía Blanca se vivió, de verdad, un dictadura. Para poner a contraluz, pensar la coyuntura presente y reflexionar sobre el peso de las palabras:

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“TORO CAÍDO”: LA VEDETTE DE LIYOTV

Con casi un millón de vistas, 386 “Me gusta”, 155 “No me gusta” y 19 comentarios, este material crudo, sin editar, se convirtió por lejos en lo más visto del canal de LiyoTv.

Por L.V.

La crónica del viaje que  nos llevó hasta el toro caído que reproduce el video no la tendría que hacer yo, porque fui un personaje secundario. Pero el personaje principal, lamentablemente, nunca hizo su propia crónica. A grandes rasgos el viaje empieza con una complicación, abajo del sol tórrido del mediodía, en una ruta bonaerense, y termina con otra complicación, en la oscuridad de la noche, en otra ruta bonaerense. Y como Final, habiendo llegado a nuestra ciudad, una imagen soberbia que tiene que ver con la victoria y la derrota al mismo tiempo, una imagen altamente poética que a mí me hizo acordar al Sean Penn de Dulce y Melancólico rompiendo una guitarra criolla contra el piso, completamente borracho. Pero esta parte nocturna del viaje no entra en la presentación. Acá solamente voy a decir que llegar al campo que reproduce el video no fue sencillo, y que una vez en ese campo la gran parte del tiempo que estuvimos ahí (un lapso de aproximadamente cuatro horas) se centró en resolver un dilema de una alta densidad intelectual, pero sobre todo también de una densidad en un nivel pragmático, adentro de una habitación entre  moscas, refujiándonos del sol terrible.

La distracción necesaria a semejante escenario, momento breve, es el que reproduce el video: un toro caído boca arriba, abajo del sol en un campo de provincia, intentando darse vuelta, una de las absurdas causas de muerte de estos animales sagrados.

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LA LENGUA POPULAR

Durante la primera parte del 2012, Liga Para Todos (programa realizado por Narrenschiff Productora) se metió en algunas hinchadas de la Liga del Sur y habló con la gente que los fines de semana va a las canchas, tratando de abordar la cultura barrial desde adentro. Más allá de la idea prefijada por los medios de los hinchas como barras violentos, el programa encontró mayoritariamente en los clubes un centro de contensión social importantísimo para grandes sectores de la población. Cada club una realidad distinta, pero todos con un lenguaje en común. A continuación, algunas de las hinchadas que pasaron por Liga Para Todos.

La hinchada de Huracán, en el bulevar Juan B. Justo. Día de sol, buen recibimiento:

Huracán de visitante, contra Sansinena en General Cerri:

La hinchada de Sansinena. Viaje a Cerri:

La hinchada de Libertad, el día que salió campeón de la primera parte del año. Luego ganaría también la segunda y lograría el ascenso a primera. Testimonios de la barriada de Villa Rosas, muy coloridos:

Bonus Track de Libertad, clip del campeón:

Hinchada de Olimpo en el Carminatti contra su clásico rival Villa Mitre. Chicas de peluquería en la platea, pero también, sobre el final del video, hablan los pibes de la hinchada que siguen al plantel de primera división en todas las canchas del país:

Hinchada de San Francisco, la hinchada más loca del barrio Don Bosco (hablan los pibes sobre el final del video):

Hinchada de Pacífico llenando de visitante, en la cancha de La Armonía:

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HAY QUE BANCAR (A CANTERO)

Cuando Olimpo de Bahía Blanca jugaba la primera división del fútbol argentino y todavía la poderosa Florencia Arietto no era jefa de seguridad del club Independiente, Javier Cantero dio una charla en la sede de la Liga del Sur. Sergio Donati, conductor del programa Liga Para Todos, lo entrevistó al finalizar la charla y Cantero expuso su modelo novedoso (para la dirigencia del fútbol) de las tres “P”. El video:

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LA ANTERIOR CARACTERIZACIÓN

la anterior caracterización no quiere

en primer término

quiebras en el orden económico

pensamiento político del grupo

para los nacionalistas la solución

esa aceptación obliga

el sector triunfante

/

decididamente neutralistas del Ejército

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2 LENTES

Por L.V.

