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CARTA A BILL GATES

(Del disco rígido de M.)

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30 de noviembre 1999

Querido Bill Gates: 

Nadé delante de tu casa de ensueño el otro día, pero no me detuve a llamar. Francamente, los sensores bajo el agua me tenían preocupado. Me hubiera gustado echar un vistazo a “Lost on the Grand Banks” de Winslow Homer. Es un gran cuadro pero, hablando en calidad de amigo y conciudadano, los 30 millones de dólares que pagaste por él son demasiado. ¡EL MAYOR PRECIO PAGADO POR UNA PINTURA AMERICANA! Así que ¿por qué estás tan interesado en un cuadro de dos pobres pescadores perdidos en su bote, en lo alto de una ola, asomados a un muro de niebla? Ellos están tan alto como nunca lo van a estar, a no ser que el mar se ponga más feo. Van a morir, ya sabés, y no será una muerte bonita. En cuanto a vos, Bill, ¿cuándo estás en la Red? ¿te perdiste? ¿o encontraste? ¿Y el resto de nosotros, perdidos o encontrados, estamos en o dentro de ella?

Tu amigo, Allan Sekula

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LAS CAJAS COCA COLA

Por L.W.

  1.

 Vivíamos en el quinto piso de un edificio céntrico, Geraldina, yo y alternativamente su hija Anita, de tres años, que pasaba una semana con nosotros y una con su papá, el ex marido de Gera. Tratábamos de llevar una vida considerada normal. Íbamos al supermercado chino de la vuelta a hacer las compras y volvíamos caminando por Yrigoyen. A veces nos iluminaba una gigantografía de Nicole Neuman y Fabián Cubero, en blanco y negro, casi sin ropa. Mi mentalidad de barrio periférico tuvo que acostumbrarse a esas luces relativamente fuertes y a los estímulos constantes de las vidrieras. Dejábamos el auto de la madre de Gera en una cochera y volvíamos caminando por las veredas anchas de Alsina. Solíamos ir con Anita a restaurantes donde hubiera juegos para nenes, principalmente uno en la avenida Alem. Gera sabía cocinar un excelente pastel de papa. Algunos viernes que estábamos solos pedíamos sushi.

 Mi mentalidad de barrio periférico también tuvo que acostumbrarse a la dinámica del edificio, con sus horarios para la recolección de basura, los viajes en el ascensor con gente de los demás pisos (que funcionaban como un género autónomo), y las charlas ocasionales y entrecortadas con el portero, un hombre medio pelado y de tez negra de tipo hindú que cubría todos los diálogos con un halo de secretismo.

 La cuestión es que un domingo a la mañana abrimos la puerta para salir del departamento y en el piso, bien paralela al umbral, había una caja Coca Cola. Las cajas Coca Cola son como las cajas PAN de Alfonsín, pero destinadas al sector social medio-alto: un pack con algunas botellas de gaseosa. Miramos los demás departamentos y cada uno tenía su respectiva caja. No fue difícil imaginar el edificio verticalmente con sus departamentos, sus puertas y sus cajas Coca Cola, dispuestas de manera prolija por la noche mientras todos dormíamos. Cuando entendí que la Coca Cola Company nos estaba dando un presente, agarré la caja para llevarla a la cocina. Después me di vuelta y vi que Gera venía con la caja de la puerta de al lado.

– ¿Qué hacés? –le dije.

– Agarro las botellas –me respondió, y el enunciado sonó tan lógico que no pude contestarle nada. Gera volvió a salir e hizo lo mismo con las demás cajas. Una a una las fue metiendo en nuestro departamento. El piso quinto quedó vacío de cajas Coca Cola. Los dueños o inquilinos todavía dormían. Cuando salieran iban a vivir un domingo normal. Lo que les estábamos robando, más que las cajas, era la posibilidad de presenciar en carne propia las ruedas aceitadas del capitalismo.

2.

