LA DEMOCRACIA, ESCENA SADOMASOQUISTA

Por Mauro Fernández

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A diestra y siniestra, se repite que “así es la democracia”. La mayoría decidió que gobiernen ahora en la Argentina representantes del neoliberalismo, de los intereses del capital financiero y las grandes corporaciones, etc. Esto implica -en un amplio y profundo sentido- el violento descenso relativo de la calidad de vida de casi todos, y el beneficio sobrado para los pocos que ya eran dueños de casi todo. Tal elección -dicen casi todos- ha de ser sostenida por el período correspondiente y soportadas sus consecuencias, porque de eso se trata la democracia.

La inteligencia despótica sabe que lo institucional democrático puede ser instrumentado en políticas maquiavélicas, y que es posible evitar -al menos por un tiempo- las posibilidades de autodeterminación de la soberanía popular recordando al pueblo que con su voto habilitó las decisiones del gobierno. Aquí y ahora parece haber personas relativamente razonables que ya acusan el dolor por su propia decisión, y la sostienen pasivamente. Esa pasividad es avalada, incluso, por discursos de la oposición política: dicen que hay que organizarse para ganar las legislativas dentro de dos años y volver a gobernar dentro de cuatro.

“Vamos a volver”, se dice por aquí. “Hay que darle tiempo”, se dice por allá. La noción de alternancia política, que reduce mágicamente la historia a un ritual cíclico, parece estar signada por la estructura narrativa del videojuego: elijo un monito para que haga la tarea por mí y, si no me sirve, hay otros monitos disponibles esperando. Sucede que, fuera de la virtualidad, nadie puede hacer el trabajo por mí. Otro problema es que los avatares virtuales tienen muchas vidas, pero nosotros una sola. Como ya ha machacado la filosofía: “el futuro llegó hace rato, / llegó como vos no lo esperabas”.

¿La democracia se agota en el mero ejercicio del voto y, en el mejor de los casos, en la expresión de disconformidad por las promesas incumplidas? ¿La democracia consiste el elegir libremente en quién delegar completamente el poder público y, por lo tanto, la mismísima libertad? ¿La democracia es tan parecida a una escena del porno sadomasoquista? Es evidente que la democracia, así entendida, no es más que una sinécdoque de la resignación.

No se trata, por supuesto, de meras subjetividades anómicas. Hay condiciones culturales complejas que sostienen la funcionalidad de estas “democracias retrógradas”, cuya aceptación más o menos consensuada ha llevado años. Veamos algunas:

1) Herido gravemente el estado de bienestar, parece apropiado que la política ya no busque la igualdad sino la “igualdad de oportunidades”; se acepta, en lugar de la extensión de derechos igualadores, el derecho a competir. No es casual que los neoliberales estos que tenemos jamás olviden, a propósito de cualquier cosa, dedicar una frase al elogio de la meritocracia.

2) La interminable e instalada excusa de la seguridad para considerar y tratar a cada ciudadano como sospechoso en un estado con leyes en suspenso, el estado de excepción naturalizado por doquier. Tampoco es casual que nuestros disléxicos mandatarios y su eco mediático asusten cada cinco minutos con un imposible “narcoestado” que a todos nos atraviesa y al que hay que controlar a toda costa. En este contexto de “inseguridad” y crisis ficticia, no se trata de prevenir ni conformar reclamos sociales; reprimir los reclamos coincide con la suspensión de la vieja legalidad y corresponde al estado de excepción (Y, por supuesto, evita la posibilidad de la distribución de la riqueza).

3) El consumo voraz del presente en tiempo presente, propio de estas políticas de pretensión ahistórica, tiene su correlato cultural subjetivo: por algo nuestros niños ricos con tristeza promocionan espiritualismos de mercado, antirreligiosos, cortoplacistas y banales como “El arte de vivir”.

Se asocia lo democrático con un ejercicio de las libertades personales y públicas. Pero siempre pueden cuestionarse y profundizarse las condiciones de la libertad, la libertad siempre es condicional. La democracia ha demostrado que es más que lo que era, por lo tanto es esperable que vaya a ser más que lo que es.

Desde hace tiempo se entienden por democracia muchas otras cosas que exceden lo formal de su definición. Se trata de todas aquellas instancias que implican la extensión del poder soberano y sus consecuencias para la libertad de todos y la de cada uno: ampliación de derechos (incluyendo derechos colectivos laborales y económicos), actualización de procesos jurídicos, consideraciones específicas para minorías, mecanismos de participación, el derecho a la educación y la consecuente conciencia de las propias posibilidades de poder.

Aunque es sabido que el capitalismo bien funciona sin democracia, el matrimonio entre capitalismo y democracia formal ha resultado, hasta ahora, exitoso. Tal vez sus relaciones hayan sido sadomasoquistas pero, a su manera, funcionales. Parece sin embargo que las condiciones de la economía hegemónica actual requieren de un sometimiento cada vez mayor de la Sra. Democracia a su esposo el Sr. Capitalismo Financiero. Dicho de otra manera: la profundización democrática parece hoy enemiga del capitalismo. Estiremos la metáfora matrimonial: resulta tentador alentar a la Señora para que se divorcie de una vez de ese hijo de puta.

Se puede entender la democracia como un proceso inacabado que pretende solucionar las inevitables tensiones entre lo individual y lo colectivo, en un equilibrio siempre precario. Pero si, como sucede aquí y allá, la democracia formal no pude canalizar satisfactoriamente los reclamos sociales, habrá que pedir más de la democracia. Un representante demócrata es solamente aquel dispuesto a perder cada vez más poder para que aumente el de sus representados. La democracia es un ejercicio de soberanía, y es soberano aquél que ejerce el poder.

 

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