PAPELES (EN REYES) DE L.V.

reyesNo conseguí pirotecnia en el Matadero. Pero el kiosquero de abajo del edificio de Gaspar nos consiguió petardos. “¿A quién se los van a tirar?”, nos preguntó. La mayor parte se la tiramos a él, desde un balcón del piso 12. Uno lo tiramos en Jaures 220, a una cuadra de la federal. Suenan como si fueran disparos. En la Plaza Central alguien preguntaba desde un micrófono: “¿dónde están los chicos especiales?”. Se estaba corriendo la maratón de reyes, y al parecer los habían perdido. Dentro de nuestro recorrido la plaza apareció más de una vez. En ningún momento vi nada de ninguna carrera. Cuando bajamos por el ascensor en el hall había tres viejas alborotadas. Yo tenía puestos esos lentes ridículos. Íbamos, lógicamente, drogados. La portera se sorprendió cuando me vio con esos lentes. “Se viene el frío” me dijo. “Sí” le contesté (como si eso explicara los lentes ridículos). En un momento de la tarde compré un agua mineral en otro kiosco, al lado del edificio. “¿Van a tomar la lechona?” preguntó la portera. “No”, le dije yo, “es agua”, y le mostré la botella transparente. La portera se rió y dijo que los que toman la leche son los guachos. No dijimos nada y desaparecimos por el ascensor. En una de esas salidas casi me mato. Íbamos caminando y quise verme en un reflejo para ver qué tan ridículos eran esos lentes y pisé un bicicletero. El tipo que venía caminando enfrente mío no se hizo  cargo. Los lentes son dos cuadrados negros como televisores de payaso de circo. Mucha gente que pasaba por abajo se asustó cuando le explotó un petardo al lado del cuerpo. Todo el tiempo estuvimos tirados -ni resto físico ni mental. Los petardos, desde abajo, suenan como un disparo seco. En la Plaza de los Incas fumamos, paró la policía, un momento levemente paranoico. La Plaza Central estaba llena de chicos especiales con números en el pecho. El tránsito estaba cortado y había cuadras enteras de autos que casi no podían moverse. Un malabarista que estaba en la esquina del museo con pantalones a cuadros rojos empezó a seguirnos. Después desapareció. “No le digan a nadie que yo les vendí estos petardos”, dijo el kiosquero y después le cayeron todos al lado del kiosco. Los trajo en el auto de cobacho. El primer petardo (cuando todavía no sabíamos cómo explotaban) explotó al lado de la rueda de un auto y pudimos ver una explosión de humo blanco. En uno de los últimos cruces por la Plaza Central vimos la basura que quedó de la carrera y gente volviendo con trofeos en la mano. Viejas con trofeos. Creo que NADIE corrió la maratón de reyes.

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