  Obviamente el robo quedó en evidencia ese mismo día. En las charlas de ascensor el motivo del clima fue rápidamente reemplazado por el del regalo de la Coca Cola. La gente del quinto piso se enteró de que les faltaba algo y se quejó con el portero. Posteriormente la novedad del regalo fue reemplazada por la del robo del quinto piso. En principio, con Gera descartamos una orden de allanamiento generalizada. Alguien se había llevado las cajas y había conmovido más el orden moral del edificio que una figura legal. Con la cocina repleta de botellas nos dimos cuenta de que antes que del enemigo externo había que cuidarse del que teníamos adentro. Por un lado, Anita no podía encontrar semejante cantidad de azúcar. Efectivamente ahí había gaseosa como para aflojarle las tuercas a un Renault 9. Y por otro, Lurdes, la niñera, una chica bastante limitada, no podía ver el espectáculo que teníamos enfrente porque, incluso sin voluntad, nos podía dejar expuestos en el primer diálogo con cualquier desconocido. Por todo esto las cajas fueron a parar al ropero de nuestra habitación. Durante días desayunamos, almorzamos y cenamos Coca Cola. Las botellas vacías las fui sacando en una mochila y las descarté progresivamente en un contenedor que había cerca de mi casa paterna, a unas cuarenta cuadras del edificio. No había duda de que en las siguientes semanas el portero iba a revisarnos la basura a todos, buscando algún indicio, algo que dijera que esas cajas estaban efectivamente en algún lado, celosamente guardadas.

coca-cola-white-wave  Por nuestra parte, esperamos que la cosa se diluyera con el tiempo. Si bien los cruces ocasionales con los vecinos tenían cierta tensión implícita, los días parecían seguir con normalidad. Gera se levantaba a las siete de la mañana para ir a trabajar en una dependencia pública y yo a las nueve para avanzar en mis obligaciones como reciente becario del Conicet. Al estar en el centro muchas mañanas aprovechaba para salir a hacer trámites. Iba al banco Nación, a Henry libros o a hacer la cola en un Pago Fácil. En los trayectos y minutos muertos, mientras duró el tema de las cajas, pensé casi solamente en eso. Me repetía como un axioma: “A quienes puedan pagar: regalarles”. En este caso, regalarles las botellas a quienes pudieran pagarlas. Me parecía una estrategia infinitamente sutil. Mi mentalidad de barrio periférico todavía tenía mucho que aprender, de la psicología de los vecinos (en mayor parte reducidos a la fórmula publicitaria de ABC1) y de los modos en que el capital intensivo se vuelve sobre sí mismo, como una víbora cuando se muerde la cola para reproducir la lógica de un círculo, evidentemente virtuoso, engrosándose cada vez más y cada vez más. La estrategia económica de Coca Cola seguro se encuadraba en movimientos financieros y volátiles más amplios, pero específicamente las cajas no eran menos materiales que los containers pesados del puerto. Cuando llegaba de hacer los trámites, me sentaba en el escritorio, me servía un vaso de Coca Cola e intentaba trabajar un poco para despejar la cabeza. Pero estaba en la instancia de empezar a construir un marco teórico y había arrancado con Adorno: “En nuestra época de superproducción, el mismo valor de uso de los bienes es cuestionable y cede ante el goce secundario del prestigio, del goce de estar al día, en definitiva del goce de la mercancía: mera parodia del resplandor estético”. Con lo que el marco teórico se desdibujaba en el análisis de los aspectos secundarios del robo. Ciertamente no se trataba tanto del líquido marrón que tenía en el vaso, repleto de burbujas saltando como si estuvieran vivas, sino de la línea blanca zigzagueante sobre el fondo rojo de la etiqueta. A su vez, el análisis del poderío de las fuerzas productivas (o lo que fuere) derivaba en los detalles de nuestro accionar. Cada vez que levantaba la vista y miraba el logo de la gaseosa me transportaba al momento en que habíamos abierto la puerta y encontrado las cajas. Esto pasaba prácticamente todo el tiempo. Cuando Gera se estaba duchando, o salían las publicidades de algún programa desde el televisor o miraba para abajo desde el balcón del departamento se me venía a la cabeza la imagen de las cajas apiladas y tapadas con una frazada atrás de una de las puertas de nuestro placard. Incluso con Anita, con quien teníamos una conexión especial, cuando hacíamos rebotar una pelota de goma, o le armábamos casas a muñecos Playmobil o encastrábamos figuras geométricas tridimensionales en un tablero con huecos, pensaba en el pasillo vacío después de que Gera lo hubiera saqueado.

3.

 Sin embargo, dos cosas cerraron el ciclo. En principio la gaseosa terminó acabándose. Pero, sobre todo, el punto final se dio gracias a que el robo fue descubierto. Y como no podía ser de otra manera, atrás de la resolución estuvo la cabeza calculadora del portero. Imagino que para él habrá sido un Sábado de Gloria (el día de la resolución cayó un sábado). Sentado en el hall, pacientemente, se lo comunicó a cada habitante del edificio: a cinco departamentos por piso, sumados los quince pisos, eso da la capacidad de 75 departamentos, ampliamente una cifra por encima del centenar de personas. Incluidos Gera y yo.

