PAPELES (NAVIDEÑOS) DE L.V.

Me acuerdo cuando estábamos en el piso quinto de un edificio del Abasto y abrimos en la pc vieja un archivo de Word que decía solamente “Un hijo de puta. Un hijo de puta puede”. Era uno de los primeros viajes a Buenos Aires, y comimos en restaurantes peruanos de casi solamente gente peruana.

Ahora hace calor. Eso es un dato irrevocable y capaz una de las pocas certezas. La palabra crisis a veces dice muchas cosas, pero otras no expresa prácticamente nada.

La actividad más importante en estos días es, más allá de esperar que termine el año y empiece uno nuevo, la de organizar de alguna manera un viaje mínimamente interesante a algún lugar que no conozca.

Algo como cruzarse con alguien, cuando la navidad sigue siendo oscura, que te pide un trago de tu lata de speed llena de ginebra y toma como si fuera agua porque necesita limpiar no sé qué cosa que dejó unas cuadras atrás, mientras venía caminando con su grupo familiar conformado por otras dos minas y una nena.

La navidad duró 21 horas desde las 00 hs. Caminamos mucho, cuando ya había amanecido por el barrio más caro de la ciudad, en subida como guiados por un sol terrible. Hubo una aparición ahí, un primo no reconocido de @letremas que nos cruzó de buena manera y nos resumió a cada uno en un nombre propio y un apellido de prócer muerto. Posteriormente él iba a quedar resumido en algo así también: un nombre propio repetido y el apellido o nombre de algún indio pampeano también muerto. “El Patagonia es una isla” era su muletilla y por momentos la posibilidad de contraponernos en tanto, a nosotros, como continentales, y también la de volverlo a él una persona inconscientemente política. “De ustedes aprendí mucho” fue una de las últimas cosas que dijo. Capaz porque antes alguno le había dicho que todo es política.

Al mediodía dormí dos horas en unos colchones apilados mientras sonaba en uno de los puntos posibles más altos de la ciudad (la discusión con el primo todavía no reconocido de @letremas giró en gran parte en determinar cuál era ese punto más alto) mientras sonaba, decía, una cumbia muy fuerte de fiesta que sigue en el medio del calor sofocante. Después terminamos en una pileta pública donde por momentos señoras se metieron vestidas.

Hay un guión cinematográfico que es así: en navidad dos tipos de ácido sentados en un bar en dos sillones mientras suena una música electrónica de fondo y amanece, están hablando y mirando por la ventana, y uno le dice al otro que conoce a una mina que tiene una enfermedad terminal y que lo único que hace, postrada, es tomar merca muy buena, y entonces deciden ir a visitarla y el resto de la película transcurre en las habitaciones de esta mujer que acaba de pasar su navidad, y entre confites y  champagne todo deriva  en una charla bastante terrible, con el sol del mediodía entrando, sobre la inminencia de la muerte y la necesidad de agotar la vida como fuera, la energía, la memoria, como decía el francés, “antes de que sea demasiado tarde” a través de ciertos actos como exorcismos (como el de tomar una merca muy buena en una cama que no cambia, que es siempre igual, siempre igual, todo lo mismo).

Sutilmente tendría que haber una diferencia bien marcada en el perfil psicológico de los dos tipos, diferencia que tendría que insinuar el comienzo de un desenlace que activaría justamente la charla con la mina enferma y que debería girar en torno a las formas, ni optimistas ni pesimistas, de agotar la vida; ahí podría haber un punto de tensión. Uno de los dos tipos podría ser un teórico y entonces pensar que esas formas de abjurar la propia inercia no pueden ser leídas en clave moral. Solamente eso. Y un fade que se cierre y diga “Un hijo de puta. Un hijo de puta puede”.

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