LA FIEBRE SE FUE

Por L.V.

La fiebre se fue. Solamente quedó un vaso de agua vacío en mi mesa de luz. Fui al médico. Me hice algunos análisis. La señora que me sacó sangre fue la primera que no me dijo “mirá para allá” mientras me ponía la aguja. Todas las demás siempre me lo dijeron. Entonces vi cómo me sacaban la sangre. Por un momento pensé que eso podía molestarle. Siempre pienso que no quieren que miremos. La jeringa se llena de a poco de sangre bordó. Mientras miro cómo el borde empieza a subir imagino que la enfermera está sonriendo. No sé por qué. Creo que está satisfecha con que mire. El momento de la jeringa es muy estético. La enfermera me cae bien, pienso que quiso compartir ese momento conmigo.

– ¿Qué te pasa? – me preguntó cuando entré. Se refería a por qué me iba a sacar sangre.

– Nada – le dije mientras le daba el frasco de orina- estoy un poco mareado.

– ¿Qué estudiás?

– Letras.

Cuando terminó de sacarme la sangre me dijo “¿todo bien?” mientras me daba un algodón. Sí, le contesté, perfecto. Después me saqué una radiografía de tórax. “Te vas a tener que sacar la cadenita” me dijo otra señora. Solo no pude entonces me la sacó ella. “¿El arito también?” le pregunté. No, me dijo, eso no hay problema. Entonces también esta señora me cayó bien. Si me decía que me lo tenía que sacar me hubiera molestado. A partir de las 17 tenés los resultados. Gracias, le dije. De nada.

Fui a buscar los resultados y después al doctor a mostrárselos. Cuando me bajé del auto tuve un pensamiento que no tenía nada que ver con la situación de los análisis. Cuatro palabras que no entendí muy bien a qué venían. “Hay que contar todo”. ¿Contar qué? me pregunté después. La consigna es clara: todo, absolutamente. Entonces entré a lo del doctor. Cómo estás. Bien. Me siento y empieza a ver los análisis. Mientras él los mira yo miro una foto en su escritorio. Una foto de algo monstruoso. No tenés nada, me dice. Está todo bien. Puede ser el estrés. O algo anímico. Entonces se pone a hablar del accidente de un amigo mío. Habla un rato. ¿Era tu mejor amigo? me pregunta. No sé bien qué responderle. Tengo varios amigos. Todos son buenos amigos. Sí, le contesto, lo conocía de muy chico. No podría explicarle todo esto al doctor. No viene al caso. Nada de lo que estamos hablando viene al caso. ¿Qué es ésto? le pregunto señalando la foto de la cosa verde. Me doy cuenta de que cambié de tema abruptamente. Es la bacteria de la sarna, me dice. Es muy estético, le contesto. Le han sacado una foto con un lente importante, me dice. Es una bacteria que se te mete en la piel y hace que te pique. Uno no piensa en la sarna hasta que la tiene supongo. Debe ser algo terrible. Una picazón que al rascarte te da un placer inmenso para darte un terrible dolor inmediatamente después de haberte rascado. Supongo que es una tortura. Cuando salí del consultorio el doctor me dio una palmada en la espalda, como diciendo “ya sé”. Me sentí muy chico, el doctor es alto y me sentí un nene. Cuando salí me dio lástima él y yo mismo me di un poco de lástima también. La gente buena, todo, me dio ganas de llorar. No sé por qué. Ese doctor que no tendría por qué decirme nada me pregunta por mi amigo. Es un tipo bueno, se nota. La gente buena me da lástima. Y yo a veces también.

Cuando llegué a mi casa me sentí mejor porque sabía que no tenía nada. “Cuando tengas que jugar al fútbol jugá”, me dijo el doctor. La última sensación al salir del consultorio duró hasta la noche. Y también: hay que contar todo. Miré un rato televisión. Cené. Me quedé hasta tarde mirando televisión. La noche anterior me había dormido muy tarde, no sé por qué. Me tomé una pastilla para dormir. Seguí mirando televisión. Estoy en un boliche. Todo es sucio. Hay charcos en el piso. Todo es oscuro. Somos tres caminando entre la gente. Un lugar muy grande, un patio. Arriba a diez metros hay unas estructuras donde la gente baila, vigas donde la gente camina haciendo equilibrio. Y más arriba está el cielo oscuro pero visible. De pronto entre cuatro agarran a uno que estaba ahí parado. Todos arriba. No se ve bien sobre qué están parados. Lo desnudan y entre los cuatro lo tiran para abajo. No puedo creer lo que veo. Cierro los ojos antes de que llegue al piso. Tengo miedo de abrirlos y ver que, en efecto, hay una persona reventada contra el suelo. Cuando los abro veo el vaso de agua vacío.

Bahía Blanca, 2005

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Un pensamiento en “LA FIEBRE SE FUE

  1. […] que también esperaba. Canoso, de delantal blanco, preparó las jeringas y empezó por la señora. Como aquella otra vez, no evité mirar las agujas. Al principio, miré a la señora -la dificultad del doctor para […]

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