Ese día habíamos ido a Walmart a comprar algunas cosas y volvíamos con bolsas en las manos. El portero estaba sentado con la puerta abierta. Mientras esperábamos el ascensor nos salió al cruce:

– ¿Vieron quién se llevó las cajas?

– ¿Qué cajas? –le respondí.

– Las Coca Cola.

Miré alrededor esperando que no entrara nadie. Imaginé un espectáculo indigno.

– No, ni idea.

– Los albañiles del octavo –sentenció. Lo miré con sorpresa.

– ¿Qué albañiles?

– Los que estaban haciendo una reforma en el 8° “C”.

– Na –dijo Gera.

– Sí –le respondió el portero- los vi saliendo por las cámaras de seguridad del hall. ¿Podés creer?

– No, increíble.

– Yo por eso les digo –siguió el portero con atribución- hay que tener mucho cuidado quién entra acá.

Subimos por el ascensor, guardamos las cosas en la heladera y nos tiramos a mirar televisión completamente sobreseídos. Por unos días nos contamos varias veces la misma anécdota, siempre con el mismo remate: “los hijos de puta de los albañiles”.

 En cuanto a la actitud del portero se la podría abordar desde diferentes aristas de la psicología humana. Sin embargo, yo creo que la cuestión es sencilla y tiene que ver más con una virtud que con un defecto. Específicamente, con la habilidad (por otra parte necesaria) de posicionarse en relación con una temperatura social. En este caso la del sentido común del edificio, en evidente sintonía con el antiperonismo del microcentro bahiense. El portero ubicó el desenlace (que necesariamente no podía quedar abierto) en un orden de cosas preestablecido. Siguiendo la lógica de que cada elemento tiene un lugar asignado encastró perfectamente la pieza que faltaba, como si se tratara de uno de esos juegos con figuras geométricas de Anita.

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EL RUIDO DEL VIENTO Y EL CREPITAR DE LOS CARDOS

Por G.L.

tumblr_n3cqmjfyjw1qatz00o1_500Después de varios días, cuando llegué por Alvear vi que la entrada de Resero estaba llena de cardos. Se habían ido acumulando y casi tapaban la parte inferior de la puerta. Pasé la reja, los corrí a un lado y abrí la casa. Levanté las persianas, abrí un poco la puerta ventana, no mucho para que no entrara el viento, y me dediqué a regar. Ya la negra había venido a recibirme. Había sol y los yuyos estaban muy crecidos. Antes de irme junté los cardos en un costado, armando una pelota enmarañada inmensa y pensé en dejarlos ahí hasta que se volaran por la parte de atrás del terreno. No había nadie, era la hora de la siesta. En vez de eso entré a la casa y agarré un encendedor con los dos únicos diarios que habían quedado de la última limpieza. A modo de prueba separé un cardo de la pelota inmensa y le puse un bollo de papel abajo. Lo prendí fuego y el papel se consumió antes de que se prendiera el cardo. Entonces fui al auto, abrí el baúl, agarré una bolsa grande llena de papeles de diarios resecos, los que estuvieron desde el principio de la construcción tapando los vidrios de las ventanas hasta que los reemplacé por papel blanco. Volví a la parte de atrás y le puse varios bollos de esos papeles abajo del cardo. El fuego fue casi instantáneo. El cardo empezó a hacer ruido y se dibujó una llama fugaz. Corrí a la pelota enmarañada y separé otro cardo bien grande, rápido, antes de que desapareciera el fuego. Lo puse arriba del que se estaba quemando y el fuego se duplicó en un segundo. Así con el resto durante un rato largo, yendo a buscar y poniendo, viendo la llama crecer y moverse para distintos lados. El ruido del viento y el crepitar de los cardos durante un rato fue una forma del silencio. La negra disfrutó el espectáculo. Mientras preparaba los bollos vi su cabeza aparecer de los yuyos crecidos. Le gusta esconderse ahí e incluso llevarse cosas que roba. Como cuando le robó una bolsa de faso al Tincho, que apareció exactamente en ese punto donde ayer asomó la cabeza. Después se fue al sol y se acostó en la vereda a ver el fuego.