octubre 19, 2008, 5:52 am
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Hace un tiempo, en la narración de unos hechos policiales, en la parte que corresponde a la masa oscura que había dejado el resto diurno de uno de esos hechos, yo decía que los lentes negros tipo Rayban (así lo decía refiriéndome a los tipo aviador) eran un tipo de lentes que producían un desfasaje conmigo en tanto criatura social. Por esta razón en parte, cuando pensé en comprarme lentes negros de nuevo, decidí salirme de ese canon y tratar de conseguir algo que se amoldara mejor a mi condición (pensando otra vez en términos de lo social). Sobre todo, lo que estaba buscando en ese cambio era salir del vidrio verde o marrón, que indefectiblemente deja que se te vean los ojos, y pensaba buscar algo totalmente negro para que, en los días de sol amarillo, terrible de mediodía en verano, la gente no pudiera ver nada de cómo estuviese llevando la expresión en mi cara. Esta negación negra de la mirada pensaba, tenía mucho más que ver con lo que yo era socialmente: alguien menos sofisticado y elegante que el aviador trasparentando a través del verde. Pero cuando salimos con Linares de la óptica donde finalmente me compré los lentes (a sacar plata de un cajero automático), fue porque había decidido comprarme unos tipo aviador Rayban, marrones en degradé, que dejaban ver casi completamente mis ojos. Y si bien veníamos leyendo signos hasta antes de entrar en la óptica e incluso después (a veces de manera acertada y otras erróneamente) no reparé en esa determinación al parecer inevitable, de caer siempre en el mismo tipo de lentes de sol. En el primer cajero no pudimos sacar la plata, entonces tuvimos que caminar más cuadras, por una ciudad que me presentó, como hacía mucho que no pasaba, un tipo de experiencia urbana desajustada incluso para la propia ciudad (digo un tipo de experiencia y no una experiencia en particular; es decir: gente, movimiento, personas raras, autos demasiado lujosos, un camión de bomberos sonando una bocina en una calle céntrica apurado hacia donde veíamos salía humo de algún lugar). Decía entonces que pudimos sacar la plata de este segundo cajero y cuando volvimos a la óptica, después de cruzar un ciego mientras decíamos que los ojos eran el reflejo del alma, no sólo me compré los lentes marrones en degradé sino que también me compré un especímen raro, unos lentes con la forma de los aviador pero absolutamente negros, del material que son los lentes deportivos envolventes. Me compré los dos pares y me sentí en una época que en realidad nunca terminé de vivir del todo por una cuestión etaria (la del “deme dos”; época que en realidad no acuñó esa frase, ya que después Facundo dijo pertenecía originalmente a la época de Martínez de Hoz y no a esa que pensábamos nosotros). Me compré los dos pares de lentes de sol decía, y gracias a Linares pagué los dos pares a doscientos pesos cerrados (que era, por otra parte, la cantidad exacta que había sacado del segundo cajero al que habíamos entrado). “Dos gambas” le dije literalmente al tipo de la óptica y él repitió “dos gambas”, haciéndome precio, casi en el mismo tono en el que lo había dicho yo y puso cada par de lentes en su respectiva caja de seguridad. Pocas veces salí de un local tan convencido de una compra como este día, y a falta de lentes oscuros para cubrirme del sol amarillo del mediodía, salí con dos cajas de lentes una en cada mano.

De ahí fuimos con Linares primero que nada a hacerle una guardia periodística a Facundo, sentándonos en las inmediaciones de su casa, porque no usa celular y teníamos que verlo en principio por una cuestión de psicoactividad, y también por una posible y próxima actividad laboral. Era viernes y el día estaba hermoso. Mientras hacíamos la guardia, sentados en una plaza antes de la plaza principal, vimos dos chicas agarradas de la mano: “la gente es cualquiera” le dije a Linares, no por las chicas que estaban agarradas de la mano, sino porque pensé en los pensamientos de la gente al ver dos chicas agarradas de la mano. Y me di cuenta que mi fascismo (soy consciente de un grado casi elevado de fascismo en mí) era complejo e impredecible, y eso me produjo cierta tranquilidad en el espíritu. Para hacer tiempo, puesto que Facundo no aparecía por su casa y no respondía el teléfono, bajamos por una de las calles principales hasta la plaza principal repleta de artesanos, y vimos floggers por todos lados como hormigas, vestidos para mí de una manera oriental posmoderna, tratando de identificar a los que denominamos floggers fundamentalistas: pantalones a veces fluorescentes, musculosas blancas o fuxias, peinados raros, todos juntos en el cruce de cuatro esquinas, generando un movimiento real en la calle y un movimiento real de lo que fuere, porque los floggers existen y son muchos, más allá de las críticas incluso algunas bien fundadas que suelen recibir, hay un hecho irrevocable y es la existencia concreta de estas personas en la vida real y su cantidad más que significativa. Cuando llegamos a la plaza principal recorrimos, entre la cantidad abrumadora de gente, los stands de los artesanos (yo con las dos cajas que tenían adentro un par de lentes cada una en cada mano), básicamente buscando al Lolo: una criatura subnormal nacida en Villa Iris, en parte criada en uno de los fonavi de Bahía Blanca, y que se convirtió desde hace un tiempo en una especie de artesano vendehumo disfrazado de una mezcla de Benicio del Toro (en su papel del Dr. Gonzo) y Coco Silli. La idea era ponerle enfrente a dos grandes partes de su pasado: a Villa Iris representada en Linares, y a uno de los fonavi de Bahía Blanca representado en mí. Cuando lo encontramos el Lolo estaba descolocado atrás de una mesa de tenedorcitos con los dientes doblados, y ante mi saludo pareció caer de algún lado y nos miró a los dos, sin entender del todo la relación de las dos partes. “Trabajo metales” dijo cuando le pregunté qué hacía y nos fuimos casi inmediatamente.

