ISMAEL BLANCO EN LIYO EDITORA

Ismael Blanco nació en Bahía Blanca el 9 de julio de 1983. Hoy LIYO editora publica dos títulos suyos: Las cajas Coca Cola y Culpa moderna.

Las cajas es un compilado liviano: siete textos de, en promedio, dos páginas cada uno. Culpa moderna, en cambio, aunque también es un librito, corresponde con su faceta pesada, la que puede leerse estrictamente como literatura.

Están en pdf y se pueden descargar en los siguientes links:

Las cajas Coca Cola

Culpa moderna

 

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2×1 LAS PELOTAS

En la historia del orden visual pocas cosas van a superar el mar de pañuelos blancos en la Plaza de Mayo: una producción colectiva que la vanguardia menos ingenua ni siquiera hubiese imaginado.

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CUESTIÓN DE PESO

Por L.V.

Anoche, haciendo zapping, vi que atrás de cámara en los estudios de Intratables esperaba Rusconi, el abogado de Lázaro Báez. Me quedé a verlo, porque su capacidad para defender lo defendible me parece admirable. Una vez sentado abajo de los focos del set se dedicó a desarticular la batería de operaciones mediáticas que giran en torno al caso, concluyendo que Báez está preso solamente para que aporte datos que incriminen a la ex presidenta Cristina Kirchner. Dijo que es estudiado en la UBA como ejemplo de privación ilegítima de la libertad, con lo que dio inicio a la balacea de los panelistas: balas sin plomo que, una a una, dieron en ningún lado. Efectivamente, los Vilouta fueron quedando en evidencia, ta-tartamudeando lo que los demás días les sale fluido. Entonces Del Moro, al darse cuenta del chiste televisivo en el que se había convertido su programa, quiso bajarle el precio a la veracidad de los argumentos de Rusconi y le dijo con una risita:

– Es muy buen abogado, usted vale lo que pesa.

Rusconi lo miró de arriba abajo y le dijo también con una risa:

– Si digo lo mismo de vos vas al muere (léase: “yo soy gordo, pero vos valés dos kilos mojado”).

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¿QUÉ ES ESTO?

Sobre el recital del Indio Solari en Olavarría

Por G.L.

Aunque sea tarde cabría pensar, con todo lo paradójico, al indio como un hombre de Estado. ¿Pero de uno de qué tipo y que contiene qué cosa?

Por supuesto también hay que pensar el acontecimiento de hace dos noches. Y habría que hacerlo incluso más allá del aspecto sociológico, sobre el fondo de su obra estética. A mí no me da la cabeza, no es algo que pudiera hacer ahora.

En cuanto a la organización, hay algunos consensos que efectivamente son ciertos: la descomunal cantidad de gente queda librada a sus propias fuerzas. Y me parece que ese es un poco el punto filosófico del indio: tenemos que cuidarnos entre nosotros. Cabe la posibilidad de dos muertos, de siete, de quince y también la de ninguno. En principio, afuera casi no hay policías y eso es un mérito del poder de convocatoria que excede la potencia de un orden en cuanto represivo. Pero adentro lo mismo: la organización queda insuficiente teniendo en cuenta la magnitud del show. Y la cuestión de los millones no es una cuestión relevante, a no ser que decidiéramos pensar, en términos de sustentabilidad, esa lógica de que una parte paga la seguridad de un todo que la supera ampliamente. Lógica que eso: mientras sea sustentable (incluso con la posibilidad de desenlaces fatales) no admite mayores cuestionamientos.

Después está la noticia y toda la carroña mediática.

En cuanto a lo que contiene ese Estado anárquico del indio y su relación con él mismo en cuanto líder carismático, Olavarría dejó alguna cosa. ¿Qué dice ese cuerpo inorgánico, no homogéneo, con trescientas-y-pico-mil cabezas? Esto no es fácil de decodificar, ni siquiera desde arriba del escenario. Desde abajo, en cambio, algunos puntos están más claros. Antenoche, a partir del tercer tema hubo un recital ortiva porque no se pudo más que seguir bailando arriba de un muerto, y palabras entre líneas. Más allá de las aristas espectaculares, omnipresentes y agotadoras de la noticia en la televisión, hay el dato para ese cuerpo monstruoso que sigue al indio. El pelado está cansado y no tiene más ganas de seguir poniendo a prueba, contra la masa, el poder de su lengua.