Cuando no hubo más cardos llené un bidón de agua y lo tiré sobre el círculo negro que quedó en el medio del pasto verde, como las señas rurales del aterrizaje de un ovni. Después volví al fonavi, estuve tirado un rato, me bañé para sacarme el olor a humo y fui a Rondeau a ver “La extensión” de Nicolás Testoni y Christian Delgado. La película estuvo bien, sobre todo porque tiene elementos que tensionan lo que había pensado que era: puro encuadre estético de la llanura pampeana. No es eso. No es sobre el desierto. La película, en cierto sentido, está llena de gente, en cuadro o afuera. Siempre alguien habla en voz baja o a los gritos. Más bien es sobre los modos en que ese desierto fue siendo delimitado, por rutas y cableados eléctricos, por chapas que hacen ranchos, y sobre las maneras en que fue siendo habitado. Algo en el orden del corte de los planos: como dijo Juliana cuando la presentó, la extensión refiere al espacio pero también es temporal. En cuanto a la forma, la lectura posible de una matriz narrativa: la película puede ir abriéndose hasta el infinito, de manera rizomática, como en la lógica fractal del hipervínculo.

Después dormí toda la noche sobre un costado: del otro lado me duele la antitetánica que me puse a la mañana en la sala médica del barrio Kilómetro cinco. Cuando me desperté fui a la Universidad a devolverle dos libros a Mario y regalarle un vino Séptima que compré en Regionales San Juan, por haberme ayudado, hace ya varios meses, a pensar algunas cuestiones específicas de la poética de Alejandro Rubio. En el hall de entrada me dieron un volante sobre el boleto estudiantil y un militante del Partido Obrero le vendía un diario a un pibe, explicándole algunas de sus posiciones. “Nos movimos por Hebe”, le dijo, “para que fuera a declarar, no sé si viste, marchó con Sabatella y Kicillof, toda la runfla, la porquería del kirchnerismo”. Llegué al gabinete, saludé a Julieta y le hice entrega de sus cosas a Mario. Nos quedamos hablando, sobre política, sobre el consenso social del macrismo, sobre las formas de seguir construyendo algo en términos colectivos durante el neoliberalismo. Mario dijo que estaba podrido, de la gente, de la política, de los conceptos de Patria y Estado y de la academia. En un momento nos quedamos callados y empezó a hacer un avioncito de papel con un volante del PO. En chiste le dije que hiciera un helicóptero. Lo tiró al pasillo y lo fue a juntar. Me preguntó si quería ver si volaba. Le contesté que sí, abrió la ventana del gabinete y lo tiró desde el sexto piso. Ahí fue el avioncito en su carrera, recta y firme, hasta que hizo una curva y aterrizó en el playón que da sobre 12 de octubre, mientras los dos festejamos el vuelo exitoso. No dijimos más nada. Los saludé y seguí mi camino. En el hall no había nadie militando su antiperonismo. Fue una lástima porque en el ascensor ya había armado mi respuesta.

Capaz porque desde hace unos días que no prendo la computadora, los cardos, “La extensión” de Testoni y el vuelo del avión me parecieron parte de una misma cosa.

A nada le saqué una foto,

ni subí nada a ninguna red social.

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TODO APARATO ESTÁ CONTENIDO EN OTRO DE SUPERIOR JERARQUÍA

Según Flusser “hay dos programas entrelazados dentro de la cámara: uno mueve la cámara para producir automáticamente las imágenes, y el otro le permite al fotógrafo jugar. Sin embargo, hay otros programas escondidos debajo de estos dos: uno compuesto por la industria fotográfica (que ha programado la cámara); otro compuesto por el complejo industrial (que ha programado la industria fotográfica); otro, compuesto por el complejo socioeconómico, y así sucesivamente”.

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POLICIALES

Es una tranquilidad saber que uno no tiene nada encima cuando va caminando por un pasillo largo (con entrada y salida a mitad de dos calles paralelas) si un policía viene atrás.

gorra_policia01(1)El otro día, caminando por la calle Sarmiento, se dio esta ecuación pero de manera invertida. Iba caminando atrás de dos policías, rengo por un dolor crónico en mi rodilla, encapuchado (con mi campera de “Malvinas”), un pantalón Adidas trucho y unas Converse de lona muy viejas. Así y todo, con mi dolor rotuliano crónico, alcancé a los policías y en una frenada uno se corrió un poco a la izquierda, justo cuando estaba por pasarlos y tuvimos un choque mínimo, por lo que tuve que darle un medio abrazo (con mi mano izquierda agarré al que se había corrido levemente como para reducir el impacto de ese choque mínimo) y el policía me dijo “pase amigo”. De ahí hasta la plaza Rivadavia me escoltaron como si me estuviesen llevando preso, pero nada más lejos: yo iba rengueando y sintiéndome seguro, sobre todo de mí mismo.

