EL RUIDO DEL VIENTO Y EL CREPITAR DE LOS CARDOS

Por G.L.

tumblr_n3cqmjfyjw1qatz00o1_500Después de varios días, cuando llegué por Alvear vi que la entrada de Resero estaba llena de cardos. Se habían ido acumulando y casi tapaban la parte inferior de la puerta. Pasé la reja, los corrí a un lado y abrí la casa. Levanté las persianas, abrí un poco la puerta ventana, no mucho para que no entrara el viento, y me dediqué a regar. Ya la negra había venido a recibirme. Había sol y los yuyos estaban muy crecidos. Antes de irme junté los cardos en un costado, armando una pelota enmarañada inmensa y pensé en dejarlos ahí hasta que se volaran por la parte de atrás del terreno. No había nadie, era la hora de la siesta. En vez de eso entré a la casa y agarré un encendedor con los dos únicos diarios que habían quedado de la última limpieza. A modo de prueba separé un cardo de la pelota inmensa y le puse un bollo de papel abajo. Lo prendí fuego y el papel se consumió antes de que se prendiera el cardo. Entonces fui al auto, abrí el baúl, agarré una bolsa grande llena de papeles de diarios resecos, los que estuvieron desde el principio de la construcción tapando los vidrios de las ventanas hasta que los reemplacé por papel blanco. Volví a la parte de atrás y le puse varios bollos de esos papeles abajo del cardo. El fuego fue casi instantáneo. El cardo empezó a hacer ruido y se dibujó una llama fugaz. Corrí a la pelota enmarañada y separé otro cardo bien grande, rápido, antes de que desapareciera el fuego. Lo puse arriba del que se estaba quemando y el fuego se duplicó en un segundo. Así con el resto durante un rato largo, yendo a buscar y poniendo, viendo la llama crecer y moverse para distintos lados. El ruido del viento y el crepitar de los cardos durante un rato fue una forma del silencio. La negra disfrutó el espectáculo. Mientras preparaba los bollos vi su cabeza aparecer de los yuyos crecidos. Le gusta esconderse ahí e incluso llevarse cosas que roba. Como cuando le robó una bolsa de faso al Tincho, que apareció exactamente en ese punto donde ayer asomó la cabeza. Después se fue al sol y se acostó en la vereda a ver el fuego.

Cuando no hubo más cardos llené un bidón de agua y lo tiré sobre el círculo negro que quedó en el medio del pasto verde, como las señas rurales del aterrizaje de un ovni. Después volví al fonavi, estuve tirado un rato, me bañé para sacarme el olor a humo y fui a Rondeau a ver “La extensión” de Nicolás Testoni y Christian Delgado. La película estuvo bien, sobre todo porque tiene elementos que tensionan lo que había pensado que era: puro encuadre estético de la llanura pampeana. No es eso. No es sobre el desierto. La película, en cierto sentido, está llena de gente, en cuadro o afuera. Siempre alguien habla en voz baja o a los gritos. Más bien es sobre los modos en que ese desierto fue siendo delimitado, por rutas y cableados eléctricos, por chapas que hacen ranchos, y sobre las maneras en que fue siendo habitado. Algo en el orden del corte de los planos: como dijo Juliana cuando la presentó, la extensión refiere al espacio pero también es temporal. En cuanto a la forma, la lectura posible de una matriz narrativa: la película puede ir abriéndose hasta el infinito, de manera rizomática, como en la lógica fractal del hipervínculo.

Después dormí toda la noche sobre un costado: del otro lado me duele la antitetánica que me puse a la mañana en la sala médica del barrio Kilómetro cinco. Cuando me desperté fui a la Universidad a devolverle dos libros a Mario y regalarle un vino Séptima que compré en Regionales San Juan, por haberme ayudado, hace ya varios meses, a pensar algunas cuestiones específicas de la poética de Alejandro Rubio. En el hall de entrada me dieron un volante sobre el boleto estudiantil y un militante del Partido Obrero le vendía un diario a un pibe, explicándole algunas de sus posiciones. “Nos movimos por Hebe”, le dijo, “para que fuera a declarar, no sé si viste, marchó con Sabatella y Kicillof, toda la runfla, la porquería del kirchnerismo”. Llegué al gabinete, saludé a Julieta y le hice entrega de sus cosas a Mario. Nos quedamos hablando, sobre política, sobre el consenso social del macrismo, sobre las formas de seguir construyendo algo en términos colectivos durante el neoliberalismo. Mario dijo que estaba podrido, de la gente, de la política, de los conceptos de Patria y Estado y de la academia. En un momento nos quedamos callados y empezó a hacer un avioncito de papel con un volante del PO. En chiste le dije que hiciera un helicóptero. Lo tiró al pasillo y lo fue a juntar. Me preguntó si quería ver si volaba. Le contesté que sí, abrió la ventana del gabinete y lo tiró desde el sexto piso. Ahí fue el avioncito en su carrera, recta y firme, hasta que hizo una curva y aterrizó en el playón que da sobre 12 de octubre, mientras los dos festejamos el vuelo exitoso. No dijimos más nada. Los saludé y seguí mi camino. En el hall no había nadie militando su antiperonismo. Fue una lástima porque en el ascensor ya había armado mi respuesta.

Capaz porque desde hace unos días que no prendo la computadora, los cardos, “La extensión” de Testoni y el vuelo del avión me parecieron parte de una misma cosa.

A nada le saqué una foto,

ni subí nada a ninguna red social.

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