Todo el tiempo lo llamamos a Facundo a ver si volvía a la casa. Dimos unas vueltas más por la plaza viendo cosas, la prensa trabajando en una camioneta en vivo, con una antena de un canal neuquino arriba. Volvimos a lo de Facundo (es decir: volvimos a hacer el trayecto por la calle principal entre las dos plazas) y le dimos unos minutos más. Cuando decidimos que era tarde, que teníamos que volver y dejar para otro día las actividades con Facundo fue ese un momento bisagra. Sentados en la ventana que da al frente de la casa, yo con los dos pares de lentes en las manos, me di cuenta que había perdido las llaves del auto. Un hecho contingente, algo que en primera instancia ni siquiera es muy grave. “¿Ya las perdiste alguna vez?” me peguntó Linares. “Siempre me como el flash de que las pierdo” le dije yo, “pero nunca las había perdido”. En ese momento sonó mi celular y vi que en la pantalla decía MADRE. Atendí y después de escuchar lo que tenía para decirme le pregunté si había otra llave del Renault. Me dijo que no, y entonces me di cuenta que el problema casi mínimo ahora era un problema un poco mayor. Eran las nueve de la noche y en el auto había quedado ropa mía. No me quedaba más que intentar encontrar las llaves (algo muy poco probable) o volverme en colectivo hasta mi casa y volver a la mañana siguiente con un cerrajero. Cambiar los dos tambores de las cerraduras (puerta y arranque) me daba cuenta, podía costarme bastante más que lo que me habían costado los dos pares de lentes negros. Ahora Linares tenía que irse caminando a cenar con una pareja amiga y yo volverme en colectivo a mi casa. Caminamos por momentos callados, pasando entre la gente constante de la calle principal que habíamos tomado al principio, haciendo de nuevo el camino que habíamos hecho pero de manera muy distinta, viendo gente a veces conocida que yo no saludaba por el trance en el que podía llegar a empezar a entrar; y digo así (uso esa construcción verbal tan complicada) porque nunca terminé de entrar en un trance. Entre la gente pasó una amiga lesbiana de Ignacio y me pegó en la panza, rápido por la vereda angosta de esa calle principal. Yo me di vuelta y levanté la mano. Llegamos a la plaza y fuimos a uno de los bancos adonde habíamos estado sentados. No encontramos nada y traspasamos la plaza. Me acordé que había paro de colectivos y vi que Linares cruzaba la calle y se iba para una de las esquinas más céntricas. “¿Adónde vas?” le pregunté desde la vereda. “Tengo que irme” me dijo él y yo le dije “es cierto” y nos saludamos brevemente. Él siguió caminando para esa esquina y yo fui a una parada de colectivos donde había dos tipos sentados. “¿Sabés si hay paro de colectivos?” le pegunté a uno. “Sí” me dijo, “hasta mañana a las seis no pasan”. Entonces pensé que en algún punto eso era positivo: si bien no veía cómo iba a solucionar mi problema no quería volverme a mi casa en colectivo y dejar el auto toda la noche con cosas adentro. Decidí volver a hacer el camino inverso por cuarta vez y llegar hasta el auto mirando el piso, mientras seguía llamando a Facundo con el celular todo el tiempo. Volvía por la calle principal que habíamos hecho ya tres veces, levanté la mirada del piso y vi una compañera de estudios que venía caminando enfrente mío, bajé la mirada inconscientemente sumido en los pensamientos y en mirar la vereda, pero la volví a subir para saludarla, y ella miró para otro lado. No supe cómo leer esto pero me llamó la atención que, si bien no del todo enroscado, yo fuese más sociable que esta chica que parecería en primera instancia no tener ningún tipo de problemas. Y ahí reparé en mi asombrosa tranquilidad (no estaba casi para nada alterado), pero al mismo tiempo me di cuenta de que si volvía a mi casa y dejaba el auto estacionado adonde había quedado, iba a tener que tomar alguna cosa, un clonazepam o algo así para poder dormir, porque ahí sí me iba a enroscar sentado en el sillón, o en la cama cuando quisiera dormir iba a pensar de más y a hacer cuentas, a poner cosas en una balanza y no iba a poder dormir. Volví a la plaza anterior a la principal y mientras estaba buscando las llaves volvió a sonar mi celular con la palabra MADRE para ver si las había encontrado, y yo aproveché para decirle que había paro de colectivos, que tenía que venir a buscarme en su auto. “Pero todavía no” le dije; “quiero llegar hasta el auto; no vengas hasta que no te avise”. Y volviendo para el auto cuando doblé por la calle de Facundo había un taxi parado en la puerta, con el baúl abierto repleto de bolsas blancas de nylon con productos adentro. De algún lado apareció la mamá de Facundo (sin Facundo) y me dijo “llegás justo para ayudarme a bajar las cosas”. Yo le dije que sí, que no había problemas, y antes de empezar a bajar la cantidad increíble de bolsas entré al living y dejé las dos cajas con los lentes de sol adentro. Terminamos de bajar las cosas y cuando le dije que tenía el problema que tenía me dio unos números de cerrajeros las 24 horas. Los agarré y fui hasta el auto a ver no sé bien qué cosa, intenté abrir las cuatro puertas y estaban cerradas, llamé al cerrajero y me atendió un contestador automático.