Hace unos días, cuando finalmente pude hacerme cargo del negocio familiar en Buenos Aires, estaba parado en la puerta del local mirando el flujo de personas con unos lentes negros tipo Rayban y dos policías empezaron a gritarme algo, seguramente por la forma de apoyarme en la pared. De inmediato lo vi a Petrovna que venía con su esposa por la vereda de enfrente, caminando en plan de paseo turístico, con una campera inflada y una gorra reglamentaria de policía puesta en la cabeza. Petrovna está de la nuca: lo supe siempre y lo ratifiqué en ese instante. Sin hacer caso de los gritos policiales grité fuerte el nombre de Petrovna para que me viera y después de cruzar de vereda en un amistoso encuentro se sacó la gorra y me dijo “acobachála por ahí que no la vean”. Le hice algún chiste en relación a su vestimenta (que era un turista asqueroso) y agarré la gorra reglamentaria. Pasamos adentro del local, dejé la gorra abajo del mostrador, y los policías desaparecieron en el flujo de gente, seguramente atrás del rastro de alguna otra persona sola.

(Bahía Blanca, 2006)

 

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UN VIAJE

Por José Manuel Linares

12966251_1765287113705241_856934565_nVan pasando los días uno tras otro y pocas veces aparecen esos que por alguna razón quedan alojados en tu cabeza bajo el rótulo “recuerdo”. Hay momentos de cuando sos más chico: esos días de arrancar la escuela, el colegio, o cuando empezaron tus vacaciones y te fuiste a algún lado. Son momentos básicos que casi todo el mundo archiva. El viaje de egresados a Bariloche cuando terminás el secundario es uno de los que componen el ABC de la memoria del estudiante promedio. Nosotros nos fuimos en verano, éramos unos genios, no había nieve pero igual te cagabas de frío. Las mismas excursiones pero sin el incómodo encanto blanco. Era más barato, eso sí. Los viajes programados por empresas que exprimen los bolsillitos inexpertos de los adolescentes dividen diez días en tres partes: excursiones berretas, boliches gigantes y paseos de compras de cositas de madera y remeras que dicen BariloCHE.

Una de esas tardes, la segunda o la tercera, en un momento muerto después del citytour en un colectivito, con un grupo de amigos decidimos hacer un paseo de reconocimiento por nuestra cuenta. Terminamos adentro de un local con repisas de troncos partidos al medio donde vendían gnomos, tuqueras, llamadores de ángeles, bandejas para picadas, licores de sauco y diferentes productos regionales elaborados en Quilmes pero con etiquetas autóctonas. Lo de siempre. Todo estaba a la venta, no solo los objetos sino el mobiliario, todo a lo que se le podía poner un precio.

Colgando de un perchero fabricado con el nudo de una araucaria había un radiograbador hecho de madera clarita, rectangular, con los bordes agudos y apliques de acero pulido, como si fuera antiguo pero con detalles modernos y sobrios. Me cautivó. Corrí hasta el vendedor (creo que era el dueño) y me dijo que salía $140. Grande fue mi sorpresa por el precio tan bajo. En ese mismo instante, en coordinación perfecta escuché que una vendedora decía que las tablas de madera costaban $600. Me sorprendí por la diferencia. Giré mi cuerpo para ver las tablas de madera y vi mi cara en un espejo: quedé helado, me asusté como nunca en mi vida. El espejo me mostraba con 30 años, y es verdad, tengo 30 años, es 2016 y esa es mi edad. Las preguntas empezaron a invadirme. ¿Qué hago de viaje de egresados con 30 años? ¿A nadie le sorprende? ¿En qué momento me pusieron todos estos años?

