UN VIAJE

Por José Manuel Linares

12966251_1765287113705241_856934565_nVan pasando los días uno tras otro y pocas veces aparecen esos que por alguna razón quedan alojados en tu cabeza bajo el rótulo “recuerdo”. Hay momentos de cuando sos más chico: esos días de arrancar la escuela, el colegio, o cuando empezaron tus vacaciones y te fuiste a algún lado. Son momentos básicos que casi todo el mundo archiva. El viaje de egresados a Bariloche cuando terminás el secundario es uno de los que componen el ABC de la memoria del estudiante promedio. Nosotros nos fuimos en verano, éramos unos genios, no había nieve pero igual te cagabas de frío. Las mismas excursiones pero sin el incómodo encanto blanco. Era más barato, eso sí. Los viajes programados por empresas que exprimen los bolsillitos inexpertos de los adolescentes dividen diez días en tres partes: excursiones berretas, boliches gigantes y paseos de compras de cositas de madera y remeras que dicen BariloCHE.

Una de esas tardes, la segunda o la tercera, en un momento muerto después del citytour en un colectivito, con un grupo de amigos decidimos hacer un paseo de reconocimiento por nuestra cuenta. Terminamos adentro de un local con repisas de troncos partidos al medio donde vendían gnomos, tuqueras, llamadores de ángeles, bandejas para picadas, licores de sauco y diferentes productos regionales elaborados en Quilmes pero con etiquetas autóctonas. Lo de siempre. Todo estaba a la venta, no solo los objetos sino el mobiliario, todo a lo que se le podía poner un precio.

Colgando de un perchero fabricado con el nudo de una araucaria había un radiograbador hecho de madera clarita, rectangular, con los bordes agudos y apliques de acero pulido, como si fuera antiguo pero con detalles modernos y sobrios. Me cautivó. Corrí hasta el vendedor (creo que era el dueño) y me dijo que salía $140. Grande fue mi sorpresa por el precio tan bajo. En ese mismo instante, en coordinación perfecta escuché que una vendedora decía que las tablas de madera costaban $600. Me sorprendí por la diferencia. Giré mi cuerpo para ver las tablas de madera y vi mi cara en un espejo: quedé helado, me asusté como nunca en mi vida. El espejo me mostraba con 30 años, y es verdad, tengo 30 años, es 2016 y esa es mi edad. Las preguntas empezaron a invadirme. ¿Qué hago de viaje de egresados con 30 años? ¿A nadie le sorprende? ¿En qué momento me pusieron todos estos años?

Confundido salí en busca de respuestas. Miré al vendedor y le pregunté qué año era. Me respondió“2004”. Su respuesta tenía coherencia porque es el año en el que egresé. Una señora escuchó mi absurda pregunta y también hizo su aporte: “es 2008”. No pude soportar la confusión, frenéticamente seguí consultando lo mismo y obtuve respuestas distintas: 2016, 2001, 2003, 2011. Tenía pánico ¿Cómo podía ser que todos viviéramos al mismo tiempo en años diferentes, con detalles de realidad distintos pero perfectamente calculados para que nadie lo note? “No sé, es así”, me dijo un conocido que me llevó de nuevo hasta donde nos alojábamos. Entré al lugar, ahí estabaMartín durmiendo, tapado hasta la cabeza; lo desperté de un salto. También tenía 30. ¿Cómo durmió 12 años sin despertarse? Cerré los ojos para imaginarlo, los abrí, no había nadie, el que dormía era yo.

Llegué tarde al trabajo.

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Un pensamiento en “UN VIAJE

  1. raul dice:

    Muy bueno su cuento José Manuellll

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