PAPELES DE L.V. (FRAGMENTOS “SOBRE LA POBREZA”)

Hace un año empecé a escribir un texto que terminó siendo solamente un capítulo que se llamó “Sobre la pobreza”. Hoy lo leía un poco y decidí recortar unos pedazos para postearlos acá. La acción del texto completo transcurre en los espacios públicos del centro de la ciudad, el interior de un departamento en un fonavi de provincia, y una casilla de una villa. El texto es fragmentado desde el comienzo, y en este recorte capaz aparezca un sentido nuevo. Otra no me queda:

“Cuando uno va entrando por una autopista a la ciudad más importante del país, mientras se detiene a observar el flujo constante del tránsito por nueve carriles en una misma dirección y los primeros grandes aglomerados urbanos, construcciones en altura de viviendas populares, con las persianas oxidadas por el tiempo, abajo de las múltiples colectoras que conectan esa autopista con los diferentes barrios, y ve los grandes carteles publicitarios, las blancas sonrisas monumentales contrastando fríamente en principio con esos grupos de edificios viejos de contención social, y después de ver a las personas en las ventanas colgando toallones y ropa lavada, llega hasta una colectora de esa autopista que la conecta con uno de los sectores que ha cambiado más vertiginosamente en los últimos años, a partir de un “plan maestro” políticamente construido, y ve las dársenas del puerto y las altísimas torres de oficinas plateadas, torres que brillan por la noche, entiende que la sociedad es una alianza, para bien o para mal, pero una alianza de todas maneras. Entrar a la ciudad más importante en términos económicos y demográficos, estar entrando significa situarse en el plano más amplio, más significativo donde todos ven y oyen la cosa común desde distintas posiciones, es situarse en un plano de una simultánea presencia de innumerables perspectivas. Lo público, podría llegar a pensar uno mientras hace este recorrido, que va del acceso sur hasta el sector céntrico de la ciudad, une y separa al mismo tiempo. ¿En qué consiste hoy la publicidad de la esfera pública? ¿En qué sentido el espacio privado es privativo? Puede pensar, más allá de ese famoso postulado de que “la propiedad privada es un robo”, en tanto el aumento de esa propiedad ha ido en detrimento de la riqueza social, que lo único que tiene en común el pueblo son sus intereses privados. Uno puede reconstruir, si es que tiene imaginación y algo de experiencia acumulada, el interior de alguna de las habitaciones de esos primeros edificios sociales al mismo tiempo que el interior de alguna de esas oficinas lujosas. Y en esa reconstrucción intentar poner los intereses cruzados, uno al lado del otro, para ver los puntos de contacto que tienen entre sí. Y de esta manera llegar a un mejor entendimiento de determinados procesos.”

” (…) Hay una casa que es así: una puerta inmensa que se abre a una gran escalera de mármol, que conduce a una sala de estar con sillones rojos y reproducciones técnicas de cuadros famosos, y a donde se pasa a una biblioteca altísima que tiene una escalera corrediza para llegar a los libros más inaccesibles, desde donde se ve una puerta entreabierta que da a una habitación matrimonial, un somier también rojo, de cubrecamas rojo, con cuadros famosos reproducidos técnicamente en la cabecera de la cama. Esa casa tiene, del otro lado de la sala de estar, una cocina amplia, con una mesada cómoda y una heladera casi industrial, gris, con freezer abajo repleta de productos exóticos. Esa cocina tiene, sobre el margen derecho, un patio verde en altura, una terraza verde con paredes pintadas de rojo ladrillo, adonde hay una pileta mediana, no muy grande, entre una artificiosa vegetación tropical de palmeras enanas, iluminadas a la noche con luces que salen desde el suelo. En esa casa hay una pareja que acumula bienes materiales y que, por lo tanto, se ama.”

” (…) Hay gente que vive en un barrio residencial (no un barrio cerrado) al lado de un club de golf, en casas con bancos ubicados estratégicamente para poder sentarse por las tardes y ver la caída del sol sobre el césped rasante, entre la frondosa vegetación del campo y las trampas de arena. Esta gente, consciente de sus logros objetivos, puede pensar ese amplio campo verde semipúblico como una continuación bastante lograda de la propia vegetación de su barrio semiprivado. Algunas casas incluso tienen su pertinente bow window, para que en las tardes frías de invierno sus habitantes además de estar viendo algún programa de televisión tengan la posibilidad de sentirse en el centro de una artificiosa inmensidad natural. Ese bow window es un logro objetivo, en primer lugar del propietario de la casa, y en segundo lugar de la persona a quien se le haya ocurrido alguna vez que era posible que el afuera sin límites de nadie podía entrar en el estrecho perímetro de unas cuatro paredes.”