Confundido salí en busca de respuestas. Miré al vendedor y le pregunté qué año era. Me respondió“2004”. Su respuesta tenía coherencia porque es el año en el que egresé. Una señora escuchó mi absurda pregunta y también hizo su aporte: “es 2008”. No pude soportar la confusión, frenéticamente seguí consultando lo mismo y obtuve respuestas distintas: 2016, 2001, 2003, 2011. Tenía pánico ¿Cómo podía ser que todos viviéramos al mismo tiempo en años diferentes, con detalles de realidad distintos pero perfectamente calculados para que nadie lo note? “No sé, es así”, me dijo un conocido que me llevó de nuevo hasta donde nos alojábamos. Entré al lugar, ahí estabaMartín durmiendo, tapado hasta la cabeza; lo desperté de un salto. También tenía 30. ¿Cómo durmió 12 años sin despertarse? Cerré los ojos para imaginarlo, los abrí, no había nadie, el que dormía era yo.

Llegué tarde al trabajo.

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A SABER:

la decisión a favor de lo poco
probable,
la discriminación de lo poco probable en el azar
probable del árbol ardiente
realizada por el primer hacedor de fuego,
o la discriminación de lo poco probable
en el azar probable de la caída
de la manzana, hecha por Newton.

Esto es muy preocupante
e inquietante,
porque precisamente
en tal decisión a favor de lo poco
probable en medio de lo muy
probable reside el núcleo
de la creatividad

(Flusser cortado)

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CRÓNICA DESDE LA ZOMBERA (II)

Por Rosa O´Henry

Con carita de virgos invaden los ministerios y toman notas. Encargan café y espantan los muebles mientras ponen jeta fea por las dudas. Las secretarias dan pasitos apresurados y demuestran orgullo, arrugan papeles viejos y proponen el cambio.
El Sultán de Ritmo mira sonriente a sus lacayos, cobran como negros, ponen cara de rubios y efectivizan órdenes con ahínco. Cada tanto cierran los ojos y se imaginan felicitados por algún carancho que abrió una escuela de meditación.
Una lluvia de lapiceras cae sobre los escribas que redactan resoluciones a rolete en pos de la alegría. Otros prefieren manos en los bolsillos y elijen el dictado desprolijamente mecanografiado por sus bobas facinerosas. La mesa quedo sin levantar y millones de datos avanzan sobre las migas, manchas de vino hay pocas, nadie llenó lo suficiente las copas y no derramaron.
La aurora los puso grandotes y con la tardecita se desinflan. Pero no hay nada como el deber cumplido: todo lo eliminable está en miras de no estar más, las cosas en su lugar, el yogurth en la heladera y los pibes de la esquina en los altos hornos. Sus hermanitas de sol a sol en talleres de costura.
Sí se puede, sí se puede, sí se puede, sí se puede… Sri Sri.

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ALGO SOBRE APRETAR TECLAS

“Al apretar las teclas de mi máquina, toda mi existencia se concentra sobre las puntas de mis dedos. Debo al inventor de las teclas y al productor de la máquina esta libertad mía. Gracias a ellos, toda mi ‘interioridad’ fluye hacia las teclas, para concentrarse en ellas y después fluir hacia el espacio público a fin de alterarlo. De manera que apretar teclas es para mí el gesto de la publicación, de la libertad política en el sentido exacto del término. Y esto no es una mera sensación mía: es la sensación de todos los pulsadores de teclas, incluso la de los productores de tecno-imágenes”

(Vilém Flusser)

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***

A este poder “publicador” y “creador” del apretar teclas (máquina de escribir, piano, filmadora) le opone un apretar menos entusiasta (tv, lavarropas, lámpara de escritorio). “Es difícil entusiasmarse por tales teclas, a no ser en publicidades que venden lavarropas. Estas teclas, lejos de entusiasmar, nos dan la sensación de que estamos actuando de manera programada”.

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DEL PALIHUE, 2010

Hay gente que vive en un barrio residencial (no un barrio cerrado) al lado de un club de golf, en casas con bancos ubicados estratégicamente en el jardín para poder sentarse por las tardes y ver la caída del sol sobre el césped rasante, entre la frondosa vegetación del campo y las trampas de arena. Esta gente, conciente de sus logros objetivos, puede pensar ese amplio campo verde semipúblico como una continuación bastante lograda de la propia vegetación de su barrio semiprivado. Algunas casas incluso tienen su pertinente bow window, para que en las tardes frías de invierno además de estar viendo algún programa de televisión sus habitantes puedan sentirse en el centro de una artificiosa inmensidad natural. Ese bow window es un logro objetivo, en primer lugar, del propietario de la casa, y en segundo lugar de la persona a quien se le haya ocurrido alguna vez que era posible que el afuera sin límites de nadie podía entrar en el estrecho perímetro de unas cuatro paredes.

palihue

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