HISTORIA DE UN HERMANITO CHIQUITO

sol negroPor L.V.

Entiendo que Chiclana al 500 es un lugar hostil. Esta mañana venía caminando por ahí, obligadamente, con la sensación de ir contra los autos y la gente. En la otra esquina, después de una bocacalle, vi que venía un pibe, capaz de unos treinta años, con una camisa abotonada hasta arriba, en mangas cortas, completamente desorbitado. Lo vi desde la otra vereda modular con énfasis, mientras nuestro semáforo estaba en rojo, mover las manos y hablar a los gritos con nadie. Cuando el semáforo nos dio el cruce, avanzamos los dos entre la gente, él se paró a mitad de calle, se plantó enfrente de los autos y les hizo una seña violenta. Se pegó una mano contra la otra, una piña, mientras explicaba no sé qué, seguramente algo, a los gritos. Cuando pasé por al lado, entonces, me di cuenta de que era Silvio. Lo vi avejentado, más allá del pico de enrosque que estaba teniendo, porque debe haber cumplido recién los veinte años. Más flaco, con las facciones de la cara marcadas. Caminé unos pasos y me di vuelta, también todavía en la bocacalle. Quedamos los dos enfrente de los autos, yo como un curioso cualquiera, un pelotudo que frena a ver qué le pasa a un pobre tipo. Pero lo que estaba haciendo era ver si en efecto era Silvio. Silvio fue un alumno que tuve cuando daba clases en una escuela rodeada de barro, un alumno “integrado”. “Integrado” es, por lo general, alguien con problemas de aprendizaje que queda en un medio entre una escuela especial y una “normal”. Entonces lo ponen con chicos sin problemas para que se integre y le dicen al profesor que es un alumno “integrado” para que tenga en cuenta una serie de ejercicios diferenciados. Pero Silvio tenía más que problemas de aprendizaje y eso estaba a la vista. Era huérfano, vivía en un hogar, hiperquinético, no podía quedarse sentado, caminaba por todo el aula, olía a nicotina a los 14 años, estaba invadido por tics nerviosos y daba cariño a todos. Te abrazaba. Yo llegaba a dar clases a las 7.20 de la mañana, muchas veces todavía de noche, casi dormido y él ya estaba pasado de rosca, en principio aparentemente feliz. Si me hubiera reconocido en la calle, estoy seguro, incluso en ese pico de aceleración que estaba sufriendo, me hubiera abrazado. Valoraba lo que hacías por él. Te escuchaba e intentaba mejorar, aunque no siempre podía, caía, ocasionalmente en las redes de la indisciplina institucional; se escapaba, de la escuela y del hogar, y después volvía. Silvio se fue, esta mañana, como un gato que rebota por voluntad propia adentro de una caja, desesperado, por Chiclana en dirección ascendente. No pude cruzar palabra con él. Sencillamente no pude. El día que Silvio llegó a mi curso, a mitad de año, estábamos armando una revista. La idea le gustó. Que íbamos a hacer una revista. Entonces le dije que escribiera algo. Vuelto sobre su hoja saltaba en la silla, se acomodaba, como si la escritura fuera, más allá de sus tics, antes que nada un efecto físico. Me fue entregando borradores, de unos párrafos cortos que contaban la historia de un chiquito, los fuimos corrigiendo alternativamente, y llegamos antes del “día de cierre” a la versión final. Esta mañana, cuando volví de Chiclana fui a mi rígido y ahí estaban. Cuatro párrafos que cuentan la historia de un chiquito:

Historia de un hermanito

Había una vez un hermanito chiquito que fue al circo y se encontró con un malabarista que hacía malabares, con un payaso que hacía la vuelta carnero. Ese chico que estoy contando vio animales y le pareció que el circo era importante, eso es lo que pensó. Bueno, cuando terminó la función saludó al payaso y le preguntó “qué te pasó”. El payaso le contestó que se había caído. Al final se puso contento de ver esa función y se fue a la casa y siguió una vida feliz.

El chiquito fue a la playa

Había una vez un chiquito que en verano fue a la playa y vio un barco, un puente, unas personas bañándose, unas nubes juntas, médanos, gaviotas, gente pescando, carpas con luces, chicos saltando, y también vio algo raro: que unos chicos estaban discutiendo y que después esos chicos se disculpaban. Y el chico vio que apareció una luz rara en el cielo. Al final la playa le gustó un montón y se fue.

Historia de un chiquito

Había una vez un hermanito que fue a la FISA y fue a ver unos autos tunning, y le gustaron. Cuando fue a ver esos autos vio también unos magos que estaban haciendo magia y eso le gustó un montón. También había un malabarista que hacía malabares y el chiquito se puso a ver también esa función. Al final le gustó mucho la FISA y se fue recontento, y siguió una vida feliz.

El chiquito fue al cine

Había una vez un chiquito que fue al cine y fue a ver una película que se llamaba Los Simpson y le gustó un montón porque Homero peleaba con su señora. Y el chiquito en el cine vio que la sala era muy oscura y se veía una luz clara que iluminaba la pantalla, y eso le dio tranquilidad y una sensación de que no le iba a pasar nada. Al final se terminó la película, se prendieron las luces, y el chico siguió una vida feliz.

