NO ME VOY CON NADIE

manoNo me voy con nadie. Si me cruzo ahora en un colectivo (no podría vivir en un lugar sin colectivos de línea), puedo hacer muchísimas cosas, algunas alternativas de freak sexual, pero no me voy, creo.

Ya escribí eso, de en parte cómo no puedo vivir sin los trayectos de línea, y que no podía escribir poemas.

Todo lo demás, incluso lo del Fortex, fue para llenar.

Qué puedo decirte.

También escribí lo otro: lo que tiene que ver con la fiebre. Del estado ambiguo del calor que te hace temblar, de lo necesario que es el lugar de la fiebre, precisamente eso, que es un lugar, adonde uno está y listo.

Pero esto es otra cosa. No es escribir que no puedo escribir poemas. Estoy desorientado. Voy a hablar del monstruo:

“te acordás de eso que había más allá de nosotros, que éramos en parte algo de ese monstruo (uno que se venía transfigurando porque siempre estuvo como “eso”, es eso, lo que siempre estuvo pero nunca la misma forma en dos etapas diferentes), que venía y nos decía, entrábamos a una casa abandonada y encontrábamos (con el pretérito imperfecto de los sueños – aunque todo haya pasado en serio-) una nariz de payaso, de payaso rojo; una vez vimos también un globo ir a contraviento, y un perro duro en medio de la vereda, y marcas que aparecían con ciertas marcas a su vez arriba que decían, que todo se trataba de lo mismo, que siempre fue una misma cosa: “eso”. Bueno, ahora tenía que cambiar, porque en su propia naturaleza estuvo siempre ser la misma cosa y nunca la misma forma. Ahora deberíamos haber crecido supongo. No sé. Pero el monstruo tenía otra cara, eso seguro. Una que se parecía demasiado a la que teníamos nosotros (teníamos la misma cara entre nosotros!!!!!! Nunca nos llamó la atención????? El monstruo tenía nuestra propia cara!!!!!)

Estamos limón. Es eso. Es “eso”. Cuando crecimos todo se redujo a la droga. No creemos más en nada (antes creíamos en los globos a contraviento, en los perros duros, en las narices rojas de payasos sobre el césped verde de una casa abandonada, ahora no). Ahora en un olor de un perfume (un Aqua de Colbert o algo que te hace latir el corazón rápido, en un vértigo profundo, que asusta un poco pero que también te gusta). Ahora es “eso”. Empieza a tener otro color, olor, todo. Llegamos al monstruo, contáme un poco cómo fue la forma de ese último monstruo:

“el monstruo al principio fue un exceso. Fue el olor del Aqua mezclado con el ropi, que tenía un olor anestésico, también de jote, de vino con gaseosa y panga, de correr gente con bates, de sentarnos en un pasillo diminuto siendo jóvenes, y de reírnos del Pitufo hasta que nos tirase un ladrillo haciendo una parábola visible en la luz amarilla, y de pensar que ese ladrillo que venía hasta donde estábamos nosotros era un cartón de vino, y de sorprendernos cuando ese ladrillo tocara el suelo y en vez de explotar en líquido se deshiciera en pedazos de tosca. Pero también fue, y por sobre todas las cosas, un monstruo diurno: esos árboles violeta que formaban como una especie de signo estático en la luz dominical de Florencio Sánchez. Y el monstruo terminó (en realidad esa forma del monstruo) con un par de muertes prematuras. El presagio de mierda también tiene que ver con dos muertes, frescas de hace poco, que conmovieron a la opinión pública local. Muertes de personas jóvenes de nuevo y que yo inevitablemente volví a relacionar con “eso”.

Qué querés que te diga.

Una de las primeras formas del monstruo tiene que ver con el barrio marginal en el que viví la mayor parte del tiempo, con formas que dependen de un período histórico supongo: una campera naranja que llevaba puesta mi mamá, en el frío durante el transcurso que separaba lo que era nuestro dúplex de un teléfono público Entel con forma de huevo. Tiene que ver con una certeza infantil en la conformación de los objetos, en lo que estuvieron ocultando siempre, en un entretejido sólo visible a ojos infantiles. Naranja era también una bolsa de dormir que llevé al campo de Ignacio cuando fuimos con Rodrigo y donde, después de contarles que existía “eso”, Rodrigo inmediatamente vio un payaso a la manera de un Rorschard en los dibujos blancos de esa bolsa de dormir naranja. No quiero ser divergente. Pero había algo monstruoso en ver de cerca los rombos de la circunferencia de un semáforo prendido: el entretejido sólo visible a ojos infantiles.

Soñé con algo que me cubría y no sabía lo que era

Terror absoluto

Bahía Blanca, 2008

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