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MANADA DE LOBOS

Una yanqui medio jipi va a hacer el paseo del Inca y conoce a un peruano que la cautiva, con quien establece una relación única. La idea inicial del peruano era irse a vivir a Escandinavia y tener diez hijos para criarlos en una especie de isla social. En vez de eso tienen siete hijos y quedan estancados en un estadío intermedio: un departamento de contención en el Low East de Nueva York, como si fueran los de Lugano, donde crecen casi sin ningún contacto con el mundo exterior. El peruano alternativamente sale a buscar comida. Mientras tanto, la mujer y los hijos pasan las horas: mirando por la ventana a lo lejos la punta luminosa del Empire State y viendo películas que después recrean línea por línea usando trajes hechos de manera artesanal con restos de cosas. Hasta que el hijo del medio decide ponerse una máscara y salir al afuera. Eso progresivamente mueve una fuerza que había en el departamento y, contra el dogma del peruano, los lleva a todos hacia una vida más parecida a la normalidad. El documental se llama “The Wolfpack” (“La manada de lobos”) y amerita verlo una segunda vez sacando los subtítulos porque hay una dimensión gestual que es bastante tremenda.

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CARTA A BILL GATES

(Del disco rígido de M.)

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30 de noviembre 1999

Querido Bill Gates: 

Nadé delante de tu casa de ensueño el otro día, pero no me detuve a llamar. Francamente, los sensores bajo el agua me tenían preocupado. Me hubiera gustado echar un vistazo a “Lost on the Grand Banks” de Winslow Homer. Es un gran cuadro pero, hablando en calidad de amigo y conciudadano, los 30 millones de dólares que pagaste por él son demasiado. ¡EL MAYOR PRECIO PAGADO POR UNA PINTURA AMERICANA! Así que ¿por qué estás tan interesado en un cuadro de dos pobres pescadores perdidos en su bote, en lo alto de una ola, asomados a un muro de niebla? Ellos están tan alto como nunca lo van a estar, a no ser que el mar se ponga más feo. Van a morir, ya sabés, y no será una muerte bonita. En cuanto a vos, Bill, ¿cuándo estás en la Red? ¿te perdiste? ¿o encontraste? ¿Y el resto de nosotros, perdidos o encontrados, estamos en o dentro de ella?

Tu amigo, Allan Sekula

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EL RUIDO DEL VIENTO Y EL CREPITAR DE LOS CARDOS

Por G.L.

tumblr_n3cqmjfyjw1qatz00o1_500Después de varios días, cuando llegué por Alvear vi que la entrada de Resero estaba llena de cardos. Se habían ido acumulando y casi tapaban la parte inferior de la puerta. Pasé la reja, los corrí a un lado y abrí la casa. Levanté las persianas, abrí un poco la puerta ventana, no mucho para que no entrara el viento, y me dediqué a regar. Ya la negra había venido a recibirme. Había sol y los yuyos estaban muy crecidos. Antes de irme junté los cardos en un costado, armando una pelota enmarañada inmensa y pensé en dejarlos ahí hasta que se volaran por la parte de atrás del terreno. No había nadie, era la hora de la siesta. En vez de eso entré a la casa y agarré un encendedor con los dos únicos diarios que habían quedado de la última limpieza. A modo de prueba separé un cardo de la pelota inmensa y le puse un bollo de papel abajo. Lo prendí fuego y el papel se consumió antes de que se prendiera el cardo. Entonces fui al auto, abrí el baúl, agarré una bolsa grande llena de papeles de diarios resecos, los que estuvieron desde el principio de la construcción tapando los vidrios de las ventanas hasta que los reemplacé por papel blanco. Volví a la parte de atrás y le puse varios bollos de esos papeles abajo del cardo. El fuego fue casi instantáneo. El cardo empezó a hacer ruido y se dibujó una llama fugaz. Corrí a la pelota enmarañada y separé otro cardo bien grande, rápido, antes de que desapareciera el fuego. Lo puse arriba del que se estaba quemando y el fuego se duplicó en un segundo. Así con el resto durante un rato largo, yendo a buscar y poniendo, viendo la llama crecer y moverse para distintos lados. El ruido del viento y el crepitar de los cardos durante un rato fue una forma del silencio. La negra disfrutó el espectáculo. Mientras preparaba los bollos vi su cabeza aparecer de los yuyos crecidos. Le gusta esconderse ahí e incluso llevarse cosas que roba. Como cuando le robó una bolsa de faso al Tincho, que apareció exactamente en ese punto donde ayer asomó la cabeza. Después se fue al sol y se acostó en la vereda a ver el fuego.