(Silvio)

POST SCRIPTUM

Hoy, una semana después, 10 de abril, volví a cruzarme con Silvio. Yo estaba en el banco Nación haciendo tiempo, saliendo afuera alternativamente a hablar por teléfono. Había más de 80 personas adelante mío. En una de esas salidas lo vi en la parada de colectivos, saludando a todos los colectivos que pasaban como si fueran aviones. Estaba feliz, a diferencia de la última vez, para nada enroscado. Me acerqué a la parada, me apoyé contra un caño. Cuando se dio vuelta le hice una seña para que viniera conmigo. Cuando se acercó le dije, en una aseguración innecesaria, “vos te llamás Silvio”. “Sí”, me dijo, y me miró como con espanto. “¿Te acordás de mí?”, le pregunté. “No”, me dijo. “Fuiste alumno mío”. Ahí pareció caer de algún lado, me dijo “sí”, efusivamente, “en la escuela Sargento Cabral” y entonces me di cuenta de que en algún punto me recordaba. “Vos eras el profesor de inglés” me aseguró. “No”, le dije. “El de ciencias sociales”. “No”. “¿Quién eras?”. “Hicimos una revista”, le dije y pareció entender de nuevo de lo que le estaba hablando. Gritó. Me volvió a saludar, como si fuera recién que nos estuviéramos cruzando y me dio un abrazo. Me preguntó cómo estaba la escuela. “No sé”, le dije, “hace rato que no doy clases”. Me preguntó por qué, le dije que ahora estaba trabajando de otra cosa. “¿Cómo están los chicos?” me preguntó y le dije que bien. Movió la cabeza y se puso feliz. “¿Cómo quedó la escuela cuando me fui?” me preguntó cambiando un poco los términos de la primera pregunta. “Está más grande”, le dije, “hicieron una ampliación, está más linda” y pareció alegrarse de nuevo. Silvio tiene 21 años y por haber pasado esa edad ya no vive en un hogar. Vive con un amigo en el barrio Stella Maris, trabaja en Ingeniero White vendiendo baterías. “Estoy de vacaciones”, me dijo. “Ahora me voy a Médanos a pasear”. En un momento me pidió $9 prestados. Saqué la billetera y le di un billete de 10. Me dijo “como estoy de vacaciones no cobro”. Cuando pasaba un colectivo Silvio le gritaba, le hacía señas, salía corriendo cinco metros para la vereda y volvía a hablar conmigo. En un momento me dijo “ahí vienen a pedir monedas”. Me di vuelta y venían dos pibitos pidiendo monedas. Cuando pasaron la parada de colectivos, les gritó “¡si quieren monedas vayan a trabajar!”. Después se rió. Se dijo a sí mismo “hijo de puta”. Una señora estaba fumando sentada en el banco de la parada y Silvio le pidió un cigarrillo. La señora le dijo que los chicos no tienen que fumar. Entonces me di cuenta de que la primera vez, cuando lo vi enroscado enfrentándose a los autos, yo me había equivocado en darle 30 años. Pero en comparación con el alumno que había sido, ahora estaba cambiado, la cara más chupada, los ojos mucho más maduros. Silvio le dijo que tenía 21 años y que fumaba desde… me miró y me preguntó “¿desde cuándo fumo yo?”. “Cuando eras mi alumno”, le dije, “tenías 14 años y fumabas muchísimo”. Se rió. La señora le dio 2 cigarrillos. Silvio dijo “ahora fumo menos, pero fumo solamente Benson”. Se rió de nuevo y guardó en el bolsillo los dos cigarrillos de colilla blanca que le dio la señora. Del otro bolsillo sacó uno de colilla marrón y le dio fuego. Un colectivo paró para que subiera gente. Mientras subía la gente, Silvió intentaba y no podía establecer una comunicación con el chofer. Cuando el chofer lo miró Silvio se señaló los ojos y al chofer alternativamente, como diciendo “yo y vos, yo y vos”. El chofer le dijo algo, entonces Silvio subió los escalones del colectivo, más como en un gesto de seguir la conversación que por otra cosa. El colectivo arrancó con Silvio arriba. Siguió andando, andando y a otra cosa. Silvio seguramente aprovechó el viaje para algún lado, capaz a su casa del barrio Stella Maris.

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2 pensamientos en “HISTORIA DE UN HERMANITO CHIQUITO

  1. maria dice:

    si fuera facebook pondría “me gusta” pero es un “me gusta” mucho más profundo que el de face

  2. Eunice Trujillo dice:

    Vuelve Silvio a levantar su canto necesario por los barrios de La Habana, esta vez la cita fue en Tamarindo en el Municipio 10 de octubre este 29 de marzo, en las calles Correa y San Indalecio. Allí le esperaron no solo los vecinos del lugar, sino gran parte de sus seguidores quienes siempre hallan la manera de buscar la información de dónde será la presentación del autor de “Pequeña serenata diurna”, para llegar a tiempo, sea cerca o lejos y disfrutar desde la primera hasta la última canción sin dejar de corearlas junto a él.

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