” (…) El proceso mental que se requiere para llenar los espacios vacíos empieza a pasar por afuera del texto, o incluso muchas veces pierde toda importancia, ya que en la propia deconstrucción del detalle suele revelarse un conocimiento más importante que el que puede llegar a desprenderse de la imagen general que lo está conteniendo.  Como el fotógrafo de “Blow up” que, a partir de contorsiones de la técnica fotográfica, amplía la imagen y realiza su mayor hallazgo recortando sucesivamente, en lo que en primera instancia era solamente una mancha en una imagen mayor.”

“04-2010

Hay una faceta interruptiva, que suspende totalmente cualquier actividad (salvo la que consiste en seguir el desarrollo de un acontecimiento determinado) en la transmisión sostenida de un hecho periodístico por televisión, durante cinco horas en tiempo real. La programación detona en uno de los dos canales que tiene mi televisor y yo decido quedarme a seguir ininterrumpidamente, entendiendo su propia dimensión ceremonial, una sesión en el Senado donde está presente el Ministro de Economía de la Nación a punto de dar una serie de explicaciones y que van a derivar en un cruce con uno de los senadores radicales más representativos, en relación a formas de administrar la república y posteriormente a una serie de cuestiones personales, en relación a la ocupación de cargos políticos de trascendencia pública en el pasado. Soy libre y puedo quedarme en mi departamento mirando televisión, ver a la mayoría de los senadores sentados en sillones lujosos como de living familiar, y darme cuenta transcurridos los primeros minutos que lo que estoy viendo no es en realidad un acontecimiento en sentido periodístico, sino toda una serie de mensajes dirigidos en primera instancia a la sociedad, pasados por un filtro personal, de relación personal entre un Ministro y un Senador, que hacen de la política un espectáculo televisivo, mensajes que no se presentan como un debate sino como una publicitada comunicación privada a través de un medio de comunicación masivo. Esta tensión entre dos esferas contradictorias hace que yo decida postergar cualquier tipo de escritura, y por cinco horas seguidas no hacer más que tratar de ver los hilos ocultos en una relación tejida por contrastes políticos. Esta transmisión maratónica, me doy cuenta, resulta un aliciente muy efectivo a la falta de voluntad para escribir, o pensar en cualquier tipo de actividad mundana que pase por afuera de mi departamento. Entonces, después de que pasaron ya tres horas de sesión televisada, de grandes espacios vacíos insoportables de ver (de moderaciones oficiales y discursos vacuos), el Senador pide la palabra y habla de planes de cooperativas como una estrategia gubernamental para reclutar un “ejército de rehenes”, y amenaza con una denuncia penal por la firma del Ministro en un Decreto de Necesidad y Urgencia para un “Fondo de Desendeudamiento”, y el Ministro entonces justifica el uso de reservas del Banco Central para pagar deuda pública y justifica también el uso de un decreto en lugar de un proyecto de ley, al mismo tiempo que le recuerda al Senador aquel helicóptero que se fue volando sobre la Casa de Gobierno hace casi diez años, mientras en las calles había una turbulencia social descontrolada, a raíz justamente de políticas implementadas por la gestión a la que pertenecía en aquel momento el presente Senador, medidas de control del gasto público y congelamiento de los depósitos bancarios que terminaron con 37 muertos en aquel contexto de un estallido social a lo largo de todo el país. A raíz de esto último, me veo en la necesidad de defectuosamente restablecer la dimensión pública del acontecimiento político, ya que ese cruce, en tanto es recibido en mi ámbito privado y estar cargado de cuestiones personales, requiere de un trabajo extra que dé cuenta de los intereses comunes que están en juego. Y me termina resultando complicado delimitar claramente los márgenes de cada esfera, a tal punto que llego a una conclusión lisiada, en donde no puedo distinguir si mi habitación es una prolongación oscura del Senado o si el recinto donde están los senadores cómodamente sentados es una prolongación luminosa de mi departamento del fonavi.”