Cuando no hubo más cardos llené un bidón de agua y lo tiré sobre el círculo negro que quedó en el medio del pasto verde, como las señas rurales del aterrizaje de un ovni. Después volví al fonavi, estuve tirado un rato, me bañé para sacarme el olor a humo y fui a Rondeau a ver “La extensión” de Nicolás Testoni y Christian Delgado. La película estuvo bien, sobre todo porque tiene elementos que tensionan lo que había pensado que era: puro encuadre estético de la llanura pampeana. No es eso. No es sobre el desierto. La película, en cierto sentido, está llena de gente, en cuadro o afuera. Siempre alguien habla en voz baja o a los gritos. Más bien es sobre los modos en que ese desierto fue siendo delimitado, por rutas y cableados eléctricos, por chapas que hacen ranchos, y sobre las maneras en que fue siendo habitado. Algo en el orden del corte de los planos: como dijo Juliana cuando la presentó, la extensión refiere al espacio pero también es temporal. En cuanto a la forma, la lectura posible de una matriz narrativa: la película puede ir abriéndose hasta el infinito, de manera rizomática, como en la lógica fractal del hipervínculo.

Después dormí toda la noche sobre un costado: del otro lado me duele la antitetánica que me puse a la mañana en la sala médica del barrio Kilómetro cinco. Cuando me desperté fui a la Universidad a devolverle dos libros a Mario y regalarle un vino Séptima que compré en Regionales San Juan, por haberme ayudado, hace ya varios meses, a pensar algunas cuestiones específicas de la poética de Alejandro Rubio. En el hall de entrada me dieron un volante sobre el boleto estudiantil y un militante del Partido Obrero le vendía un diario a un pibe, explicándole algunas de sus posiciones. “Nos movimos por Hebe”, le dijo, “para que fuera a declarar, no sé si viste, marchó con Sabatella y Kicillof, toda la runfla, la porquería del kirchnerismo”. Llegué al gabinete, saludé a Julieta y le hice entrega de sus cosas a Mario. Nos quedamos hablando, sobre política, sobre el consenso social del macrismo, sobre las formas de seguir construyendo algo en términos colectivos durante el neoliberalismo. Mario dijo que estaba podrido, de la gente, de la política, de los conceptos de Patria y Estado y de la academia. En un momento nos quedamos callados y empezó a hacer un avioncito de papel con un volante del PO. En chiste le dije que hiciera un helicóptero. Lo tiró al pasillo y lo fue a juntar. Me preguntó si quería ver si volaba. Le contesté que sí, abrió la ventana del gabinete y lo tiró desde el sexto piso. Ahí fue el avioncito en su carrera, recta y firme, hasta que hizo una curva y aterrizó en el playón que da sobre 12 de octubre, mientras los dos festejamos el vuelo exitoso. No dijimos más nada. Los saludé y seguí mi camino. En el hall no había nadie militando su antiperonismo. Fue una lástima porque en el ascensor ya había armado mi respuesta.

Capaz porque desde hace unos días que no prendo la computadora, los cardos, “La extensión” de Testoni y el vuelo del avión me parecieron parte de una misma cosa.

A nada le saqué una foto,

ni subí nada a ninguna red social.

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TODO APARATO ESTÁ CONTENIDO EN OTRO DE SUPERIOR JERARQUÍA

Según Flusser “hay dos programas entrelazados dentro de la cámara: uno mueve la cámara para producir automáticamente las imágenes, y el otro le permite al fotógrafo jugar. Sin embargo, hay otros programas escondidos debajo de estos dos: uno compuesto por la industria fotográfica (que ha programado la cámara); otro compuesto por el complejo industrial (que ha programado la industria fotográfica); otro, compuesto por el complejo socioeconómico, y así sucesivamente”.

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POLICIALES

Es una tranquilidad saber que uno no tiene nada encima cuando va caminando por un pasillo largo (con entrada y salida a mitad de dos calles paralelas) si un policía viene atrás.

gorra_policia01(1)El otro día, caminando por la calle Sarmiento, se dio esta ecuación pero de manera invertida. Iba caminando atrás de dos policías, rengo por un dolor crónico en mi rodilla, encapuchado (con mi campera de “Malvinas”), un pantalón Adidas trucho y unas Converse de lona muy viejas. Así y todo, con mi dolor rotuliano crónico, alcancé a los policías y en una frenada uno se corrió un poco a la izquierda, justo cuando estaba por pasarlos y tuvimos un choque mínimo, por lo que tuve que darle un medio abrazo (con mi mano izquierda agarré al que se había corrido levemente como para reducir el impacto de ese choque mínimo) y el policía me dijo “pase amigo”. De ahí hasta la plaza Rivadavia me escoltaron como si me estuviesen llevando preso, pero nada más lejos: yo iba rengueando y sintiéndome seguro, sobre todo de mí mismo.