Volví hasta la casa de Facundo y volvió a sonar mi celular con la palabra MADRE. “Encontré una llave con el signo de Renault” me dijo, “pero me parece que es de otro auto”. “Traéla” le dije yo y empecé a signar todo en términos de, ahora por lo menos, una esperanza concreta. “Es un hecho mínimo, para nada grave, contingente” pensé en relación a las llaves y llamé por teléfono a la mamá de Facundo porque no escuchaba los golpes de la puerta. Y una vez que me abrió, la espera a que mi mamá trajera esa posible llave se centró en eso, en lo contingente y trivial de haber perdido unas llaves, en contraposición a toda una serie de, en algún punto, catástrofes posibles a las que un conductor de autos está expuesto. Sentados en el living, con la cantidad excesiva de bolsas blancas llenas de productos desparramadas por el piso, la mamá de Facundo me contó cómo le habían robado cuando todavía manejaba cinco autos. Cómo habían sido casi todos recuperados por la policía y cómo los había ido a buscar a lugares inhóspitos. Me contó cómo, durante la época de la guerra de Malvinas, había volcado en la ruta por tener las luces tapadas para no ser vista por radares ingleses. Cómo había aparecido un auto de frente y ella se había ido a la banquina, llevando tres pasajeros más a las seis de la mañana, y cómo las camperas infladas y el cinturón de seguridad les habían salvado las vidas. Me contó cómo había golpeado la cabeza contra el asfalto cuando el auto volcó en la oscuridad de esa mañana insipiente, yendo a un pueblo de la zona a dar clases de inglés: las luces tapadas a radares militares ingleses para dar clases de inglés. Y mientras escuchaba entre las bolsas blancas de nylon, por momentos se me venía a la mente una huella con la forma de un rombo, inevitablemente, rombo que tenía la llave que al final trajo mi mamá y que abrió la puerta de mi auto, y que terminó de resignificar (o de devolverle la dimensión que tenía en un principio) esa compra que había hecho con Linares más temprano de dos pares de lentes de sol. Todo es una cuestión de estados de ánimo ratifiqué, y los estados de ánimo cambian.

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EL FUTURO YA LLEGÓ

Separador del programa “Liga Para Todos” (emitido por canal 4 de BVC durante el 2012), hecho por Narrenschiff Productora a partir del fallo, histórico, que dictamina cadena perpetua para militares del V° cuerpo del ejército en Bahía Blanca, por delitos cometidos durante la última dictadura. (Algo sobre los juicios en relación con el fallo haciendo click ACÁ.)

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8N EN BAHÍA BLANCA

Manifestación del 8N en Bahía Blanca. Testimonios del abanico ideológico opositor recolectados por Narrenschiff Productora emitidos en el programa “Saber Ver” de canal 2. “No hicimos gran cosa, nada más ir, preguntar y repreguntar cuando lo consideramos necesario”.

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