“En los días festivos, sobre fin de año, yo solía a riesgo de exponerme más de la cuenta merodear la vereda: el movimiento del barrio en algún punto me atraía. Los petardos sonando abajo del sol, en contraste con la siempre oscura habitación de la Lechuza, y el ruido de tanta gente afuera todo el tiempo, trasladándose de un lugar a otro, de un almacén a otro con botellas de cerveza, era para mi acotada concepción de las cosas una verdadera fiesta. Me había erigido en una especie de informante de la Lechuza que prefería la sombra pero que seguía interesada en los movimientos del barrio, por lo que cada una hora salía a buscar la novedad, y me sentaba sobre un bloque de cemento a ver pasar la gente. Ya conocía, a través de mi pasiva contemplación, cada detalle del recorte de la cuadra: las construcciones en altura sin revocar que se abren a pasillos internos, la pared de enfrente mal pintada con la publicidad artesanal de una gaseosa, una serie de mediasombras colgando en el interior de los pasillos, los cables que cruzan la calle y que forman un entrelazado caótico, un Ford Taunus amarillo estacionado a determinada hora encima de la vereda. Llegué a conocer el escenario casi de memoria, y era a partir de un intento de mimetización con el ambiente que trataba de ver el elemento nuevo, lo que se destacaba o podría haber llegado a interesarle a la Lechuza, dentro del sistema cerrado de lo que era el movimiento natural.

Dos días antes de navidad salí de la casa de la Lechuza con la intención de siempre, y me ubiqué en el bloque de cemento a ver pasar la gente. A veinte metros había un grupo familiar en la vereda, un viejo y un gordo tomando sidra, con unos pibes alrededor de una camioneta blanca. En un principio pensé que su cercanía, y sobre todo el ambiente festivo que los envolvía, los gritos a veces demasiado elevados entre sí, podrían llegar a presentarme algún problema, sobre todo por mi pasiva presencia en ese bloque de piedra. Casi al instante el gordo me gritó que me acercara y entonces entendí que había pasado el límite de lo que en un principio, cuando llegué a la villa por primera vez, era un grado aceptable de exposición. No pude más que acercarme al gordo, entre la miradas de los pibes sentados en la camioneta con las puertas abiertas, y vi que lo que quería el gordo era sencillamente, en principio, ofrecerme un trago de sidra e integrarme aunque fuese momentáneamente a su grupo familiar. Agarré la sidra y tomé del pico mientras el viejo, por su parte, salía del interior de la casa con una banqueta en la mano para que me sentara y pasara a formar parte así, desde adentro, del cuadro que hacía unos segundos podía ver como a través de una pantalla realista. Afortunadamente nadie me preguntó qué hacía ni me preguntó, sobre todo, qué vínculo me unía a la Lechuza. Solamente siguieron como cuando yo no estaba, pero agregándome a la ronda de la sidra fría, y haciéndome de vez en cuando algún comentario aislado. El viejo y el gordo, a diferencia de los pibes, parecían estar borrachos. Dos pibes se quedaron y otros dos fueron en la camioneta blanca a hacer una “onda”, literalmente, y los demás seguimos abajo del sol de la siesta casi navideña festejando la inminencia de otro fin de año. Unos chicos más chicos a veces salían de la casa del viejo y tiraban algún petardo. En una ocasión incluso me tiraron uno entre los pies, y cuando explotó el gordo se rió exageradamente. Otro de los chicos más chicos en un momento se acercó al viejo y le preguntó “¿adónde se fue el Tico?” y el viejo le contestó “me fue a comprar una remera”. Yo trataba, por mi parte dentro de los márgenes posibles desde el interior del cuadro, de no exponerme más de la cuenta, por lo que me limitaba a agarrar la sidra y después de tomar unos tragos hacerla circular. Las interacciones me parecían festivas, y llegué a pensar que si aceptaban mi condición pasiva (como un rasgo de mi propia naturaleza) quizá incluso hasta podía insertarme bien en ese contexto nuevo. Un borracho crónico, desalineado, con la cara colorada por el vino y el sol, apareció de una casilla  a mitad de cuadra y cuando estaba cerca de nuestro grupo el gordo le dijo “vení, tomáte un trago”, con la firme intención de seguir engrosando los límites de lo que era a esta altura nuestra propia familia, mientras le mostraba con una mano levantada la botella de sidra. El borracho, por su parte, pasó por al lado nuestro y le dijo “no, no, ahora vuelvo, aguantáme”. Siguió hasta la esquina opuesta a la que venía y se encontró con dos mujeres, hablaron algo y volvió sobre sus pasos, adonde estábamos nosotros otra vez, y cuando llegó de nuevo, se saludó ahora sí formalmente con el gordo “¿qué hacés Marito?” “¿todo bien?” le preguntó el gordo y el borracho le contestó “todo rebien”. Se quedó un rato parado al sol, tomando alternativamente la sidra que le llegaba a las manos, y sin decir más nada siguió caminando por donde había aparecido la primera vez. “Suelda abajo del agua” me dijo el viejo cuando se fue. “¿Quién?” le pregunté yo. “Este que pasó” me respondió él, “gana guita”. “¿Y qué hace con la plata?” le pregunté mientras veía cómo el borracho se iba casi tambaleando. “Se la toma” me dijo entonces el viejo entonando las palabras de manera voluntaria, como quien dice algo que no tendría que decir de tan evidente, haciendo resaltar en mí un indicio de principio exógeno que podría ser, llegado el caso, perjudicial y peligroso, no sólo para mí sino incluso sobre todo para la propia familia. Polo, Fabián Polosecki, una vez entrevistó a un comisario del conurbano bonaerense que había hecho cuando era joven, “en el 76-77” tareas de inteligencia infiltrándose en bandas de delincuentes, vistiendo y hablando como ellos, “un trabajo lindo que uno ha hecho hace muchos años” según el propio comisario. Y en un separador de la entrevista, mientras sigue siendo filmado el comisario con el bigote artificialmente negro, sosteniendo con las dos manos un teléfono desmesuradamente blanco, tapando el tubo para no ser oído mientras le hace unas señas cómplices a Polosecki, la voz en off de Polo se pregunta: “¿Y cómo hacía un policía para ganarse la confianza de un ladrón? En realidad era lo mismo que yo me proponía hacer. Aquello era algo más que una cuestión de disfraces ¿se trataba de saber mentir o de buscar qué teníamos en común?” Y esta frase, superpuesta a la imagen del comisario cómplice, es interesantísima para pensar por lo menos 2 contextos comunicacionales que dan cuenta de distintas actividades socialmente determinadas. Por un lado la tarea de este policía infiltrado, y la consiguiente pregunta de qué cosas en común tiene con los ladrones habituados precisamente a una vida en el delito. Y por otro lado pensar la tarea periodística, la del propio Polosecki, con la consiguiente pregunta de qué cosas en común puede llegar a tener con un comisario que durante los años 76-77, se dedicó a hacer tareas de inteligencia desde dentro de grupos criminales. Es interesante para pensar ese mismo mecanismo profesional que, a partir de la búsqueda de un fin específico, hace de un policía un ladrón experimentado, y de un periodista outsider un agente más próximo a aquel encargado del mantenimiento del orden social. Y es interesante, también, para pensar mi propia situación en esa villa, sentado en una ronda familiar a la que no pertenecía de ninguna manera, tratando infructuosamente de no quedar expuesto con mis comentarios aislados. “¿Y qué hace con la plata?” fue una emisión casi inconsciente, en un momento donde yo más cómodo me empezaba a sentir, y fue el principio de una serie de comentarios que no iban a hacer otra cosa más que ponerme en evidencia.