Hace unos días, cuando finalmente pude hacerme cargo del negocio familiar en Buenos Aires, estaba parado en la puerta del local mirando el flujo de personas con unos lentes negros tipo Rayban y dos policías empezaron a gritarme algo, seguramente por la forma de apoyarme en la pared. De inmediato lo vi a Petrovna que venía con su esposa por la vereda de enfrente, caminando en plan de paseo turístico, con una campera inflada y una gorra reglamentaria de policía puesta en la cabeza. Petrovna está de la nuca: lo supe siempre y lo ratifiqué en ese instante. Sin hacer caso de los gritos policiales grité fuerte el nombre de Petrovna para que me viera y después de cruzar de vereda en un amistoso encuentro se sacó la gorra y me dijo “acobachála por ahí que no la vean”. Le hice algún chiste en relación a su vestimenta (que era un turista asqueroso) y agarré la gorra reglamentaria. Pasamos adentro del local, dejé la gorra abajo del mostrador, y los policías desaparecieron en el flujo de gente, seguramente atrás del rastro de alguna otra persona sola.

(Bahía Blanca, 2006)

 

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UN VIAJE

Por José Manuel Linares

12966251_1765287113705241_856934565_nVan pasando los días uno tras otro y pocas veces aparecen esos que por alguna razón quedan alojados en tu cabeza bajo el rótulo “recuerdo”. Hay momentos de cuando sos más chico: esos días de arrancar la escuela, el colegio, o cuando empezaron tus vacaciones y te fuiste a algún lado. Son momentos básicos que casi todo el mundo archiva. El viaje de egresados a Bariloche cuando terminás el secundario es uno de los que componen el ABC de la memoria del estudiante promedio. Nosotros nos fuimos en verano, éramos unos genios, no había nieve pero igual te cagabas de frío. Las mismas excursiones pero sin el incómodo encanto blanco. Era más barato, eso sí. Los viajes programados por empresas que exprimen los bolsillitos inexpertos de los adolescentes dividen diez días en tres partes: excursiones berretas, boliches gigantes y paseos de compras de cositas de madera y remeras que dicen BariloCHE.

Una de esas tardes, la segunda o la tercera, en un momento muerto después del citytour en un colectivito, con un grupo de amigos decidimos hacer un paseo de reconocimiento por nuestra cuenta. Terminamos adentro de un local con repisas de troncos partidos al medio donde vendían gnomos, tuqueras, llamadores de ángeles, bandejas para picadas, licores de sauco y diferentes productos regionales elaborados en Quilmes pero con etiquetas autóctonas. Lo de siempre. Todo estaba a la venta, no solo los objetos sino el mobiliario, todo a lo que se le podía poner un precio.

Colgando de un perchero fabricado con el nudo de una araucaria había un radiograbador hecho de madera clarita, rectangular, con los bordes agudos y apliques de acero pulido, como si fuera antiguo pero con detalles modernos y sobrios. Me cautivó. Corrí hasta el vendedor (creo que era el dueño) y me dijo que salía $140. Grande fue mi sorpresa por el precio tan bajo. En ese mismo instante, en coordinación perfecta escuché que una vendedora decía que las tablas de madera costaban $600. Me sorprendí por la diferencia. Giré mi cuerpo para ver las tablas de madera y vi mi cara en un espejo: quedé helado, me asusté como nunca en mi vida. El espejo me mostraba con 30 años, y es verdad, tengo 30 años, es 2016 y esa es mi edad. Las preguntas empezaron a invadirme. ¿Qué hago de viaje de egresados con 30 años? ¿A nadie le sorprende? ¿En qué momento me pusieron todos estos años?

Confundido salí en busca de respuestas. Miré al vendedor y le pregunté qué año era. Me respondió“2004”. Su respuesta tenía coherencia porque es el año en el que egresé. Una señora escuchó mi absurda pregunta y también hizo su aporte: “es 2008”. No pude soportar la confusión, frenéticamente seguí consultando lo mismo y obtuve respuestas distintas: 2016, 2001, 2003, 2011. Tenía pánico ¿Cómo podía ser que todos viviéramos al mismo tiempo en años diferentes, con detalles de realidad distintos pero perfectamente calculados para que nadie lo note? “No sé, es así”, me dijo un conocido que me llevó de nuevo hasta donde nos alojábamos. Entré al lugar, ahí estabaMartín durmiendo, tapado hasta la cabeza; lo desperté de un salto. También tenía 30. ¿Cómo durmió 12 años sin despertarse? Cerré los ojos para imaginarlo, los abrí, no había nadie, el que dormía era yo.

Llegué tarde al trabajo.

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