SANA SANA LA CONCHA DE TU HERMANA

Por Mauro A. Fernández (en su muro de Facebook)

PASTILLASEn mi face y en el de ustedes, en la tele, en revistas (sobre todo femeninas), en libros (más que nada del tipo newage) se proponen cosas “sanadoras”. Todo puede (y debe) ser “sanador”: frases, gestos, músicas, libros, películas, lugares, olores, cualquier tipo de movimiento del cuerpo, modos de relacionarse, comidas, piedras y lo que sea. No se trata de mensajes dirigidos a quienes padecen determinadas patologías, son para todos nosotros. Y no es, en la mayoría de los casos, un ejercicio metafórico. Se implica que estamos todos enfermos. ¿Qué será la enfermedad ahora, para este uso? ¿Por qué todos estos mensajes dicen que debemos curarnos de algo? Se trata de una idiotez. Pero como es una idiotez muy extendida y bastante naturalizada, he de pensar en ello, aunque… ¿no será medio enfermo encontrar mensajes que me parecen a priori imbéciles y tratar de entenderlos? ¿Será que no sigo esos consejos sanadores que me siguen a mí? Desde hace miles de años, la gente se desea “salud”, pero esto es otra cosa: hoy te consideran enfermo y te clavan recetas para curarte. Si la enfermedad es impuesta y falsa, también la cura. La retórica publicitaria de la culpa corporal me da remedios sin conocerme. Ejemplos: el face está lleno de canciones que la gente recomienda porque “hacen bien” a la moral o al ánimo, incluso físicamente; hay recuadritos que dicen: dale, repetí repetí repetí esta frase sanadora; hay una reseña de un libro sobre una mujer que “sanó su vida” dedicándose a recuperar a sus hijos secuestrados por un ex marido cheto musulmán; es muy sanador vacacionar en: Merlo, Sierra de la Ventana, un desierto, cualquier lado; es sanadora la literatura, tanto leída como en sus intentos de ejercicio; hay pases mágicos que podés aprender y son sanadores para vos, el prójimo y el ambiente; hay fotos de chicos desnutridos y abandonados que si las mirás bien descubrís que el chico hace un gesto autosanador que además te va a sanar a vos si entendés ese profundo gesto; la política es una enfermedad, los que se dedican a la política son enfermos, éste es un país enfermo, hay que sanear el país dicen los radicales; obviamente, todo tipo de gimnasia es sanadora; el teatro es terapéutico; te tiro energía positiva, nadie sabe qué es pero todos tenemos y podemos enviarla y es curativa porque es positiva; comer verduras o practicar jardinería curan la vida completa, hasta redimen de los pecados; las casas deben ser curadas, hay feng shui y viene con fuentecita. Buena parte del activismo ecológico se sostiene en una distorsión idealizada del criterio de salud: se considera a la Tierra como organismo enfermo, cuyo equilibrio primordial perfectamente saludable y total ha sido para siempre enfermado por la actividad humana. Ni hablar de cuán enfermos nos consideran todos esos semimétodos para vivir, pensar, sonreir, comer, cagar y respirar. ¿Por qué no escuchar una canción o leer un libro o comer algo o hacer yoga porque es placentero, porque nos da conocimiento, vitalidad, alegría? ¿Por qué no son esos los argumentos de venta, en todo caso, y sí lo es tu supuesta y constante enfermedad previa que debe ser reparada por la mercancía?¿Por qué considerar la ética y la política en términos sanitarios y no sociológicos, filosóficos, económicos, políticos? ¿Es que todos ahora compramos estas mentiras porque nos sentimos muy enfermos o un poco enfermos o potencialmente enfermos o metafóricamente enfermos? Ojalá nos agarrara un verdadero y contundente cáncer, eso nos curaría del concepto “holístico” de enfermedad. ¿Será esta estupidez de la cultura burguesa un virus? Lo que se explota en primera instancia, como siempre, es el miedo a la muerte y sus posibles respuestas irracionales. Como vamos a morir, tal vez estemos “enfermos de algo”: aceptar la muerte sin alguna excusa sigue siendo difícil. Antes, las dueñas de la propiedad intelectual de esta propaganda que extorsiona con la muerte eran las grandes religiones. No es que dios haya muerto, pero el pensamiento mágico -antes concentrado- se ha disuelto en la cultura moderna. Sus partículas, antes congregadas, flotan dispersas en cada tontería newage. Una de las consecuencias de esta disolución es que el pecado, antes religiosamente radicado en el alma, pertenece hoy al cuerpo: no es pecado ser malo, es pecado ser feo según ciertos cánones; no es pecado la gula, sí lo es la “disfuncionalidad” de la gordura; no es pecado disfrutar del placer hedónico de las drogas, es pecado enfermarse por ello. De la advertencia moral que amenazaba con el infierno, se ha pasado a la advertencia “médica” que amenaza con las torturas del cuerpo que la enfermedad pueda traer. La naturalización de este discurso parece confirmar y aceptar la intervención de mecanismos de poder sobre el cuerpo, esos que se han estudiado en torno al concepto de biopolítica. Wiki sobre biopolítica: “los agentes con poder se esfuerzan en extraer todos los beneficios posibles: la imagen de un poder-guardabosque que espera al momento adecuado para hacerse con la mejor madera, es sustituida hoy por la de un poder-jardinero que todos los días vigila las plantas y abona, poda, injerta, elimina las malas hierbas, riega y cosecha cada fruto en el espacio y tiempo adecuados”. Junto al disciplinamiento impuesto a los cuerpos (circular o establecerse de maneras determinadas en espacios cada vez más regulados, someterse a controles institucionalizados de salud, ser objeto de infinidad de pequeñas coerciones “saludables”) y como parte de él, hay un discurso de la salud obligatoria que –si los detalles que se observan aquí en los primeros párrafos son representativos- atraviesa el campo cultural. Un aspecto ideológicamente interesante de esta forma de discurso sanador que te hace sentir enfermo para controlarte mejor es que no se presenta exactamente como “mandato”, como sí lo hacía la admonición religiosa en relación al pecado del alma. Se presenta como una alternativa razonable: podés fumar (si no es en lugares públicos) pero con culpa, porque te podés morir. Hay una aparente elección. Zizek compara este mecanismo con el del padre que le dice al hijito “podés elegir si visitás a la abuelita o no, es tu libertad, pero sabés que la abuelita te extraña mucho”. Esta formalización de la elección acotada es claramente asimilable a algunos de los mecanismos actuales de consumo: parece que en el shopping podés elegir, parece que las nuevas iglesias pentecostales te dan la opción de adquirir, ya mismo, al espíritu santo y sus utilidades ¡de sanación!

 

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