LLEGO A BUENOS AIRES

Por L.V.

llego a buenos aires Un barrio periférico. Y en ningún momento me acuerdo de que ella vive en Barrio Norte. No me cuestiono esta periferia a la que acabo de llegar. Pasan dos chicos en dos patinetas y uno se cae, iban atados entre sí, por las patinetas, tirándose. Nos sentamos en un cordón. Ella se va. Desaparece. Ya ni pienso en su frialdad para conmigo, en que yo haya hecho 700 km y que ahora desaparezca de esta forma. Me quedo con sus amigos, sentado en el cordón de la vereda. ¿De dónde viniste vos?, me pregunta uno. De Bahía Blanca, le digo. Y ¿qué onda? Es lindo ¿no? Es una ciudad fascista, le contesto. ¿Racista?, me pregunta él. Sí, le repito yo, fascista. ¿Leíste alguna vez La Nueva Provincia?, le pregunto. No, pero me suena, me dice él. Le explico la tendencia política del diario y agarro unos diarios que había en el piso: La Nación. Pasa una mujer policía, vieja, y me señala a mí. Parate, me dice. Me paro y me pregunta si tengo marihuana. No, le digo. Entonces listo, me dice, ya está, y sigue caminando por los pasillos del barrio periférico. Me siento de nuevo y les cuento que siempre me para la policía, que la última vez que estuve en Buenos Aires estuve ocho horas en un calabozo. Después me voy. Salgo por los pasillos de ese barrio periférico con la idea de llegar al centro. Pasa un patrullero por atrás de un paredón, al final del pasillo por donde estoy caminando. En este contexto (solo, en este barrio que parece inseguro) la policía puede llegar a salvarme. Llego al final del pasillo y salto el paredón. Este gesto (el saltar el paredón) me hace ver a mí mismo desde fuera como si fuera un delincuente, un caco. Salto a otro pasillo interno y la policía desapareció, no está. Se ven muchos chicos jugando. Son todos bastante chicos, lo cual me tranquiliza algo. Tengo que llegar a la calle y desaparecer. Cuando estoy llegando paso por un garaje abierto, inmenso, donde alguna gente está empujando una Chevy, veo la cola de la Chevy que entra mientras la empujan, y paso rápido para que no me vean. Pasa un colectivo rojo zumbando. Todos los colectivos tienen que pasar por el centro. Eso es lo que pienso. Pasa y se va. En una parada hay otro colectivo quieto como esperando y alguna gente se sube. Me subo y busco monedas en mi pantalón. Hay un cartel que dice el boleto sale 900. Noventa centavos supongo y busco monedas. El chofer está con una señora. Sube una chica llorando y le dice algo al chofer. Se genera una situación rara porque parecen una familia: el chofer, la señora, y la chica que les está contando algo muy importante mientras llora. Yo le tengo que preguntar al chofer si ese colectivo va al centro. ¿Puedo preguntarle algo? le digo. Pregunte, me dice él. ¿Se puede? repito yo. Pregunte amigo, me dice. ¿Este colectivo va al centro?, le pregunto y esa pregunta lo pone de mal humor. Me dice que sí y empiezo a poner las monedas de a una tratando de poner justo noventa centavos. El chofer me grita que ponga dos de cincuenta y que me deje de joder. No sabía yo que la máquina daba vuelto. Quiero poner justo, le digo y agarro una moneda de cincuenta y la pongo, y agarro otra y la pongo, y agarro otra y la pongo y sale un boleto largo, de los viejos, y se corta en el número, y meto la mano y saco otro boleto y un pedazo se queda en una boquilla de la máquina, se corta, y trato de armar un boleto entre los papeles que me quedaron para que no me baje el inspector si llegara a subir. Meto la mano en un hueco y saco monedas, más de las que la máquina me tendría que haber dado. Me siento en un asiento y soy feliz. Me siento feliz de estar yendo al centro de Buenos Aires.

Vamos por 12 de Octubre con el auto y hay unos patrulleros parados. Es de día, hay una luz rara, antes parecía de noche. Pienso en la “tolerancia cero” y doblo para la izquierda. Pasó algo y por eso está la policía. Hay un policía de pechera naranja en la esquina y hay movimiento. Nosotros venimos con una señora en el auto, atrás, no sé bien por qué. En la vereda un señor canoso, pelado, de barba (un propietario), tiene agarrado a un tipo del cuello (un ladrón) y saca una pistola, como de película, una mágnum o algo así, cromada, y la pone de arriba para abajo apuntándole al tipo y dispara, le hace un circulo rojo y el tipo se cae mientras estamos pasando. Dios mío, dice la señora atrás. Qué locura, por dios, decimos nosotros que venimos adelante.

Me tengo que escapar del mercado. Me escondo atrás de una camioneta. Dos ojos recortados me reconocen. Tengo que hacer algo. Me subo a la caja de la camioneta. Griselda y Jorge están arriba. Los saludo. Agarráte y quedáte tranquilo, me dice Jorge. Acelera la camioneta y me agarro fuerte, la colea todo el tiempo, da vueltas, acelera, es una locura, siento una vertiginosa felicidad, Jorge se ríe, todos nos reímos.

El Algispray se rocía en un pañuelo y se lo aspira como si fuera éter, pero no es éter, es Algispray, más parecido al tolueno que al éter, pero te ponés un pañuelo en la boca y parece que estuvieras inhalando éter.

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Un pensamiento en “LLEGO A BUENOS AIRES

  1. Hoy sobre está calle hay una tipo glorieta, así que derivado de todo esto siempre estoy fijandome y hoy me estaba siguiendo la motoneta al verla, enseguida cruce al otro lado de la calle y el tipo se dió la vuelta en “u” exactamente las veces que yo cruce la calle, era más que obvia su intención, pero envcontré a un policía y en cuanto él se percató que me acerque al policía se escucho lo rápido que se arrancó y sin embargo no lo encontraron.

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