ADENTRO AFUERA

Hay un texto muy viejo de un existencialista ateo que transcurre en una celda. “La celda”, dijo una vez DeLillo, “es el estado básico: te meten en una habitación y la cierran con llave, tan simple que resulta genial”. Es un texto inédito, perdido en uno de los discos rígidos de nuestra redacción. El autor, cuando firmaba sus escritos, lo hacía con un pseudónimo esquivo. “Brujo”, firmaba el autor, y este es aquel texto:

Adentro

El frío se siente menos que la dureza del estómago. Hace cuatro días que no como. Nada. Lo que hace mal no es el hambre. Es no comer. Ya no me paro. No camino. Mi hermano no habla más. Está acostado desde hace mucho tiempo. Yo aún estoy sentado. El piso es frío. Por suerte, creo, la luz entra poco y por poco tiempo. Al principio, no sé durante cuánto tiempo, traían comida.
Una mosca me camina en el ojo. Lo sé porque la escucho. Son las más silenciosas pero las escucho. Mi hermano, durante un tiempo, comía sus eses. Aún así el lugar parece limpio. No hay nada. Yo sólo tomé mi orín. Es muy difícil pensar. Hoy desperté y mi hermano está bocabajo en frente de mí. No sé cómo llegó ahí o cómo yo llegué acá. Parece la primera vez que lo veo desnudo. Veo sus uñas, pelo, dientes. Hay luz. Lo que hace mal es no comer. Veo sus dientes, su boca apenas entreabierta. No veo su lengua. Hay una piedra cerca de mí. No tengo fuerza. Mi hermano es carne cercana. Su cara está apoyada en el piso, los dientes casi lo tocan. Tomo la piedra y la levanto. Me cuesta pero la levanto. Es algo grande y pesada pero la podría levantar con una mano, sin embargo uso las dos. La cara de mi hermano está cerca. Mido mi fuerza y golpeo con la piedra la boca de mi hermano. Creo que perdió algunos dientes. Repito la embestida. Después del primer golpe ya no vi sus dientes. Volví a repetir el golpe. Logré cuatro o cinco golpes que no creí poder lograr.

Afuera

Las escaleras son largas. Cansa un poco tener que subir. De todas formas he subido, con el alimento, durante algún tiempo. Pero ya no. Esos dos deben morir de hambre, al menos, en cualquier momento. Ya no les subo comida pero subo en ocasiones. Al principio subía de noche para que no me vieran. Después caí en la cuenta de que la oscuridad ahí arriba es casi permanente. Ahora no me importa. Voy en cualquier momento y casi más veces que cuando les llevaba comida. Sé que no me ven. El mayor, que es el único que está sentado al menos, no ve nada o no lo hace voluntariamente. Ayer vi cómo una mosca le caminaba en el ojo. Creo que en algún momento se comerán entre ellos. Al menos el mayor comerá. El menor hace rato que no se despega del suelo. Anoche vi al mayor cerca del cuerpo de su hermano, sentado. Diría que lo estaba mirando si no supiese que no ve. Me emocioné al ver que de un momento a otro el mayor se alimentaría. En algún momento, después de cuatro días, pensé en llevarles comida nuevamente. Pero dos cosas me lo impidieron. Una que quizá los mataría el alimento. Dos que quizá, en algún momento, uno comiese al otro. Esto último, más que nada, hizo que no volviera ya a subir alimento. Hoy subí y para mi sorpresa el mayor no se había alimentado. Lo sé porque no tenía manchas de sangre en sus labios. No se me había ocurrido pensar que la forma más fácil de alimentarse, dada las condiciones, fuera a través de la sangre hasta que vi la boca del menor. Estaba destrozada sobre un charco de sangre.

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