Cuando unos minutos después, dije “San Martín” ante la pregunta “vos que fuiste a la escuela ¿quién es el padre de la patria?” y el viejo me rectificó con un “el padre de la patria fue Perón” al tiempo que  el gordo estalló en una nueva carcajada, yo ya no me sentía para nada cómodo, y no podría haber disimulado si hubiese querido mi impericia para absolutamente todo: adquirir un disfraz, saber mentir, o sencillamente ver qué cosa teníamos en común. Me hundí en la silla mientras uno de los chicos más chicos le volvió a preguntar al viejo “¿adónde se fue el Tico?” y el viejo volvió a responderle descaradamente “me fue a comprar una remera”, en el mismo momento en que el Tico volvía en su camioneta blanca, sin ninguna remera, y estacionaba al lado nuestro abriendo las puertas para que pudiéramos escuchar todos las canciones del polaco. A partir de ahí me quedé callado, pensando sobre todo en cómo iba a salir de esa silla de una manera decente, y me acordé de la Lechuza, sola en una habitación oscura esperándome desde ya hacía rato, y cada vez más hundido vi cómo doblaba un colectivo rojo levantando tierra, zumbando y reflejando el sol en uno de sus vidrios que me dejó ciego por un instante, totalmente indefenso, sin un arma encima ni la estatura moral como para empezar a los tiros porque sí, como si fuese Mersault en ese rapto pasajero de ceguera blanca producida por el sol.”

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Un pensamiento en “PAPELES DE L.V. (FRAGMENTOS “SOBRE LA POBREZA”)

  1. […] pedazo del posteo anterior dice […]

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